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El General frente a Sandy


Aspecto de una vivienda afectada por el paso del huracán Sandy por Caimanera, Guantánamo (Cuba).

Sandy ha sido un parteaguas. El huracán más impensado, el que ha puesto nuevas cartas sobre la mesa en el angosto panorama de la isla.

Nadie tiene memoria de un huracán en la historia reciente de Cuba (hablamos de décadas) que haya ocasionado 11 muertos. O al menos, uno que haya obligado a un gobierno especializado en hacer malabares con cualquier estadística, a reconocer semejante cifra.

Antes, aunque el fenómeno llevara velorio y desgracia a pequeños poblados rurales, el noticiero nacional de televisión hablaba de cero víctimas mortales. O una. A lo sumo dos.

Tengo la impresión de que esta vez la Defensa Civil cubana tuvo un pésimo trabajo. Esa es mi explicación, no de la catástrofe material (esa hay muy pocas maneras de evitarla ante vientos de hasta 245 km/h), pero sí de la catástrofe humana.

De ninguna otra forma se entiende que fenómenos recientes de igual o mayor intensidad como el Dennis (2005, categoría 3), Iván (2004, categoría 4), Paloma (2008, categoría 3) apenas dejaran un par de muertos, y esta vez el saldo fuera cinco veces mayor.

Si Cuba evita una y otra vez equipararse con Haití, Bahamas y el resto del Caribe que aportan un deprimente número de cadáveres tras el paso de cada huracán, es simplemente porque su sistema de Defensa Civil, honesto es decirlo, realiza una efectiva labor de evacuación. Se cuentan por cientos de miles las personas que viven en chozas inimaginables, y van a parar a refugios seguros.

De otra forma, con el ruinoso estado de las casas cubanas, con paredes apuntaladas, techos agujereados, viviendas arruinadas tras años sin reparaciones, los cubanos deberíamos lamentar muchas más víctimas cada vez.

Esta vez hubo deficiencias en el mecanismo. Hubo fisuras. Y el huracán habló. Sandy denunció con sangre el estado desesperado en que viven muchos cubanos. 150 mil casas dañadas, 17 mil derrumbadas totalmente en Santiago y Holguín, son números de un país que sostiene sus paredes con saliva y oraciones.

El paso, ahora, lo debe dar Raúl Castro. Es momento de demostrar si mantiene la soberbia olímpica de su hermano, quien instauró aquella repulsiva práctica de negar ayuda destinada a quienes lo perdieron todo, si esa ayuda provenía del enemigo. (O los enemigos. Que los regímenes totalitarios solo son productos fabricando enemigos en el mundo.)

Los disidentes dentro de Cuba firmaron su petición de que la Aduana levante los gravámenes para alimentos y materiales de construcción. Cubanos emigrados, residentes en Estados Unidos, están pidiendo lo mismo.

Es momento de que el reformista General Presidente demuestre, si quiere, que le importa más el pueblo bajo su mando (¿su bota?) de lo que le importaba a su hermano. Los tiempos de irracionales negativas, de posturas beligerantes a expensas de un pueblo mendicante, podrían dejarse esta vez atrás… y Raúl Castro lo sabe.

Sandy ha dispuesto sobre la mesa un inesperado, terrible, y a final de cuentas aprovechable escenario para comprobar si detrás de ciertas reformas de los últimos tiempos hay algo de humanidad real en las intenciones del menor de los Castro, y no solo de apego a los bolsillos exiliados.
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