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El autor revela las dificultades que aguardan a las turbas represivas aficionadas al fuego.

I




La predilección de algunas editoriales por los papeles de tonalidades óseas es digna de encomio. Sus libros son al lector sensible -enemigo de la frigidez chillona del blanco- recordatorio de su propia caducidad: lo que al católico practicante, la cruz en la frente el Miércoles de Ceniza.

Pero la fabricación de un papel de piedra color hueso sería catastrófica para la bibliomanía por el aspecto cilíndrico que suelen adoptar los lomos de algunas ediciones cuando, al ser depositadas en un estante, sus cubiertas y contracubiertas quedan ocultas entre las de las ediciones contiguas. El lomo expuesto adquiere un falso perfil de palitroque o fíbula de ave y puede incitar a algunas mascotas -que no estén familiarizadas con la forma más habitual del canto de un libro- a tirar y hacer uso de él como si de los restos mortales de otro animal se tratara.

La biblioteca privada que comparta con uno o varios canes la devoción de su dueño se verá desguazada por sus rivales. Una estantería poblada de libros de papel de piedra color hueso tendrá algo de osario destinado al consumo de esas mascotas, que no discriminarán a la hora de roerlos o enterrarlos, aunque cargar con los ejemplares extraídos del montón constituya una hazaña de consecuencias nefastas para su salud dental.

Única ventaja: el espectáculo monstruoso del animal doméstico que mordisquea los despojos de otro animal será infrecuente una vez que las tiras de papel de piedra color hueso proliferen y, de estar escritas, cultiven al perro, cuya inteligencia no tardará en hallar en la literatura un valor nutritivo superior al del tuétano roñoso.

II

Las hojas de las plantas no tienen venas más finas que las del papel tradicional, hecho con pasta de fibras vegetales. El flebotomista más avezado encararía dificultades a la hora de pincharlas y, sin rasgar más que un punto, extraer algo de ellas.

El sistema circulatorio del papel es de una delicadeza tal que hay quienes confunden sus ramificaciones con las líneas de una mano y, antes de escribir sobre un folio, lo exponen a la mayor claridad posible, ansiosos de leer en él noticias de su destino.

La lectura de las líneas que atraviesan una hoja de papel de piedra constituye un reto. Pero un fajo de estas hojas en blanco situaría a los lectores sesudos ante la manifestación más sólida hasta hoy concebible de una realidad elusiva: la piedra filosofal.

III

El quitasol de papel de piedra amenaza a la espada de Damocles como alegoría suma del peligro inminente. Aunque lejos de colgar de una hebra extraída de la crin de un caballo este quitasol sea enarbolado por damas de armas tomar, no será fácil que las voluntariosas alcancen a sostenerlo sobre sus cabezas y, lo que es más grave, cerrarlo sobre sí mismas sin riesgo de ser aplastadas.

Una multitud de mujeres armadas con quitasoles de papel de piedra abiertos tendrá algo de alud que, lejos de responder a la fuerza de gravedad, responderá a la prisa que cada paseante lleve, precipitándolas hacia adelante como un apedreamiento sin blanco de tiro. Los quitasoles, a duras penas en alto, colisionarán, convirtiendo las aceras más concurridas en un fuego cruzado de monolitos.

Las aventuras aerodinámicas de Mary Poppins carecerán de toda lógica si la joven, lejos de empuñar una sombrilla ordinaria, empuña un quitasol de papel de piedra, y el propio Gene Kelly, por ligero que sea, no atinará a cantar bajo la lluvia mientras salva los charcos.

IV

Los amantes de las libertades civiles encontrarán el adalid idóneo en el libro de papel de piedra, y quien dice el adalid dice el símbolo: imposible su quema.

Las turbas represivas se verán despojadas del halo purificador que confiere la complicidad del fuego y forzadas a desplegar --si el autócrata que las incita lo demanda— habilidades de picapedrero.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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