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Solzhenitsyn o el silencio de los corderos


El escritor soviético Alexander Solzhenitsyn, rodeado de periodistas y fotógrafos, firma autógrafos en el libro "El Archipiélago Gulag", en la oficina de su editor en París.

Al observador atento de la realidad cubana no escaparía que los epítetos disparados en España contra el autor de El Archipiélago Gulag en el inmediato posfranquismo son los mismos disparados por el régimen castrista, y sus cajas de resonancia, para denostar a sus opositores.

Refiere el historiador e intelectual español Pío Moa, en su muy documentado libro Los crímenes de la Guerra Civil y otras polémicas, que el Premio Nóbel de Literatura de 1970, Alexander Solzhenitsyn, un exiliado de la URSS y uno de los baluartes del anticomunismo en el Siglo XX, visitó España poco después de la muerte del General Francisco Franco y, entrevistado por la prensa, se le ocurrió nada menos que describir el panorama que había encontrado en España como incomparablemente más libre que el que había dejado atrás en la URSS y dio una buena cantidad de ejemplos al respecto (cosa que por demás saltaría a la vista del observador imparcial de ambos contextos).

Bueno, pues antifranquistas y comunistas (era de esperar) saltaron al cuello de Solzhenitsyn; pero no sólo ellos, sino que intelectuales de prestigio y para nada comunistas, entre ellos Camilo José Cela, también Premio Nóbel de Literatura, defendieron abiertamente el Gulag, y añadieron su voz (más eficaz en el ataque puesto que de la izquierda no venían) al coro que fustigaba al gran escritor ruso por la audacia de comparar desfavorablemente al país de los soviets, ese futuro luminoso al que la humanidad estaba condenada, con el país de los atrasados iberos.

Entre los epítetos lanzados desde la izquierda, y avalados por ciertas lumbreras de la derecha, en contra del incorrecto Solzhenitsyn están las perlas siguientes: payaso, paranoico clínicamente puro, embustero, turista privilegiado, chorizo, espantajo, mendigo desvergonzado, hipócrita, bandido, mercenario, viejo patriarca zarista. ¿Esta sarta de delicadezas dirigida al desprestigio de una persona de valer no les resultaría familiar a todos aquellos que han sufrido o estudiado el comunismo? Por supuesto que sí. Eran epítetos elaborados a destajo por los órganos de propaganda del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y distribuidos como munición a sus cajas de resonancia en el mundo. Lo sorprendente aquí no es la naturaleza de los epítetos, ya sabemos la tolerancia que se gasta la progresía, sino su repetición en épocas y espacios distintos como prueba de lo previsibles y poco originales que suelen ser los comunistas en su proceder; al menos en lo que a descalificaciones se refiere.

Por lo pronto, al observador atento de la realidad cubana le parecería que los epítetos disparados en España contra el autor de El Archipiélago de Gulag en el inmediato posfranquismo son los mismos disparados por el régimen castrista, y sus cajas de resonancia, para denostar a sus disidentes y opositores. Los mismos que, por ejemplo, fueron esgrimidos con saña sin par en la década del 80 en Cuba, durante la campaña mediática emprendida por los órganos de propaganda del Comité Central del Partido Comunista de Cuba en contra del disidente e intelectual isleño Ricardo Bofill Pagés, fundador del Comité Cubano Pro Derechos Humanos.

Por ello, en este cuarto aniversario de la muerte de Aleksandr Solzhenitsyn, ocurrida el 3 de agosto de 2008, es bueno recordar que el 20 de diciembre de 1973 se publicó en París su Archipiélago Gulag, y que enseguida se tejió en torno a esa obra una red de silencio y boicot por parte de la alegre izquierda en los países occidentales, y es bueno recordar también que, en medio del silencio de los corderos de siempre, el patriarca de Venecia, que después llegaría a ser el Papa Juan Pablo I, en uno de los Pontificados más breves de la Historia, los 33 días que van del 26 de agosto a su imprevista muerte el 28 de septiembre de 1978, hombre de extraordinaria curiosidad intelectual y sentido periodístico, no le faltó tiempo para hacerse con un ejemplar del libro que a la izquierda aterraba, leerlo y recomendarlo públicamente, apenas diez días después de la salida del libro, en su homilía del 31 de diciembre, algo que, por cierto, no vieron nada bien quienes en el seno de la Iglesia hacían el juego a la campaña contra el texto del disidente y escritor ruso. Según recoge La biografía, de 734 páginas, Juan Pablo I. Albino Luciani, del autor Marco Roncalli.

Pero, posteriormente, el 18 de junio de 1975, tres días después de unas elecciones que habían supuesto una gran victoria del Partido Comunista de Italia, volvió a citar Archipiélago Gulag en una carta pastoral: "Nos falta conciencia de la situación real", levantaba su voz Albino Luciani en una época en la que se negaba, a veces con vehemencia, la evidencia de la represión bajo las dictaduras comunistas.

Por si fuera poco, en 1977, un año antes de ser elevado al solio pontificio, el cardenal Luciani ayudó a una reunión de disidentes críticos con la implacable tiranía que imponían los comunistas en la Unión Soviética, que tuvo lugar en Venecia.

Pero no era un problema especial de esos chicos buenos de la izquierda con el autor ruso, era un problema con la verdad, con que la verdad se supiera, pues casi un cuarto de siglo antes de que Solzhenitsin diera a conocer al mundo el horror de los campos de concentración de los comunistas soviéticos en Archipiélago Gulag, un periodista y escritor polaco, Gustaw Herling-Grudzinski (1919-2000), adelantó al mundo, al mundo que pudo leerlo, lo que el sistema comunista había perpetrado contra millones de personas en esos paraísos del proletariado.

Herling publicó en Inglaterra, en 1951, Un mundo aparte, relato autobiográfico de los casi dos años que sobrevivió en el campo de Arjánguelsk, al norte de Rusia, donde narra detalladamente las largas jornadas de trabajo brutal bajo las circunstancias de un clima despiadado, las violaciones de las mujeres, las heridas y mutilaciones que se hacían los presos para poder escapar, aunque fuera brevemente, del horror de los campos. Narra también el hambre usada como arma de guerra, las detenciones y la propaganda de un sistema hecho más a descerebrar a las personas que a lavarles el cerebro.

Pero, a pesar de las sucesivas traducciones a distintos idiomas, la obra fue marginada por la izquierda europea y, en Rusia y en Polonia, tras varias décadas en el índice de libros prohibidos, vio la luz por fin en 1990. Se entiende que los comunistas no quisieran que el mundo supiera del paraíso proletario que regenteaban, pero ya resulta un poco más difícil entender el silencio de esas buenas conciencias occidentales, tan moderados ellos, que de la Unión Soviética a Cuba entran el rabo caracoleante a los pies del victimario y, ay, viran la cara regordeta para no ver a las víctimas; mismos que siempre tienen un diálogo entre manos, dizque para beneficio de las víctimas, pero en el que, ay, siempre terminan ganando los victimarios.

El gran Albert Camus, Premio Nóbel de Literatura de 1957, y él mismo un apestado para la rencorosa zurda, recomendó de forma reiterada a los editores franceses Un mundo aparte, pero siempre se topó con que estos editores franceses se hacían, no los ingleses qué va, sino los suecos, en el mejor de los casos, o respondían con una virulenta negativa en el peor. El autor de El extranjero no se percataba, quizás, que las editoriales francesas, y las de medio mundo, estaban infiltradas por las lumbreras comunistas; lumbreras de lo letal.

Aleksandr Isayevich Solzhenitsyn, que ese era su nombre completo, nació un 11 de diciembre de 1918 en Moscú, hijo de un terrateniente cosaco muerto poco antes del alumbramiento y de una maestra, pero pasó su infancia en Rostov del Don y estudió en la Universidad de esa ciudad nada menos que matemáticas y física.

Graduado en 1941 empezó a servir ese mismo año en el Ejército Rojo, hasta 1945, en el cuerpo de transportes primero y después de oficial artillero, y vino entonces a participar en la mayor batalla de tanques de la historia, en la Batalla de Kursk, pero, ay, mal pagan los comunistas, fue arrestado, en febrero de 1945, en el frente de Prusia Oriental, poco antes de que empezara la ofensiva final del Ejército Rojo, y condenado a ocho años de trabajos forzados y a destierro perpetuo por opiniones antiestalinistas que había escrito enana misiva a un amigo.

El autor estuvo en varios campos de concentración hasta que, debido a sus conocimientos matemáticos, fue a parar a un centro de investigación científica para presos políticos vigilado por la infaltable e infame Seguridad del Estado. Gracias a la cortesía de la Seguridad del Estado pudo tener experiencias para escribir su novela El primer círculo; que así son los escritores, es decir, los buenos escritores, no los papagayos que repiten las consignas de las dictaduras, por un lado, y las sonseras de lo permitido en ciertos círculos de bien pensantes, por otro.

Luego, en 1950, todavía en prisión, escribió Un día en la vida de Iván Denísovich, que se convirtió enseguida en un best seller dentro de la propia Unión Soviética, primero como publicación tolerada, que así son los comunistas cuando quieren ganar tiempo y pasar por tolerantes, y después como publicación prohibida mediante samizdat y otras formas clandestinas de edición.

En 1975 se exilió en Estados Unidos, con su esposa Natasha, donde, entre otros textos, escribió dos ensayos fundamentales El roble y el ternero, clave para entender el mecanismo interno de la vida literaria bajo el comunismo, y El peligro mortal, en el que analiza los errores de la visión estadounidense sobre Rusia. Para regresar, como triunfador, a su patria a la caída de la dictadura de los marxistas, recuperando oficialmente la ciudadanía soviética en 1994, y siendo tratado de la manera en que suelen ser tratados los héroes y los profetas, esos seres que, desde la antigüedad, ven lo que otros no ven, hablan lo que otros callan y actúan decididos cuando los demás se someten.

Es bueno apuntar, en este cuarto aniversario de su partida, que Alexander Solzhenitsyn no sólo fue un látigo contra el comunismo, sino un látigo contra las buenas y adormecidas conciencias de occidente que, entre la moderación y la mediocridad, entonan siempre la balada, balada como una baba, balada como una bala a la cabeza de un inocente, que emana un sonsonete desde esos oscuros centros de poder de la propaganda revolucionaria para expandirse, tontos útiles mediante, por las amplias arterias y avenidas de occidente, ahora virtuales, bajo el rótulo, rótulo como un roto, de la implacable opinión de lo políticamente correcto.

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