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El tan comentado saludo, entre el mandatario cubano y el presidente de Estados Unidos, no fue un acto ensayado, posiblemente imaginado, pero sí premeditado.

El presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba, regresó a la isla, digamos que complacido, este sábado en la tarde tras cumplir su programa en Sudáfrica, país al que no visitó únicamente para rendirle homenaje a Mandela, sino para cobrarle al difunto, este póstumo visible, aunque no último tributo.

Madiba, como todos conocemos, fue un hombre que a pesar de haber sido víctima de un sistema segregacionista, llegado al poder y erigido como primer presidente negro de esa nación africana, supo despojarse de odios y evitó que su país se convirtiera en un baño de venganza y sangre.

Personalmente le vi el 22 de marzo de 1990, un día después de que, tomara posesión como presidente electo de la recién independizada Namibia, el líder del partido SWAPO, Sam Nujoma. Elecciones, que en su momento fueron supervisadas por la ONU. Toma de posesión a la que, dicho sea de paso y sin ofender a nadie, asistieron varios líderes mundiales que superaron, por mucho, mis para entonces nobles expectativas en materia de excentricidad.

Mandela me impresionó, yo era un joven soñador que con 24 años caminaba con muletas; y él, era ya, un innegable líder mundial que tuvo la deferencia de hacer un espacio dentro de su apretada agenda y múltiples responsabilidades, para interesarse en mi enfermedad, ocasión que aproveché para observar de cerca a un ser humano especial; bondad, es la palabra adecuada, con un halo de tristeza en la mirada.

De aquel viaje aprendí que en ese tipo de reuniones importantes y protocolares, no existen las casualidades. Cada uno de los invitados (o su equipo de ayudantes) conoce, acepta y/o negocia (de antemano) el lugar que ocupará durante todo el protocolo.

De allá hasta acá ha llovido bastante, el mundo se destiñó, mapas cambiaron fronteras y países el color; pero hay reglas que persisten. Por ellas me arriesgo a decir que el tan comentado saludo, entre el mandatario cubano y el presidente de Estados Unidos, no fue un acto ensayado, posiblemente imaginado, pero sí premeditado.

Si observamos el video con atención, podemos ver la transición en las caras del equipo de seguridad que acompaña al General Raúl Castro. Primero preocupados, ¿se dará o no se dará el saludo?; luego la tranquilidad, y más tarde el regocijo ante la cortesía del Presidente Obama.

Fue una salutación negociada, que ni con gratitud de esclavo han podido llegar a pagar los países del suroeste africano. El eterno agradecimiento, sin fecha de vencimiento, que el gobierno cubano acomoda según convenga. Hagamos historia; la sangre del pueblo cubano por votaciones en la ONU, el llanto de muchas madres que perdieron sus hijos por un puñado de diamantes, jóvenes mutilados por un asiento favorable en cualquier comisión internacional.

Seguramente en su momento Nelson Mandela avizoró, con manos atadas, que la batalla de Cuito Cuanavale, la independencia de Namibia y el llamado fin del Apartheid, serían su deuda impagable, su comprometedor tributo, su eterno grillete.

Quizás, siempre quizás, porque todo fluyó según lo previsto, a su llegada a La Habana, el General Raúl Castro fue vitoreado por el ministro del Interior, Abelardo Colomé Ibarra; y su leal escudero, el Segundo Secretario del Comité Central del Partido Dr. José Ramón Machado Ventura, con quien además de maquiavélicas ideas y supuestos ideales, comparte la discreta pasión de coleccionar prendas masculinas del diseñador Roberto Cavalli.
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    Juan Juan Almeida

    Licenciado en Ciencias Penales. Analista, escritor. Fue premiado en un concurso de cuentos cortos en Argentina. En el año 2009 publica “Memorias de un guerrillero desconocido cubano”, novela testimonio donde satiriza  la decadencia de la élite del poder en Cuba.

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