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Osvaldo Navarro, otra visión del alma


Los poetas ven más de lo que pueden atrapar. Saben del forcejeo entre la visión y el lenguaje. Pero no pueden evadirlo. Una vez frente a la revelación están impelidos a dejar constancia. La intensidad de lo recreado nunca es la de lo revelado pero queda, al menos, la autenticidad del intento.

La perennidad del instante es lo verdaderamente fúlgido. Lo terrible es arrastrar el ser luego de la vislumbre. No hay tormento más largo. La existencia no es poesía, se hace de otro material. La diversa armonía del caos y los azares son las sustancias de la metáfora. Es más adivinación que certidumbre. Si se oficia en ella se marchita. Es lidia entre sortilegio y razón, empaste sutil de los imantados para triunfar sobre el olvido.

Los poetas son inocentes porque son inocuos. No tienen la capacidad para matar, como los guerreros. Tratan de explicar, y ahí empiezan sus culpas. Toda explicación es baldía cuando quien la escucha no sabe qué le explican. El ser humano sólo entiende a cabalidad aquello que le ha ocurrido alguna vez. El resto le parece ajeno, o es, a lo sumo, una abstracción. De ahí que la circunstancialidad le parezca esencialidad. Hay eventos primarios —nacer, crecer, reproducirse, morir—que son una circunstancia general. Pero lo general, visto desde lo particular, nunca es general. La visión lo hace único, disímil, excepcional. Si algo hace común al ser humano es la creencia en la excepcionalidad propia, por lo que todo se torna entonces circunstancial, y por tanto efímero bajo el desdeño ajeno. La búsqueda de la trascendencia es la gran agonía del poeta, algunos la vencen.

Cada poeta es un cosmos, porque él mismo lo crea. El poeta es imago dei, como todos, pero lo diferencia su capacidad de, como y con Dios, crear universo. Osvaldo Navarro era, según su confesión, un agnóstico. Dios —llámese Jehová, Alá, Oloffi—era para él una entidad subjetiva creada por diversas imaginerías culturales, que a la inversa de la proposición religiosa, lo crearon a su imagen y semejanza, donde el ser supremo viene siendo imago hominis. Por mucho tiempo Navarro practicó el materialismo objetivo y la dialéctica. Sin embargo, y es lo que trataré de demostrar, por lo que escribía era un místico, quizás con un Dios sin nombre, que en el caso de los poetas puede llamarse belleza.

Este soy yo: miradme en lo que escribo, solicitó tratando de ordenarlo todo antes de partir, quizás retornar, porque ya había aprendido que el caos tenía un orden fuera de él y de la sociedad en que creyó. Y por lo que escribió, es que intentaré un acercamiento al alma poética de Osvaldo Navarro. Pero antes, un poco de reflexión sobre el concepto alma.

El término alma, polémico de por sí, se atribuye a un principio o ente inmaterial e invisible que poseerían algunos seres vivos cuyas propiedades y características diferirían según las disímiles tradiciones y perspectivas filosóficas.

Etimológicamente el vocablo alma, del latín anima, se usaba para designar el principio por el que los seres animados podían moverse por si propios. En ese sentido primigenio tanto los animales como los humanos estarían dotados de alma. Sin embargo, la ciencia ha permitido reconocer que los seres animados obedecen al mismo principio físico que los objetos inanimados.

El término aparece también en la visión antropológica de numerosos grupos culturales y religiosos. En la actualidad el término alma es usado, más frecuentemente, en contextos religiosos.

El alma, de acuerdo con muchas tradiciones religiosas y filosóficas, se encuentra en los seres vivos. En esas concepciones, el alma incorpora el principio vital o esencia interna de cada uno de esos seres vivos, gracias a la cual estos tienen una determinada identidad, no explicable supuestamente a partir de la realidad material de sus partes.

A través de la historia, el concepto alma pasa por intentos de explicación. Desde el dualismo del idealismo filosófico y de la gnosis a la interpretación existencialista de un todo con dos ángulos bien específicos que son ser material y a la vez no material.

Para la religión cristiana, el hombre consta de Cuerpo, Alma y Espíritu y de acuerdo a su tradición, el alma es una de las tres entidades del ser humano. En el alma se hallan los instintos, sentimientos y emociones. El alma es más sensible que el cuerpo, ya que está en un grado mucho más elevado. El alma es la reguladora entre el espíritu "más" y el "menos" del cuerpo.

Aristóteles definió la Psyche como determinada realización y comprensión de aquello que posee la posibilidad de ser realizado, y Platón consideraba al cuerpo como la cárcel del alma y afirmaba que el alma estaba compuesta de lo idéntico y lo diverso.

La visión dualista distorsiona la realidad y las consecuencias llegan a un desprecio de las realidades físicas del cuerpo. Se imagina el alma como algo independiente, parte de lo divino y de lo bueno, que ha de liberarse del cuerpo.

Es con Tomás de Aquino que la reflexión antropológica tomó un giro más realista. Basándose en Aristóteles más que en Platón, Tomás de Aquino habla de principios, no ya de realidades opuestas.

Para Aristóteles, todos los seres tienen una materia que es pura indeterminación y una forma sustancial que es el principio determinativo. Estas dos realidades son inseparables, de modo que no tienen existencia independiente. Diríase que se trata de dos aspectos de la misma realidad. Tomás de Aquino describe al ser humano como material por una parte y no material por otra. Usa el cuerpo para el primer ángulo y el alma para el segundo.

El pensamiento occidental posterior recayó en el dualismo entre cuerpo y alma. Para Descarte el alma es cosa pensante opuesta a cosa extensa (res cogitans versus res extensa), mientras Espinoza habla del alma como atributo y modo de la sustancia divina. Kant, por su parte, la califica de imposibilidad de aprehender lo absoluto y Hegel dice que el alma es el auto desarrollo de la idea. Schelling la define como potencia mística y Nietzsche la ve como invención y ente imaginario del común de la gente, que ayuda a fortalecer las creencias falsas de la existencia de un dios o mas específicamente de Dios.

Los materialistas de los siglos XVII y XVIII —Hobbes, Locke, La Mettrie— concebían el espíritu sólo como una variedad del conocimiento sensorial. El materialismo dialéctico no reduce lo espiritual a la simple suma de sensaciones y rechaza la representación del espíritu como de algo que existe con independencia de la materia. Lo espiritual es función de la materia altamente organizada, es resultado de la actividad práctica material, histórico-social de los hombres.

En otras culturas como la asiática, la africana, y la americana, encontramos un concepto Alma analógicamente similar al concepto desarrollado por las religiones del grupo judeo-cristiano—incluyendo el Islam—y la filosofía europea.

El alma desde el punto de vista védico es El Ser, que por naturaleza es eterno, sin nacimiento ni muerte de sustancia diferente a la del cuerpo físico y que posee conciencia propia. Para los egipcios, el alma tiene una gradación de siete estadios que forman un todo y que tratan de unificar en el momento del embalsamamiento. El budismo considera que hay tres niveles en la conciencia de la persona: la conciencia muy sutil, la cual no se desintegra en la encarnación-muerte, la conciencia sutil, que desaparece con la muerte, siendo una conciencia-dormida o bien no-conciencia, y la conciencia crasa. El budismo enseña que todas las cosas son cambiables en un constante estado de flujo. Todo es pasajero y no existe algo perenne. Eso vale para todo el cosmos y por ende a la humanidad misma. No existe un "Yo" permanente, es decir, un alma inmortal.

No faltan, por supuesto, los intentos de probar también la materialidad del alma. El Dr. Duncan MacDougall, a inicios del siglo XX, realizó experimentos para probar la pérdida de peso provocada por la salida del alma del cuerpo al morir, con lo que intentaba probar que es tangible, material y por ende mesurable. Los experimentos de MacDougall difícilmente puedan considerarse científicos pero se cuenta que todos los resultados fueron siempre de 21 gramos menos que antes de la muerte.

Los poetas, era rara especie que oscila entre la realidad y la invención, tienen su propia concepción. Para cada poeta el alma tiene un significado particular según su libre imaginación, pero generalmente tiene el mismo significado que para los religiosos y no el de los psicólogos.

En el Caribe, y específicamente en Cuba, el alma es el sentimiento mas profundo, sublime, elevado, que identifica a un ser viviente, el cual no deja de tener un cariz puramente místico, y creo que es en este concepto que encaja Osvaldo Navarro, a pesar de su amplia y sólida información cultural. Tratemos de verlos en su verso, como pidió.

De regreso a la tierra, un libro germinal, por tanto candoroso. En él nace Navarro como poeta. Desde él anuncia su vuelta al origen. La aseveración titular parece una simple alusión al retorno a las raíces. Pero una lectura más exegética podría descodificarla como el versículo bíblico de: porque polvo eres y al polvo tornarás, ello como materia perecedera, lo cual va perfilando la presencia de un alma poética que busca trascender la simple existencia temporal.

Lo primero que llama la atención en de Regreso a la tierra, es el exordio martiano: yo lo he visto, yo, sin darme tiempo a que copiara sus rasgos. El poeta habla de la revelación y de la incapacidad humana para aprehenderla en su totalidad y recurre entonces a una estructura pleonástica para reafirmarlo porque requiere que le crean, lo cual exacerba el yo, que si en José Martí, es un clásico yo romántico, en Navarro —martiano ferviente—emula el alma poética que se perfila mientras avanza.

En De regreso a la tierra aún late la ingenuidad heraclitiana del ser y no ser a un tiempo: Todo esto era yo/ pero no soy quien vuelve filtrada por poetas de principios del siglo XX que le enseñaron la mecánica de la metáfora dialéctica: nosotros, lo de entonces, ya no somos los mismos (Pablo Neruda). Es que ya yo no soy yo/ ni mi casa es ya mi casa (Federico García Lorca). Pero esta inocencia primigenia trae en sí los atisbos del alma que se consolidará: El sufrimiento es una cueva/ habitada por pájaros oscuros/ que se mofan de ti cuando al volverte/ dejas caer al suelo/ todo el cristal del alma y esta alma de Navarro, que él ve diáfana y frágil, irá cobrando fuerza en su poética y se emparentará aún más con el alma atormentada de José Martí—El alma trémula y sola—quien la fusiona con el yo poético. Uno mira hacia atrás/ y escucha como relincha la madera no es la simple prosopopeya lo que convoca a reflexión, eso cualquier poeta menor con cierto poder de asociación puede conseguirlo, lo hondo aquí es que esa alma puesta en lo inanimado, es un grito nostálgico por una pérdida, y el alma poética de Navarro aflora como resultado del sufrimiento, sentimiento que se reiterará con más furor en versos posteriores.

Espejo de conciencia, en mi opinión, segundo cipo de la obra poética de Navarro, traza las líneas de otra alma. Esta vez bajo el influjo dialéctico-materialista que imponía el marxismo. El ser es primero materia y luego conciencia. No hay de otra. Tábula rasa con todo idealismo: Los de mi edad dirigen ya el Partido y al Partido habrá de respondérsele. Navarro responde, pero hay que decirlo, y así lo creo, desde la autenticidad de su creencia. No es un impostor—que en su generación pulularon—sino un agradecido que tardará en descubrir al ogro bajo el disfraz de mesías.

Espejo de conciencia es la muestra más elaborada de aquella tendencia épico-lírica que se instaló en la poesía cubana de los años setentas en que tantos bodrios se pujaron sin que alcanzaran reales resonancias. Navarro se propuso un canto de gesta desde la revisión de lo que José Lezama Lima llamara—rémora teleológica aparte—La cantidad hechizada, es decir esa parte de la historia donde "los elegidos" fabricaron una nación. Si para Lezama la nación era una especie de frustración en lo esencial político, hasta el instante que abarcan sus ensayos, para Navarro es el triunfo de un ideal político que se concatena desde los albores de la primera gesta.

Eso es Espejo de conciencia, una apología al triunfo de quienes se proclaman como: nosotros fuimos una vez olvido:/esos muertos pequeños que la historia registra/ por siglos y millones,/rebaño triste para los sacrificios, sólo que lo hace sinceramente y ello dota al poema de un alma que no se encuentra en muchos de sus contemporáneos.

Y es que Navarro, poeta al fin, es alma primero y luego verso. Veamos un pequeño glosario de cómo ve este poeta el alma: El recuerdo es el alma de las cosas, sólo tiene alma aquello que merece memoria. Yo soy el hombre atado a su conciencia, aquí el criterio es materialista, pero no puede desprenderse de ese destino dualista que parece conducirlo irremediablemente al alma como ente superior del ser. Pero donde el alma para Navarro parece alcanzar su plenitud es en Horror al vacío, a mi modo de ver su tercer hito en la espiral ascendente que fue su poética.

Como en su primer libro De regreso a la tierra, en Horror al vacío la polisemia le presta sus ardides al poeta. Horror a la caída, ¿el infierno? Horror a quedarse sin sentimientos, ¿sin alma? Horror obtenido al vacío, en estado puro, ¿la existencia material? Ya no podemos preguntárselo al poeta. Hagamos entonces lo que solicitó. Preguntémosle a sus versos. Me han carcomido el alma grandes caries. Del alma sólo queda el inconsciente, la vida lo ha golpeado pero él se niega a perder el alma, aunque siga negando a Dios o la asuma con irreverencia: Ha de haber una luz definitiva,/concubina de Dios, siempre preñada,/que irradie al alma muerta y la reviva. ¿Resurrección? ¿Vida eterna? ¿Eternidad del poeta por medio de la poesía? No es el espíritu, Platón, el alma /es la que entabla el diálogo y lo empalma/ con el gran orden de la eternidad, es la respuesta de los versos. Para quien no haya entendido viene otro verso en auxilio: En el alma renace lo ilusorio. Este es Navarro, el que pidió que lo miraran como escribió. Fue marxista sí. Se confesó agnóstico sí. Pero el alma seguía siendo un chirrido doloroso que lo atormentaba, como a José Martí, otro que se negaba a obedecer a Dios, pero era un místico como Navarro. Y Navarro gritó: Ni una chispa siquiera /iluminaba el espejo de mi alma, /quebrado tantas veces. /Dios era un pan apagado /que nunca crepitaba /en los carbones de mis ojos. Pero el amor y la belleza, como pedía Hölderlin, para que existiera Dios, sí crepitaban con fuerza en Navarro y confesó que Lo divino es que el alma no nos duela. Y entonces aquel marxista militante, aquel agnóstico a propósito aceptó el paso por muchos estadios de la existencia que quisieron dejarlo sin alma y simuló, porque ya lo sabía todo, y dijo: Mi alma es una prótesis de oro, para que por esa falsa alma lidiaran sus enemigos, mientras él custodiaba con celo, la verdadera, la con que su madre, en una sabana enferma de erosión(…) lo lanzó una mañana a la intemperie porque Sólo los niños—y los poetas, agregaría yo—están prevenidos /para empezar de nuevo la subida.

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