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Se sentó delante de mí, erguido hasta donde le permitía la edad, no pudo quedarse hasta el final, pero allí estuvo mientras pudo, cumpliendo con la verdad de otro héroe

La última vez que vi a Luis Posada Carriles fue hace unas semanas, el día de mi cumpleaños, el 2 de mayo pasado, en la presentación del libro Rehenes de Castro, de Ernesto Díaz Rodríguez, en la librería Altamira de Miami.

Se sentó delante de mí, erguido hasta donde le permitía la edad, no pudo quedarse hasta el final, pero allí estuvo mientras pudo, cumpliendo con la verdad de otro héroe.

Para los que quieran enterarse de otra verdad, aquí tienen el libro del cubano-venezolano Robert Alonso. Y esta otra entrevista con María Elvira Salazar. Una verdad que tardará probablemente en instalarse en la mentalidad de los cubanos del interior de la isla, puesto que lo que nos dijeron siempre en relación al avión derribado en Barbados fue que sus autores habían sido Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, cargos que les fueron desestimados por un tribunal competente. Muchos, incluida yo, salimos de Cuba con esa versión castrista de los hechos, y en mi caso, hasta que no fui entrevistando a sus amigos, conociendo al propio Posada Carriles y descubriendo la verdad, pensaba que se trataba de un simple terrorista, tal como manipuló el régimen de Fidel Castro, y no un patriota, como descubrimos cuando llegamos, o como llegué yo, por diferentes vías, a la verdad.

A esa verdad, sin embargo, no se llega fácil, recuerdo que, muy al inicio de mi exilio, en una ocasión, mientras compartía programa televisivo con otro eminente exiliado cubano, le pregunté si era cierto que Posada Carriles era un terrorista. El silencio fue lo que recibí como respuesta, una especie de neutralidad evasiva que me hizo dudar, de todo, y en especial de ese cubano; fue la primera duda que tuve sobre él, de hecho.

Queda claro que Luis Clemente Faustino Posada Carriles, entonces, no fue un terrorista, fue un patriota, un héroe para los cubanos y para los venezolanos. Como bien escribió hoy Robert Alonso, y como también lo aclaró en su momento el propio Alonso: Posada Carriles, también ciudadano venezolano, fue uno de los más grandes combatientes en contra de la mentira castro-comunista tanto para Cuba como para Venezuela. Su heroicidad consistió en tratar de liberar a los cubanos del yugo impuesto por los Castro y de impedir que ese yugo se extendiera a Venezuela, lo que desgraciadamente no pudo suceder.

Recuerdo que la única vez que asistí a un discurso en la Plaza de la Revolución, de manera obligada, por supuesto –siempre intentaba escabullirme de esas macabras obligaciones y lo conseguía–, fue cuando Castro I habló en relación al derribo del avión de Barbados, en el que iban jóvenes esgrimistas cubanos. Uno de esos jóvenes era el hijo de Estilita, la conserje de la escuela, y hermano de una alumna de mi aula. Hoy no puedo evitar releer ese discurso y comprender cuán horroroso fue su contenido, tan horroroso como el acto mismo perpetrado por el propio tirano del derribo con la intención de culpabilizar a otros. La manipulación de nuestras mentes, la maniobra contra nuestros espíritus, el encadenamiento de la libertad y de la verdad, no se pueden ni se deben ocultar ni perdonar. Aunque la verdad siempre sale a flote, todo se sabe y más se sabrá algún día, el daño ha sido largo en el tiempo y profundo.

El fallecimiento de Luis Posada Carriles es una pérdida irreparable para la historia de Cuba y para el esclarecimiento de la verdad que muchos cubanos necesitamos reponer y reconstruir. Pero los libros quedan, como el de Robert Alonso, así como su testimonio, y el testimonio de sus amigos y compañeros de lucha. En paz descanse, y gloria eterna a nuestro héroe Luis Clemente Faustino Posada Carriles.

Zoé Valdés

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