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La negativa de Putin a decir atentado


Pieza del fuselaje del avión siniestrado en el Sinaí (Egipto).

Nunca las autoridades rusas han sido proclives a dar información y menos cuando se refiere a atentados. Quedan las interrogantes por la exposición de edificios en Moscú, por el submarino Kurks, el teatro Dubrovka y Beslan.

El presidente ruso Vladimir Putin lleva más de una semana renuente a admitir la posibilidad de que un artefacto explosivo hiciera explotar el Airbus A321 de la compañía MetroJet (Kogalymavia) con 224 pasajeros a bordo sobre la península del Sinaí, en Egipto.

En un inicio, el portavoz del Kremlin pidió no vincular la tragedia con las operaciones militares que realizan las tropas rusas en Siria. Tras la decisión de Londres de suspender los vuelos al balneario de Sharm el Sheikh, los senadores rusos hablaron de "confrontación geopolítica" entre Rusia y Occidente, de revancha por la política rusa y su apoyo a Damasco y hasta de "presión psicológica" sobre el Kremlin.

El Cairo y Moscú se unían para decir que no se debían cancelar los vuelos, pues no "había suficientes razones para la prohibición".

Tanto en Moscú como en El Cairo se apresuraron a decir que no se especulara con lo que llamaron "accidente aéreo" y pidieron a la prensa que no sacaran conclusiones. Muy obediente, la prensa rusa se dedicó a cubrir todos los ángulos noticiosos posibles, excepto la posibilidad de un atentado.

Se discutió en Rusia sobre error humano del piloto, defectos en la cola del avión que fue reparada hace 14 años atrás, unas pilas que friccionaron en el compartimiento de equipajes, descompresión de la nave o "causa externa desconocida", pero las palabras bombas o atentado no aparecían. El ministro de transporte de Rusia, Mijail Sokolov calificó de "fantasías" los informes que vinculaban la caída de la nave con un atentado.

Sacerdote ortodoxo recibe al avión del Ministerio de Situaciones de Emergencia en San Petersburgo.
Sacerdote ortodoxo recibe al avión del Ministerio de Situaciones de Emergencia en San Petersburgo.

Tras el atentado, en Rusia se declaró un día de duelo nacional, amplia cobertura con la llegada de los cadáveres a diferentes ciudades del país, con un pope en la pista de aterrizaje, orden presidencial para pagar rápido las compensaciones a los familiares de las víctimas, investigaciones judiciales contra la empresa aérea.

Una de las filiales terroristas del Estado Islámico que opera en el Sinaí se adjudicó la autoría, pero los rusos rechazaron el comunicado y lo calificaron de "propaganda".

Cuando el premier británico David Cameron decidió suspender los vuelos a la zona, el presidente ruso le llamo por teléfono y pidió no apresurarse en tomar medidas de ese tipo.

Días después el jefe del Servicio Federal de Seguridad (FSB) de Rusia le sugirió a Putin similar disposición y esta la aprobó, sin muchas explicaciones. Curiosamente Rusia está repitiendo las medidas que toma el Reino Unido, primero se suspenden los vuelos a la playa egipcia, se evacua a todos los turistas y sólo con el equipaje con ellos pues las maletas quedan en Egipto para ser meticulosamente revisadas antes de llegar a su destino final. La medida fue repetida por Francia, Holanda, Ucrania.

Y es que de reconocer el atentado se tendría que enfrentar a una opinión pública que no desea un segundo Afganistán. La presencia de soldados rusos en Siria convierte a los ciudadanos de la Federación Rusa en objetivos de todas las organizaciones terroristas del Medio Oriente. Todavía en el Cáucaso se reportan atentados y combates en Chechenia, Daguestán o Ingushetia.

Egipto no quiere ver afectada su industria turística y los rusos son una fuente permanente de ingresos, tras las sanciones de Occidente a Rusia y la caída del rublo. Ya no descansan en las playas de Grecia o España, prefieren Egipto. La muerte de turistas mexicanos por error de los militares egipcios dejan mal paradas a las autoridades de El Cairo. De nuevo las autoridades egipcias levantan la bandera de "una campaña de descredito" contra Egipto y parece que desean repetir el libreto de 1999, cuando el piloto egipcio decidió lanzar, tras despegar de New York, la nave de EgyptAir con 217 personas a bordo contra el mar. La investigación demostró que no hubo fallas en el avión, pero en Egipto no aceptaron la conclusión y calificaron al suicida piloto como un mártir.

Nunca las autoridades rusas han sido proclives a dar información y menos cuando se refiere a atentados. Los rusos siguen esperando por conocer las causas de la exposición de edificios en Moscú en agosto de 1999, o las del desastre del submarino Kurks en agosto del 2000, la muerte de los rehenes en el teatro Dubrovka en Moscú en el 2002, la matanza en la escuela de Beslan en el 2004.

De nuevo, el actual Premier y expresidente ruso Dimitri Medvedev, aparece como la cara civilizada del Estado ruso, tras dar a entender el lunes 9 de noviembre, al periódico gubernamental Rossiskaya Gazeta, la posibilidad de un acto terrorista. Pero Putin sigue impávido a la espera de otra oportunidad para demostrar que Rusia es un imperio.

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    Álvaro Alba

    Historiador y periodista especializado en temas de Europa del Este y la ex Unión Soviética. Máster en Historia por la Universidad Estatal de Odesa, Ucrania. Premio Emmy 2017 (Emmy Award) en la categoría de Documental Histórico.

    Ha publicado en ABC, Diario de Las Américas, El Nuevo Herald, entre otros. Actualmente trabaja en MartiNoticias.com. Autor de Castro y Stalin, almas gemelas (2002); En la pupila del Kremlin (2011) y Rusia: la herencia del estalinismo (2012). Es Asociado Principal de Investigación (Senior Research Associate) del Centro de Estudios Cubanos (Cuban Studies Institute CSI) de Miami y miembro de la Asociación para Estudios Eslavos y del Este de Europa (ASEEES).

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