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La auténtica fuerza del terrorismo


Manifestantes yemeníes rompen varias ventanas de la Embajada de EEUU en Saná, Yemen.

Si las fuerzas de seguridad quieren acabar con una organización terrorista no pueden recurrir exclusivamente a las armas y han de erradicarla aniquilando el entorno social y los motivos políticos que la sostienen.

El terrorismo islamista, cuyo último episodio ha sido el cierre preventivo de una serie de embajadas occidentales en el mundo musulmán, plantea al Pentágono un problema militar que sigue sin resolverse desde las guerras púnicas. Ni los cartagineses de Aníbal hace más de dos mil años, ni el tremendo poderío militar de Estados Unidos hoy en día han encontrado la manera de acabar a la brava con el terrorismo.

Y es que, simplificando tremendamente el problema, la guerrilla plantea la lucha del elefante contra la bacteria. La fuerza de esta es precisamente su debilidad, su insignificancia. Pero una insignificancia que no la priva de hacer daño y, en determinadas circunstancias, hasta un daño decisivo.

En realidad, el terrorismo apuesta por dos elementos en su desafío de los ejércitos – o policías – tradicionales : su estructura grupuscular y, sobre todo, la ubicación del problema fuera de los campos de batalla : en el ámbito socio-político. Es decir, que si las fuerzas de seguridad quieren acabar con una organización terrorista no pueden recurrir exclusivamente a las armas y han de erradicarla aniquilando el entorno social y los motivos políticos que la sostienen.

Lo de la estructura grupuscular es un problema que hasta ahora no se ha resuelto. La fórmula la perfeccionaron los independentistas argelinos del FLN tras la II Guerra Mundial y el modelo triunfó entonces y sigue siendo válido hoy. Se trata simplemente de organizar una telaraña de células autocéfalas tan inconexas entre sí que hasta se desconocen las unas a las otras. De esta forma, se impiden delaciones o captura de archivos y los diferentes grupos sólo tienen en común la motivación – social o/y política – y una dirección espiritual muy relativa. En la revolución independentista argelina, el FLN (Frente de Liberación Nacional) resistió hasta la más que brutal represión de los paracaidistas y policía secreta franceses.

Pero esta no es la mayor fuerza terrorista. Porque si no se pueden usar bombas de napalm ni gases tóxicos contra las guerrillas urbanas (ni las rurales, como experimentaron recientemente en el Afganistán soviéticos y norteamericanos), tampoco es imprescindible aniquilarlas. Un Estado – o un ejército de ocupación – pueden aguantar lustros y lustros la sangría de los atentados sin mayores daños. Irlanda del Norte, el País Vasco son – entre otros – casos de “convivencia con el terror”.

La gran fuerza del terrorismo es que, si no se le combate política y socialmente con ideología y alternativas sociales claramente mejores por más justas, acaba por deterior hasta tal punto la convivencia que los gobiernos o los estados mayores del ejército ocupante acaban por plantearse seriamente si vale la pena seguir en la brecha

Y aquí la Historia da ejemplos de las dos alternativas. De Gaulle resolvió la crisis argelina concediéndole la independencia a esa colonia, mientras que en la Alemania de los 80 el Estado acabó con la RAF (Fracción del Ejército Rojo) ganando para el Estado de derecho el entorno marxista que soñaba con enriquecer a los pobres arruinando a los ricos y a los burgueses.

Porque para ganar una batalla de envergadura – y todos los fenómenos sociales son de envergadura – hacen falta tanto ideas como constancia y talento político… que no se da siempre
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