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El autor reseña una celebración de “Halloween” en el hogar de una familia cubana exiliada.

A Félix y Xiomara

La celebración anual de la “Noche de brujas” suele situarme en el hogar de un joven matrimonio cubano exiliado en el norte de Estados Unidos durante los años sesenta, y dentro de ese hogar, ante la mirada de un niño. Era un matrimonio oriundo de la provincia Matanzas al que el desconocimiento y la ferocidad de la urbe a la que acababa de llegar, la escasez de medios materiales, el idioma extraño y las bajas temperaturas deben de haber abrumado.

Los ojos de ese niño se abren dentro de un libro de poesía que leí, aún inédito, la década siguiente; un libro que me emocionó y en el que sigo encontrando algunos de los testimonios más hermosos y desgarradores de la experiencia de un exiliado verdadero, condición desacreditada por la conducta insensible y oportunista de muchos cubanos posteriores a quienes el drama de los compatriotas que les antecedieron en la diáspora suele serles indiferente o, vaya vergüenza, motivo de burla. Tan lejos hemos llegado en nuestra depauperación moral que el destierro, sinónimo de desdicha desde la antigua Roma hasta los españoles de la Segunda República, desde José María Heredia hasta José Martí, castigo sólo inferior, alguna vez, a la pena de muerte, hoy suele ser objeto de sorna.

El libro se titula “Homenaje a las furias”, su autor es Félix Cruz-Álvarez y el niño, hoy un hombre de bien, su primer hijo: Rafael. Los ojos del pequeño miran desde un poema titulado “Promesa para el hijo” donde el autor describe la llegada del otoño, la realidad armada de cuchillas en la que el destierro comienza a desdoblársele –la familia había llegado a Chicago mes y medio antes-- y, finalmente, la imposibilidad de distinguir el cielo y hasta de creer en su existencia, tanto en el sentido espacial como en el teológico, en aquella ciudad oscura donde los hombres se le antojan fieras decentes / acorraladas en el hollín furioso de los ghettos, y algo menos: seres-tornillos, seres-tuercas, seres palancas, / que mojan en alcohol su número de muerte…

Cruz-Álvarez no se resigna a la imposibilidad de tener acceso a una realidad más amable e insiste: El cielo. / ¿Quién lo abre, quién otorga la dádiva, creyentes? La respuesta que él mismo se da, que le da el otro que cada uno también es, me ha conmovido siempre:

Los ojos de mi hijo abiertos en la tarde.

Somos pobres.

Pero yo tengo su ternura,

su vocecita única, sin ecos,

su mirada en la puerta aquella tarde de las brujas

cuando buscaba en la penumbra del pasillo los falsos duendes bulliciosos.

El cielo, hijo mío.

Perdóname la pobreza que te ofrezco,

el barrio triste, el sol que te han robado.

Muy lejos suena el mar.

Muy cerca quema el viento,

aúlla sobre el lago como una jauría enloquecida,

se enrosca en la ventana que te ampara;

pero yo soy dichoso porque tus manitas en mi cuello

golpean ondeando una esperanza.

El amor, hijo mío.

Tú, hijo mío.

Todo lo que tú tocas se despierta,

renace, vive contra la voluntad de la tristeza.

¿Sabes?

Surgí de la tiniebla, y me levanto

para romper mi espejo sobre el frío,

para salvarte de tanta nieve sobre el corazón.

El viento grita:

¡Hijo mío, hijo mío!

Y se va el pájaro postrero del otoño

entre un duelo de fiestas amarillas.

No hay año que las brujas toquen a mi puerta, que octubre se despida repartiendo máscaras, disfraces, calabazas, caramelos, velas encendidas y filmes de horror, que yo no entrevea la mirada del niño Rafael escrutándome desde estos versos y que no sienta, junto a sus padres recién llegados al extranjero, el desamparo del nuevo hogar.

El poema, como otros del libro, tiene la respiración agitada de aquéllos que se han escrito como acaso deberían escribirse todos, por inevitabilidad, por imposición del poema mismo. No discurre, tiembla como el animal que acaba de recibir una flecha.

La angustia no prevalece sobre el amor del padre ni sobre lo mucho de salvación que ese amor entraña pero el texto oscila entre ambos, angustia y amor, y esa lucha entre la una y el otro tiene lugar ante nosotros, los lectores, mientras divisamos la figura del niño abrirse paso por el corredor de los años y, en su búsqueda de unas criaturas misteriosas, mirarnos.

El nombre “Rafael” proviene del hebreo y significa “Dios sana”. El arcángel que responde a ese nombre es célebre por interceder a favor de enfermos y heridos. El 31 de octubre de 1968, “Día de Halloween”, Félix Cruz-Álvarez, recién llegado a Chicago, roto de extrañeza, sin apenas un centavo donde caerse muerto, vio al arcángel en la mirada de su primer hijo y esa mirada lo salvó. La poesía cubana le debe la más bella “Noche de brujas”.

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