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De cara a la muerte (Segunda parte)


Octavio Paz (1914-1998)

El autor recuerda las visitas de Octavio Paz a Miami y ve al niño asomarse al anciano

No era la gente quien abandonaba a Octavio Paz sino la vida, y era la ausencia progresiva de la vida la que lo aislaba de todo, incluso de sí mismo; de todo menos de la poesía. Mientras pudiera insistir en ella, abrir los ojos de otros a su misterio, advertir de sus peligros y demostrar hasta qué punto la muy veleidosa podía, en determinados momentos, iluminar el mundo, reconciliar contrarios y dar sentido a lo que no parecía tenerlo, no estaría totalmente solo, no estaría totalmente muerto o, de estarlo, podría resucitar. El cáncer, mal de males, criatura omnívora por excelencia, iba dando cuenta de todo, pero la poesía en él era un hueso duro de roer; tan duro que ahormaba su prosa, como el esqueleto ahorma la carne y la sobrevive. La maravilla de la prosa de Paz --donde no se sabe qué admirar más, si la perfección formal o las consideraciones que va repartiendo como un jugador experto una baraja cuyos naipes no ofrecen imágenes planas sino hologramas-- no es patrimonio único de la inteligencia sino de la poesía, bandeja de plata que, aun oculta, da lustre a todo lo que se deposita en ella.

Nada más parecido al escritor que conocí en 1986 que su prosa. O al revés: nada más parecido a su prosa que el escritor que conocí en 1986, y con quien, en años posteriores, sin perder pie ni pisada a sus comentarios, iba a atravesar la Zona Rosa de su ciudad mientras Pita Amor se materializaba y desvanecía en una esquina o nos pasaba por al lado como una exhalación, y Juan Soriano, rápido como un reflejo, nos esperaba para almorzar a la sombra de una pérgola; el escritor con quien caminaría por Cayo Hueso, el punto más al sur de Estados Unidos, en compañía de nuestras respectivas mujeres, una noche rumbo al mar. Los años no pesaban; la erudición, menos: se había integrado de una manera tan natural al hombre, y la vitalidad de éste era tal, que no había prepotencia que temer. En 1986, septuagenario, Paz iba y venía con la ligereza de un joven.

Un año después visitó Miami. Le pregunté adónde le gustaría que fuéramos luego de participar en un encuentro con un grupo de estudiantes universitarios: ya habíamos visitado a Lydia Cabrera y se había encontrado con Eugenio Florit, únicas personas a quienes me había manifestado deseos de volver a ver. Me pidió alternativas: le recordé que estaba celebrándose un simposio en su honor. No mostró entusiasmo. Insistí, respetuoso, en que se trataba de un buen número de profesores a quienes les halagaría contar con su presencia en alguna sesión. Nada. No sabiendo cómo salir del impasse bromeé: “los pelícanos que frecuentan Miami Beach y suelen adueñarse de los postes que sacan la cabeza del agua no tendrán a mal recibirnos”. Los ojos le brillaron (íbamos en mi automóvil): Vamos a ver los pelícanos, me dijo.

Nunca le vi más feliz que en la primavera de 1996, durante su última visita a Miami. Los achaques arreciaban pero la visión inmediata del mar --desde un largo paseo de madera por donde se me ocurrió invitarle a caminar un día de viento, sol y gaviotas, en compañía de Eliot Weinberger y Marie Jo-- lo había rejuvenecido al punto de que esta última manifestó un deseo que él, sonriente, incapaz de entristecerla con una alusión a su precaria salud, compartió: regresar alguna vez al mismo tramo de playa y pasar una temporada en uno de los hoteles que lo flanquean, como si la oscuridad que se abatía sobre ambos no pudiera alcanzarlos entre tanto azul.

Minutos antes, al abandonar el restorán en cuyo portal habíamos almorzado, frente a un cielo limpio, un ejército de cocoteros y un desfile de juventud descamisada, Paz se había percatado de que el cabello comenzaba a escasearme y, divertido, había apuntado al lugar donde la falta era más evidente: bromeamos en plena acera; el niño asomaba al anciano y ambos parecían congeniar: era la primera vez que el primero me salía al paso. Un niño travieso, obviamente y, niño al fin, a salvo de todo pensamiento de muerte, incapaz de adivinar en la calvicie ajena un indicio de decadencia física, un recordatorio de nuestra caducidad.

Entre los rostros de Octavio Paz que mi memoria retiene de manera más viva resalta ése, octogenario, al que de pronto se sobrepone, chispeante, su rostro de niño. “Ejercicio preparatorio”, un poema de Árbol adentro, los entremezcla:

la muerte que yo quiero

lleva mi nombre, tiene mi cara.

Es mi espejo y es mi sombra,

la voz sin sonido que dice mi nombre,

la oreja que escucho cuando callo,

la pared impalpable que me cierra el paso,

el piso que de pronto se abre.

Es mi creación y soy su criatura.

Poco a poco, sin saber lo que hago,

la esculpo, escultura de aire.

Pero no la toco, pero no me habla.

Todavía no aprendo a ver,

en la cara del muerto, mi cara.

Mi calavera, como la suya, pugnaba por mostrarse, por sacar la cabeza de mi cabeza deshaciéndose del cabello. Aún pugna por deshacerse de él, y no desfallecerá hasta deshacerse de todo, incluso de mí.

Recuerde que la felicidad de un escritor no está en tener muchos lectores sino dos o tres amigos que lo lean con atención, me dijo, y a mí no se me ocurrió decirle que, de ser un escritor real y no uno apócrifo (como suelo temerme), yo debía ser feliz, porque esos amigos ya existían y eran, en más de un caso, legado suyo, resultado de una cortesía suya que desde 1981 había revolucionado mi relación con la palabra escrita y conmigo mismo.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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