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Savater: Payá, demócrata de alto riesgo


Arrestos en los funerales de Payá Sardiñas.

"la desaparición de Oswaldo Payá deja un poco huérfanos a los demócratas cubanos que aspiran a una salida democrática y pacífica tras la dictadura".

Siempre he sentido un interés especial por la figura de Oswaldo Payá, el opositor cubano a la dictadura castrista que ha muerto hace pocas semanas en un accidente automovilístico, escribe el filósofo Fernando Savater este domingo en El Informador.

Puede que por una razón meramente circunstancial, ya que recibió el Premio Sajarov del Parlamento Europeo a los derechos humanos dos años después que nuestro movimiento "Basta Ya" de lucha civil contra el terrorismo etarra.

A partir de mi propia experiencia al recoger el galardón en Estrasburgo, me lo imaginé rodeado de corteses reticencias al tratar de explicar la realidad despiadada y cada vez más estéril del castrismo a parlamentarios ideológicamente esquemáticos y a veces prodigiosamente desinformados.

Creo adivinar bien el fastidio que debió guardarse para sí en ese trance y la paciencia que necesitaría él, un demócrata de alto riesgo, para soportar la suspicacia de quienes no conocen más que el lado confortable de la democracia, continúa Savater en su artículo.

Porque el proyecto Varela e iniciativas posteriores alentadas por Oswaldo Payá pretendieron utilizar los resquicios más favorables de la legislación cubana para institucionalizar el comienzo de una alternativa democrática al régimen dictatorial.

La respuesta de éste fue, como era tristemente previsible, brutal y carcelaria pero Payá y el grupo de ciudadanos que le secundaron se ganaron el respeto de la gente decente tanto dentro como fuera de Cuba.

El coraje cívico nunca es una pasión inútil, incluso cuando parece no obtener réditos palpables inmediatos: siempre deja huella y al cabo se va abriendo paso, como sabemos por nuestra experiencia en el País Vasco. Aunque la desaparición de Oswaldo Payá deja un poco huérfanos a los demócratas cubanos que aspiran a una salida democrática y pacífica tras la dictadura, ni su obra ni su ejemplo habrán sido en vano. Confío en verlo. Escribe el filósofo español.

Un joven dirigente del Partido Popular español, que conducía el vehículo accidentado, está detenido por las autoridades cubanas y el fiscal le pide siete años de cárcel. Sin embargo, aún no se conocen de modo exacto las circunstancias que rodearon el accidente en que el luchador por las libertades perdió la vida. Puede que fuese algo meramente fortuito, quizá debido a una imprudencia del joven conductor, pero tampoco es descartable a priori que hubiese algún empujoncito de los siniestros sicarios de la autocracia caribeña, donde si no eres amigo del autócrata es peligroso hasta viajar en auto…

La familia de Payá sigue dudando de la versión oficial, escarmentada por su larga costumbre de escuchar falsedades y tergiversaciones "oficiales". De la catadura del régimen da una idea que haya detenido a cincuenta personas en el entierro mismo de Payá. La franquicia castrista toca evidentemente a su fin, les guste o no a sus alarmados beneficiarios, pero los últimos coletazos del bicharraco son especialmente peligrosos, apunta Savater.

Una reflexión para uso de españoles: el inefable Cayo Lara, mandamás de Izquierda Unida, despachó la muerte de Oswaldo Payá diciendo que era un accidente de carretera como los que ocurren todos los días y que no merecía mayor atención. Recuerdo que cuando obtuvo el liderazgo de Izquierda Unida, un periodista le preguntó a Cayo Lara por sus países de referencia ideal en el mundo: contestó mencionando a Cuba y a Venezuela.

Ya sabemos que España está en difícil trance económico, que nuestros gobernantes no se aclaran y que los mercados son inmisericordes. Pero las cosas aún podrían ir peor, si imaginamos que por una broma aciaga del destino podríamos estar dirigidos por el justo y benéfico señor Lara o alguien de su calaña. Lo recuerdo en beneficio de tantos alegres consumistas de ayer, hoy reconvertidos al leninismo porque no les gusta la resaca que sigue a la fiesta. Concluye el filósofo Fernando Savater.
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