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"Palestinos": El delito de vivir en La Habana


Un grupo de personas compran víveres en La Habana (Cuba). Archivo.

Como Ian Manuel, hay miles de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos cubanos, que, en su aventura por establecerse en La Habana, han sufrido vejámenes por la fatalidad de haber nacido "en provincia".

LA HABANA, Cuba.- Ian Manuel es un ilegal, es un "palestino". Así les llaman en La Habana a las personas que nacieron en las provincias orientales de la isla pero que han emigrado a la capital en busca de mejorías económicas.

Ian Manuel tiene 27 años y, a pesar de su juventud, ya es dueño de una extensa e intensa historia personal que, aunque incluye arrestos policiales por "acoso al turismo", intentos de salida ilegal del país, contrabando de mercancías, entre otros delitos, pudiera resumirse en una batalla por salir adelante en un entorno que no lo favorece.

Desde los 19 años, apenas terminado el Servicio Militar en una unidad de Managua, al sur de La Habana, se dedicó a la prostitución para poder pagarse el permiso de residencia temporal en la capital.

"Jamás había pensado en prostituirme, pero en mi unidad muchos lo hacían. Era algo normal. Había gente de Granma, Las Tunas, Sancti Spíritus, y casi todos queríamos quedarnos en La Habana (…)

Nadie me aceptaba en un centro de trabajo de aquí porque no tenía el cambio de dirección [para La Habana], y obtenerlo costaba dinero que no tenía. En Manzanillo [provincia Granma] no es fácil hacer $200 en un mes. Aquí en La Habana yo lo hacía en una semana, a veces en un par de días. Y eso es lo que costaba el cambio de dirección, más $20 de alquiler, más la comida. Yo me puse tan flaco que llegué a pensar que tenía el SIDA. Y es que no paraba (…) eran 24 horas en la calle; tres, cuatro, cinco tipos en un día", nos confiesa Ian Manuel.

Detenido por la policía en varias ocasiones, deportado y marcado como un delincuente, ha persistido en retornar al lugar que le prohíben porque, según afirma, prefiere "dormir en el banco de un parque de La Habana que morir de hambre" en su casa de Manzanillo:

"Aquí hay días malos y días buenos, pero allá todos los días son peores. La gente de La Habana se queja de esto porque no conoce el trabajo que se pasa en Oriente.

Allá llega lo que sobra de aquí. Allá encontrar un trabajo no es fácil. Una de las veces que me deportaron, dije que no regresaba nunca más a La Habana y empecé a trabajar con mi tío cavando pozos, daba pico y pala desde por la mañana hasta por la tarde, de lunes a sábado. Y al mes sólo me dieron 500 pesos [20 dólares]. Ese mismo día compré un pasaje [en tren] y vine (...) Sabía que la policía me tenía circulado y cuando pasamos los elevados [una zona cercana al destino final, en la Estación Central de la Habana Vieja], salté del tren. Yo había pensado hasta en suicidarme si me atrapaban otra vez (...)

Ya yo tengo dos intentos de salida ilegal del país y varias advertencias por acoso al turismo".

Saltar la burocracia

Como Ian Manuel, hay miles de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos cubanos, que, en su aventura por establecerse en La Habana han sufrido vejámenes por la fatalidad de haber nacido "en provincia".

Yenisel, de 35 años, nos cuenta de sus peripecias para lograr su residencia y del maltrato que reciben los ilegales por parte de las fuerzas policiales:

"Desde que te bajas del tren te sientes como una bandida. Yo era una muchachita normal, había estudiado Enfermería en Holguín y decidí venir para La Habana. Un tío de mi papá me dijo que me haría el cambio de dirección sin cobrarme, pero después quería que yo le diera 100 pesos [dólares] o que me acostara con él. Pero yo no hice ni una cosa ni la otra. Yo quería hacer las cosas decentemente pero tampoco quería morirme de hambre. Así fue como entré en la prostitución (...)

Tenía 23 años y dormía un día aquí y el otro allá. Hasta que hice amistades que me ayudaron a salir de ese mundo. Aunque después
me metí en la droga. Estuve como cinco años en esa locura pero
así fue como me compré mi casa aquí en La Habana y monté mi negocio. (…) Yo no consumía, sólo vendía y eso sí que me dio dinero de verdad, pero era muy peligroso (…)

Cuando te atrapan por ilegal te llevan para un centro de detenciones en Calabazar [en las afueras de La Habana]. Te esposan como si fueras un asesino, te encierran junto a un montón de gente en un calabozo y allí pasas días hasta que te montan en un tren.

Te llevan hasta el tren y te tratan como a un criminal. (…) Si por ser ilegal te hacen todas esas cosas, imagínate por vender droga. (…) Yo me arriesgué porque no tenía nada que perder. Pero ahora no lo volvería a hacer. Y prostituirme, mucho menos, yo creo que hasta le he cogido asco a los hombres", nos dice Yenisel.

Las leyes: "Una montaña de estiércol"

Hermio Ferraidés, profesor, abogado y víctima de las leyes que excluyen a los ciudadanos cubanos sin residencia legal en la capital, nos habla de la inconstitucionalidad de las normativas que regulan las migraciones internas en la isla:

"Durante años en Cuba nos hemos acostumbrado a saltarnos la Constitución como si eso fuera un deporte. Hay miles de decretos, leyes, regulaciones laborales y modos de actuar de instituciones y dirigentes que se burlan de los principios constitucionales que deben regularlas. Y esa obligación de que los orientales deban sacar un permiso de residencia temporal para pasear por La Habana, para vivir en ella, es el más denigrante y violatorio de todos. Según esas leyes, yo, por ser de Granma, soy inferior a ti, soy un ciudadano de segunda categoría (…)

En Cuba se pudiera hacer una montaña de estiércol con todas las leyes y decretos absurdos, horrendos, pero ese es de los peores. Sin embargo, es lo que menos llama la atención a la prensa internacional. No se habla del asunto. Yo creo que ni está en ninguna mesa de conversaciones sobre los Derechos Humanos en Cuba.

No se habla del trato que nos dan a los "palestinos", ni de cómo
la regulación nos conduce al delito, a la degradación moral, al descontento, a crear estigmas, confrontaciones internas, sistemas de clases donde unos ciudadanos son inferiores y otros superiores debido a su lugar de nacimiento (...)

Son regulaciones que convierten el lugar de nacimiento en un potencial delictivo (…) Hay cifras en los tribunales que hablan por sí solas.

Se calcula que 7 de cada 10 personas que cometen delitos en La Habana son de otras provincias, pero ¿eso quiere decir que ustedes los habaneros son más decentes? Eso habla de otros fenómenos sociales y económicos que están desatendidos en esas provincias y de lo contraproducente de las leyes que regulan las migraciones internas".

Hoy la población de La Habana oficialmente supera los 2 millones de habitantes pero se estima que ese grupo que llaman población "flotante" y personas "ilegales", no censadas, provenientes de las provincias más empobrecidas, eleven la cifra por encima de los 3 millones, una masa humana "no legal" y perseguida, compuesta por personas dispuestas a dar la batalla por la sobrevida.

El permiso de residencia en La Habana se otorga por un tiempo máximo de seis meses y sólo para personas que logren obtener un cambio de dirección temporal, casi siempre negociada por un precio de mercado negro con aquellos que residen permanentemente y que sacan provecho económico de la segregación.

Los ciudadanos cubanos que viven en las provincias centrales y orientales, sólo pueden permanecer por un límite de 72 horas en la capital. Para extender la estancia por más tiempo del establecido en las regulaciones, habrán de presentar una certificación médica, laboral o docente que los ampare.

[Este reportaje fue publicado originalmente en el portal Cubanet, el 3 de marzo de 2016].

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