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Aunque en La Habana existen otros invasores los orientales se han impuesto en la última década como los gallegos y los canarios a fines del siglo XIX y principios del XX.

No son fenicios, hititas, vándalos ni godos. No avanzan sobre las murallas de Babilonia, Roma o Bizancio. No huyen de lugares en conflictos ni pregonan la guerra santa. No son musulmanes, hebreos o palestinos. Invaden La Habana desde el extremo oriental de la Isla. Pero La Habana no aguanta más, está saturada y desprecia por igual a los “guajiros” de Pinar del Río, Camagüey, Las Tunas o Guantánamo. La tierra prometida de los habaneros está en el norte.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo del país. La capital siempre estuvo conectada con Europa y con países de América que expandían su horizonte. Los cubanos del interior la miraban con recelo pero soñaban con sus barcos, sus comercios y sus calles. “Cuba es La Habana, lo demás es paisaje”, decían con nostalgia mientras preparaban el viaje de cada año. Regresaban cargados y felices. Ahora se quedan con cualquier pretexto. Han tocado fondo en el terruño. Tratan de romper la barrera del hambre y la desesperanza. Algunos buscan aires de libertad.

Los apacibles invasores son rehenes del régimen militar acaudillado por ancianos de Oriente. Aquellos llegaron disfrazados de libertadores, estos llegan disfrazados de policía. Un sueldo y una pistola los convierte en personas importantes. De los trenes orientales también descienden aguerridos constructores, maestros emergentes, trabajadores sociales y sargentos políticos leales al gobierno. Son tropa de choque que controlan nuestras calles, cogen el pico y la pala en los contingentes, enseñan en las aulas doctrinas mal aprendidas y gritan consignas oficiales frente a incrédulos que se burlan de sus “aportes” a la lengua de Cervantes.

Los mercenarios de ocasión duermen en campamentos militares, albergues de la construcción y en confortables residencias estudiantiles. Tienen pan y sueldo estatal pero exploran los barrios de la periferia en busca de casa y pareja. Descubren a un tío o a un nague de la aldea que le permita levantar un rancho para salir de la Unidad. Algunos tienen suerte. Los más audaces abandonan el campamento, alquilan un cuarto en un solar y se lanzan al ruedo por si mismo, como esos indígenas del Amazonas que caminan asombrados por las calles de Caracas o de Bogotá.

Miles de “palestinos” se han desplazado hacia los barrios de Cayo Hueso, Los Sitios, La Timba, Jesús María, La Guinera, San Miguel del Padrón y otros recovecos de la ciudad, donde comparten el ron y la miseria con sus consortes habaneros. Aprenden la jerga y la forma de sobrevivir al margen de los funcionarios que pretenden controlar a los moradores. Tales intrusos son asimilados sin suspicacia. Trabajan en la construcción y en los agro mercados, conducen bici taxis, realizan guardias nocturnas, fabrican bebidas exóticas y hacen cualquier cosa para buscarse los dólares de cada día.

Delatan su presencia por la forma de hablar. Son alegres, bondadosos y comunicativos. Evocan a la familia y al terruño. Cantan en los ómnibus, discuten de pelota y evaden la política. Son sabios en la cultura alcohólica y en asuntos de mujeres. Un sello de pasión y de soberbia matiza sus actos.

Aunque en La Habana existen otros invasores los orientales se han impuesto en la última década como los gallegos y los canarios a fines del siglo XIX y principios del XX. La geopolítica del hambre los ha empujado sobre nuestras murallas, como a esos vándalos y godos que demolieron al Imperio Romano. ¡Estemos alertas, los bárbaros no vienen por el norte, avanzan desde el extremo oriente insular!

Este post de Miguel Iturria Savón fue publicado originalmente en el blog Ancla Insular.

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