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El hombre que mandaba torcerle el cuello al cisne


MEX07 MONTERREY (MEXICO) 02/09/03 .- El periodista colombiano José Salgar (D) muestra el premio Nuevo Periodismo Iberoamericano en la modalidad de Homenaje por su trayectoria de 70 años como periodista luego de recibirlo de manos de su compatriota el escritor Gabriel García Márquez en la foto. Archivo

Más de 80 años como periodista (comenzó en el Espectador cuando apenas tenía 13), conoció el oficio desde abajo (jamás pisó una facultad) y aprendió a conocer el murmullo melodioso de las rotativas, fue mensajero hasta ocupar todos los puestos en un periódico: desde contestar los teléfonos, hasta jefe de redacción, subdirector y director

José Salgar, el jefe de redacción que aconsejaba a Gabriel García Márquez “torcerle el cuello al cisne”, cuando descubría en el joven reportero demasiados arranques de lirismo, falleció el domingo pasado, a los 92 años. Más de 80 años como periodista (comenzó en el Espectador cuando apenas tenía 13), conoció el oficio desde abajo (jamás pisó una facultad) y aprendió a conocer el murmullo melodioso de las rotativas, fue mensajero hasta ocupar todos los puestos en un periódico: desde contestar los teléfonos, hasta jefe de redacción, subdirector y director.

Los lectores lo recordarán por su columna “El hombre de la calle” donde, en un estilo llano, se refería a temas cotidianos con la óptica de un ciudadano común. Problemas de barrio, asuntos culturales, huecos en las calles, alza de precios, todo lo que su aguda mirada descubría en sus recorridos diarios.

A Salgar le correspondió vivir tiempos difíciles en la historia de Colombia durante sus 80 años como periodista. Desde la bomba que Pablo Escobar mandó ponerle a El Espectador (recordada en la teleserie Escobar, el patrón del mal), la consolidación del narcotráfico, el auge de la guerrilla y el paramilitarismo hasta el asesinato de su amigo Guillermo Cano, director de El Espectador.

En una de sus últimas entrevistas (concedida a la revista Bocas, de Colombia) Salgar recordó cómo fue su entrada en el mundo del periodismo. “Una prima quería ser secretaria ejecutiva y tenía una máquina de escribir. A ella la matricularon en el año de 1932 en clases de mecanografía. Como vivíamos muy cerca, quien aprovechaba esa máquina –y sus lecciones– era yo. Un año más tarde, cuando empezaba a estudiar bachillerato en La Salle, conocí a dos maquinistas de El Tiempo. En esa época, El Espectador se imprimía en las rotativas de EL Tiempo y ellos me dijeron que si quería ganarme unos centavos extra trabajando allá. Lo que tenía que hacer era llegar a las 4 de la mañana a fundir barras de metal que servían para la rotativa y los linotipos”.

La época de Salgar como jefe de redacción en El Espectador fue una de las más gloriosas para el periódico y coincidió con la publicación, en 1955, de la serie de García Márquez, que daría pie posteriormente al libro “Relato de un náufrago”. Se trataba de la historia del marino Luis Alejandro Velasco y su sobrevivencia durante 10 días en alta mar. En aquellos años la gente se arrebataba el diario de las manos, para conocer cómo seguía la tragedia del marino naúfrago.

Conocí a José, ‘El Mono’ Salgar (en Colombia llaman monos a los rubios) allá por el año 2000, cuando entré a trabajar en El Espectador. El diario estaba en plena transición (la familia Cano había tenido que vendérselo al grupo Santodomingo), y muchos de sus antiguos directivos ya se habían ido. Pero Don José, como lo llamábamos respetuosamente, aún estaba allí, como un raro trofeo de otros tiempos.

Aún recuerdo como un grupo de reporteros alineados en la sección Nuestra Época (la dominical, dirigida por el inolvidable Rafael Baena), entre los que estaban Andrés Grillo, Francisco Quintero, Mauricio Bernal, y yo mismo, comenzamos a participar en las tertulias sobre periodismo que Don José alentaba los viernes, al final de la tarde.

Éramos felices escuchando sus anécdotas sobre aquellos días en que El Espectador –situado en ese entonces en la Avenida Jiménez, en pleno centro de Bogotá- colgaba una enorme pizarra donde los transeúntes podían leer completamente gratis las noticias de la tarde.

En aquel 2000 que prometía tantos augurios y catástrofes (jamás cumplidas) con un Espectador que todavía conservaba intacto su prestigio, influencia, y que estaba lejos de caer en el franco declive en que se encuentra hoy, con una dirección totalmente errática y olvidada de la tradición, Don José se vio en la disyuntiva de si abandonar el diario (como hicieron otros) o quedarse. Escogió lo último, aunque como colaborador. Pero compartió esta tarea con la de decano de periodismo de la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá, durante cinco años.

Era un hombre alto y espigado, casi siempre de cuello y corbata. Serio, muy serio, pero no antipático. La humildad en persona, sobre todo cuando descubría que amabas el periodismo. Lo contrario de un hijo suyo, Carlos Salgar, un ex diplomático de Ernesto Samper caído en desgracia y que ahora llegaba a El Espectador como editor internacional. Con ínfulas y sin el carisma de su padre.

Un viejo tema cubano cantaba “Don José, qué pachanga tiene usted”. Ahora nosotros queremos cantarlo para él. Por su nobleza, su pasión por el oficio y su honradez.

Porque nunca se dejó contaminar por la política (y peor aún: por los políticos). Desde sus 22 años en que fue jefe de redacción, una época en que “periodista, borrachera y cigarrillo venían juntos” sobrevivió a los malos gobiernos, al bombazo de Escobar, a la guerrilla, a los paramilitares, a los ineficientes directores de El Espectador y a él mismo. Porque, según sus palabras, “si yo hubiera sido tan bohemio como mis amigos no estaría tan bien como estoy. Habría muerto antes que ellos”. Y así mismito pasó.
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