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Una cofradía secreta de negociantes entrenados para cumplir eficazmente con “la tarea de la patria”.

Una serie de reformas lanzadas desde el gobierno para como dice la frase, que a fuerza de repetición se ha convertido en slogan, “implementar el nuevo modelo económico cubano”, sólo ha puesto en evidencia las enormes diferencias que se intentaron esconder tras fuertes vientos fingidos y ciclones fraudulentos de falso igualitarismo.

Ilógico, pero obvio, la Revolución cubana no se hizo para – como nos contaron - erradicar las clases sociales, sino para reducir el antagonismo entre ellas. Hijos de esclavos, y amos, vivieron por determinado tiempo en barracas similares y se sintieron semejantes aunque fueran desiguales.

Tranquilos, no pretendo añadir sal sobre una herida que por años permanencerá latente, sólo procuro llamar la atención sobre un grupo de cubanos que cautos y sagaces, supieron escalar de clase y aparentemente romper, a ojos vista, pero de manera invisible, la estética revolucionaria.

Usaban camisas a rayas y Fidel les llamó rayaditos; pero hoy, son los millonarios cubanos que apenas nadie conoce, mucho menos quiénes son, ni cómo surgieron. Les describiré a un grupo de ellos, los considerados gurúes en mercadotecnia, dueños de empresas foráneas que hacen negocios en Cuba y en buena parte del mundo, incluída USA.

En 1982, y dada la imposibilidad que desde entonces padecía el gobierno para acceder a financiamientos externos, tecnología de avanzada y mercados; por orden presidencial se dictó el decreto-ley número 50. Dicha ordenanza autorizaba la llegada de algunas firmas extranjeras a las que, por norma general, le encasquetaban empleados que por su trayectoria de lealtad, o su herencia “patriótico-familiar”, el gobierno consideraba infalibles.

La feria aumentó cuando en 1995, la ley 77 permitió además la creación de empresas mixtas y/o contratos de asociación económica entre compañías extranjeras y cubanas.

Así se formó este nuevo grupo de “selectos” que de repente aparecieron en autos de lujo y rendían culto a ciertas marcas, todos se conocían y se apoyaban entre ellos, como miembros élite de una cofradía secreta de negociantes entrenados para cumplir eficazmente con “la tarea de la patria”.

Para entonces, y no por casualidad, los impagos del gobierno a las empresas extranjeras les hicieron perder la solvencia a varios comerciantes foráneos que ahogados financieramente no pudieron aguantar el costo de mantener toda una infrestructura comercial dentro de Cuba. Y otros casos, nada extraño, de importantes hombres de negocio que, incluso teniendo la suficiente fuerza y solidez para enfrentar la debacle, les inventaron delitos, les deportaron de Cuba y les prohibieron la entrada al feudo.

Fue en ese preciso momento, 1997, cuando apareció en escena RAFIN. Una sociedad anónima cubana, que algunos aseguran que sus siglas significan Raúl Castro Financiera, ó Raul Fidel Internacional. No lo puedo aseverar, lo que sí puedo decir es que RAFIN S.A poseía, o posee una licencia y el dinero contante y sonante para financiar cualquier actividad comercial.

Esperanzados, los empresarios de allende intentaron operar desde el exterior y dieron poderes especiales (notariales) a aquellos empleados (los endilgados) que, cegados por su identidad mercantil y total ausencia de decencia, olvidaron la verguenza, negociaron con RAFIN y terminaron como dueños de las empresas extranjeras para las que, hasta ese entonces habían trabajado, o espiado.

Así fluye esta ralea de nuevos millonarios cubanos, que viven entre el afán de ocultamiento y la necesidad de transar. Raro tipo de soldado a quienes el frenesí del mercado, de vez en cuando, les recuerda que son sólo unas fulanas.
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    Juan Juan Almeida

    Licenciado en Ciencias Penales. Analista, escritor. Fue premiado en un concurso de cuentos cortos en Argentina. En el año 2009 publica “Memorias de un guerrillero desconocido cubano”, novela testimonio donde satiriza  la decadencia de la élite del poder en Cuba.

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