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Polvos en el viento


El término resulta tan socorrido para definir de un lado u otro la situación en la Isla, que tanto tirios como troyanos echan mano de él casi festinadamente, sin reparar en muchos casos la profundidad o alcance de las supuestas transformaciones.

La palabra más usada en estos tiempos cuando se habla de Cuba es cambio. El término resulta tan socorrido para definir de un lado u otro la situación en la Isla, que tanto tirios como troyanos echan mano de él casi festinadamente, sin reparar en muchos casos la profundidad o alcance de las supuestas transformaciones.

Una de las esferas donde más se observa este fenómeno es en el área de la cultura. Basta con la publicación de un libro sobre algún autor antes censurado, o la exhibición de un filme que señala alguna que otra realidad incómoda en el país, para que los inefables “cubanólogos” se aventuren a proclamar signos de apertura que como diría el grupo de rock, Kansas, no son más que “polvo en el viento, la misma vieja canción, sólo una gota de agua en un mar interminable.”

Conste que esto no tiene nada que ver con la intención de los autores de estas obras, en muchos de los casos inspirados por un genuino deseo de explorar nuevos horizontes en la realidad cubana. Ni Leonardo Padura, creador de El Hombre que Amaba los Perros, ni Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, autores de Sobre los Pasos del Cronista (Guillermo Cabrera Infante), son agentes del régimen o parte de una de esas mega conspiraciones maquiavélicas que pululan en el imaginario anticastrista.

La novela de Padura es altamente crítica del estalinismo y contiene mucha información sobre la caída del bloque soviético, tema hasta entonces tabú, y el ensayo de Mirabal y Velazco arroja luces sobre períodos hasta entonces oscuros en la literatura oficial cubana. Simplemente vieron la luz por ser escritas en medio de una coyuntura política especial del sistema, definida por el Viceministro de Cultura, Fernando Rojas, al decir que “todo nos pertenece, incluso lo que se produce en el Exterior”.

Lo mismo sucede con el anuncio de Prensa Latina sobre el premio de la Fundación Mc Arthur a Dafnis Prieto, un baterista que vive en Nueva York desde hace doce años. Estamos asistiendo a un ensayo de reformulación post totalitaria en el plano de la cultura, dentro del cual se difunden por los vehículos oficiales de propaganda a vivos que no hayan confrontado al régimen, y muertos que evidentemente ya no están en condiciones de confrontarlo.

Pero no nos llamemos a engaño, se mantiene la misma política “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución, nada”, ahora ajustada al mundo global. Al mismo tiempo que se producen estos asomos de liberalidad cultural, ya se censura a Pablo Milanés en la radio y los blogueros oficialistas otorgan carta blanca a la violencia contra la oposición. Ésta es la identidad propia del Raulismo, basada en una extraña mezcla de violencia represiva con desideologización. Se acaricia con la izquierda pero se pega con la derecha.

La cruda realidad es que, a pesar de la percepción ampliamente extendida en los círculos académicos, ningún cambio sociopolítico bajo dictaduras ha ocurrido como resultado directo de un debate intelectual, sino como consecuencia de una masiva acción ciudadana. El régimen ha aprendido sus propias lecciones de la primavera árabe, y evita por todos los medios la concentración de personas en espacios abiertos no controlados por el oficialismo. Los signos culturales pueden variar, pero el marco político permanece inalterable.

Tal vez la mejor descripción de este fenómeno fue provista hace más de 20 años por el intelectual húngaro Miklos Haraszti, en su excelente ensayo La Prisión de Terciopelo: Artistas e Intelectuales bajo el Totalitarismo de Estado. Al definir el paso del totalitarismo al post totalitarismo, recrea la imagen de los intelectuales como peces que nadan dentro de una pecera que el estado totalitario mantiene cerrada con una tapa de forma estúpida, puesto que el pez no puede salir del agua ni rebasar los límites de la misma.

Según Haraszti, en el post totalitarismo el Estado es más inteligente y le quita la tapa al estanque, por lo que los peces adquieren la ilusión de ser más libres al poder vislumbrar el cielo. Pero sólo se puede circular dentro de la pecera, y el que intente nadar fuera del agua simplemente perece. La misma vieja canción, sólo que el mar no es interminable, sino que está limitado por cuatro paredes de cristal. Lo que están ocurriendo en Cuba no son cambios, sino reacomodos. Lo demás, es sólo polvo en el viento.

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