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Senilidad y demencia de la sociedad cubana


Un anciano permanece sentado en las escaleras del Gran Teatro.

Los ancianos que nos gobiernan han narcotizado a los jóvenes para bañarse de gloria. Hoy los reducen con leyes absurdas y abusivas...

Hay letreros oficialistas que revelan algo que no quieren decir. A veces, incluso, la realidad acontece delante del letrero, es la que le da su verdadero significado. Como en esta foto, donde la casualidad se muestra reveladora por la presencia de un niño y una anciana a los extremos.

Ya conocemos las graves implicaciones del envejecimiento de la población cubana, y resulta evidente que revertir esa tendencia costará, más que muchos años, muchos cambios profundos que todos sabemos cuáles son. No las flojas y tramposas transformaciones actuales, sino verdaderos cambios que nos obligarán a reinventarnos como nación para volver a ser una sociedad normal.

Si bien los jóvenes deberían ser el motor propulsor de esas vitales modificaciones, lo cierto es que pudiéramos decir, como aquel antiguo sabio, que nuestra juventud no parece guardar ningún respeto por el pasado ni esperanza alguna en el porvenir, narcotizada como está por una gerontocracia que la paraliza.

Una gerontocracia que ha provocado este envejecimiento poblacional que ya nos muestra sus males. Ahora es cada vez más frecuente que tengamos en la familia por lo menos a un anciano que, lejos de mantener buena salud, o sea, de hallarse simplemente en la senescencia o envejecimiento fisiológico, se encuentre en estado de senilidad patológica, padeciendo diversas enfermedades y complicaciones interminables que amargan sus últimos años y le crean otra dificultad más a la familia.

Y ya que resulta tan difícil conseguir un ingreso en un asilo de ancianos —institución tan en crisis como cualquier otra en el país—, la familia tendrá que arreglárselas de cualquier modo para sobrellevar tan desesperante situación, pasando por inenarrables correrías para conseguir medicamentos, pañales y alimentos apropiados, por no hablar de cómo obtener el dinero necesario, que muchos no resolverán, lo que significa que la condición del anciano será inimaginable.

La compasión y la unidad familiar, si ya no han decaído por completo, pasarán por una de las más crueles pruebas, y todo ese rosario de sufrimientos tendrá alivio solo con la muerte.

Lo peor es que esa senilidad patológica parece haberse extendido a toda la sociedad, incluso a los jóvenes. Asombra el espectáculo de tantos jóvenes perdidos en un laberinto que no entienden, farfullando o repitiendo expresiones inconexas, delirando con monedas y cacharros tecnológicos, mentalmente fugados a otro mundo o hundidos en el delito e indiferentes a si su destino es la cárcel o la calle. Cansados de existir.

Los ancianos que hoy nos gobiernan han manejado siempre la ilusión para narcotizar a los jóvenes y bañarse ellos de gloria. De hecho, ya ni siquiera se empeñan en suministrar narcóticos mentales a los muchachos de hoy. Los reducen con leyes absurdas y abusivas, los desmoralizan con la ubicuidad de la corrupción, los incomunican con el lenguaje de la violencia y del improperio, los hipnotizan con el veneno brutal de la desmemoria y el fraude absoluto

La demencia, como recurso de la mente para defenderse de una situación sobre la que no tiene ningún poder, puede ser adoptada lo mismo por los individuos que por las sociedades. De cualquier manera, ¿cómo no se van a conjugar, entre nosotros, la senilidad y la demencia si, seducidos hace casi sesenta años por nuestros secuestradores, hemos padecido este largo síndrome de Estocolmo del que no atinamos a librarnos, aun si está en su fase terminal? Para colmo, la demencia acompañó a la revolución cubana desde el principio.

Pero ¿estamos tan dañados por esa demencia, por la senilidad social, la mentira y la represión, que hemos perdido el instinto de supervivencia o eso es lo único que en verdad nos queda? ¿Estamos tan alterados antropológicamente que nos hemos abandonado en brazos de quien pretende destruirnos o la simulación, el miedo y la huida se han convertido en recursos que nos permiten la supervivencia primaria, animal?

Bueno, el letrero de la foto declara la indiscutible certeza de que, aunque la mentira pueda llegar muy lejos, al final la verdad siempre prevalece (como la mala ortografía de algunos), aunque concluya dando un viva patético al supremo de nuestros dementes seniles, que aún persiste en cocinar estupidizantes, ahora con hierbas.

Por suerte, las personas que pasan ante el letrero, la anciana, el hombre y el niño, forman algo así como una figura alegórica, como un símbolo de que sí, en efecto, la verdad vital de la juventud siempre prevalecerá, por mucho que perdure la anciana mentira.

Artículo publicado en Cubanet el lunes 1 de julio de 2014

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