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Luces y colores en las parrandas de Remedios


Miles de personas disfrutaron de carrozas y fuegos artificales durante la festividad más antigua de Cuba.

Las parrandas de la localidad de Remedios, la festividad más antigua de Cuba ofrecieron una muestra de carrozas y variedad de fuegos artificiales, claves de la rivalidad que enfrenta a dos barrios de sus pobladores por la mejor expresión de creatividad.

Las parrandas de la villa San Juan de los Remedios, en la provincia central Villa Clara, declaradas ese año Patrimonio Cultural de la nación, reúnen a miles de personas entre nativos de la localidad, vecinos de pueblos cercanos y de otras provincias, a los que se suman turistas.

El ruido de las bengalas, el adorno de las plazas, las farolas diseñadas para la ocasión y la música puso fin a meses de preparativos en un silencio cómplice de los representantes de los bandos oponentes: El Carmen y San Salvador, artífices de una
tradición surgida en 1820 que repite cada año por estas fechas.

Según la tradición, una vez que las campanas de la Iglesia Parroquial Mayor anuncian las nueve de la noche del 24 de diciembre, y a partir de entonces cada bando descubre su habilidad creadora y se desata una fiesta que no terminará hasta la mañana del día 25, la Navidad.

En los trabajos artesanales de los habitantes de San Salvador predominaron los colores rojo, azul, y el gallo es su símbolo, mientras sus contrincantes de El Carmen se distinguieron por los tonos marrón y tiene como atributo el gavilán.

Las carrozas recrean diversas historias e incluyen personajes estáticos confeccionados con papier maché y yeso por los artesanos remedianos en un derroche de pericia y arte con el objetivo de sorprender a los espectadores.

La música típica de las parrandas es el repique, que recuerda el tañido de las campanas que llamaban a la misa de aguinaldo, con la presencia de instrumentos como rejas, cencerros, tambores y trompetas.

Según historiadores de Remedios, estas festividades se originaron cuando un sacerdote llamado Francisco Vigil de Quiñónez, inquieto por la ausencia de feligreses a la Misa del Gallo, ideó que muchachos del pueblo salieran a la calle y despertaran con ruido de pitos y latas a los vecinos, dejándolos sin otra opción que acudir a la convocatoria.

El jolgorio evolucionó y trascendió como una genuina tradición folclórica que se ha convertido en una de las fiestas populares más esperadas de la isla.

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