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Si hasta el Papa calla... ¿qué pueden esperar los cubanos?


El papa Francisco (d) se despide de Raúl Castro en el aeropuerto Antonio Maceo.

No entiendo que alguien que se pronuncia tanto contra las injusticias no diga una simple frase de aliento a quienes luchan por restablecer en Cuba la democracia y los Derechos Humanos.

Que un gobernante venga a Cuba y rehúse recibir a representantes de la sociedad civil independiente, los menosprecie o desconozca, no constituye noticia.

Hasta el señor John Kerry, secretario de Estado de Estados Unidos, ni siquiera invitó a la reinauguración de la embajada americana a quienes con una valentía a toda prueba han estado reclamando la aplicación de los Derechos Humanos, civiles y políticos para toda la población.

Los tres Papas que han visitado Cuba han sido hombres muy ilustrados e inteligentes para desconocer que en este país rige una feroz dictadura. Sin embargo, durante sus visitas, ninguno se pronunció de forma inequívoca sobre la realidad cubana.

El Papa Francisco no ha hecho la diferencia, mas, para mí, ha representado la mayor decepción, porque es latinoamericano y conoció una dictadura, porque su prédica está dirigida constantemente a quienes llama los excluidos y olvidados de la periferia y porque es un hombre de extraordinaria espiritualidad, indudablemente bueno.

En Cuba esa periferia también existe y en ella hay grupos víctimas de lo que él ha llamado la filosofía del descarte. Ahí están los ancianos, los enfermos, los mendigos, los presos, los discapacitados y los desempleados, pero también los perseguidos, discriminados social y políticamente, los golpeados y retenidos en sus domicilios cada vez que al Gobierno le interesa hacerlo, los amenazados y encarcelados por creer en un proyecto de nación que no coincide con el que defienden los mandantes cubanos.

Puedo entender que el Papa no tenga tiempo para recibir a Berta Soler, máxima dirigente del movimiento que preside, esas heroicas mujeres a las que el cardenal Jaime Ortega identificó en reciente entrevista con Amaury Pérez, con extraordinaria liviandad, como "esas mujeres que se visten de blanco". Incluso puedo entender que carezca de tiempo para recibir a otros miembros de la disidencia, aunque ese entendimiento se me nuble al conocer que sí lo tuvo para visitar en su casa al hombre que ha sembrado tanto dolor en esta tierra, alguien a quien respeta y por el que siente especial consideración, según expresó durante la ceremonia de bienvenida celebrada en el aeropuerto José Martí el pasado sábado 19 de septiembre.

Es muy hermoso oír hablar de reconciliación. Estoy seguro de que si el Papa se hubiera reunido con representantes de la sociedad civil independiente ninguno de ellos habría rehusado la opción de dicho camino. El caso es que son precisamente los gobernantes cubanos quienes se niegan a tenderles la mano a los compatriotas que piensan diferente a ellos. Y, además, afirman públicamente que esa postura no cambiará, como ya lo hicieron en Panamá, durante la realización de la Cumbre de las Américas, donde el oficialismo mostró sin pudor su faz violenta e intolerante.

Por eso no entiendo que alguien que se pronuncia tanto contra las injusticias no diga una simple frase de aliento a quienes luchan por restablecer en Cuba la democracia y los Derechos Humanos, ideas de ineludibles raíces evangélicas.

Y esa falta de entendimiento se convierte en dolor porque todavía quiero creer en mi Iglesia. Pero si hasta el Papa calla, ¿qué debemos esperar los cubanos excluidos y discriminados de la Iglesia Católica?

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