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El autor recuerda varias canciones que fueron compuestas en medios de transporte. Escuche la grabación al final del artículo.

Algo que ciertamente no se nombra / con la palabra azar rige estas cosas, señala Jorge Luis Borges en uno de sus poemas más célebres, y entre esas cosas cabe situar el origen y el destino de algunas canciones. Lo que no se nombra con la palabra azar debe ser identificado por los lectores de acuerdo con sus respectivas formas de explicarse lo inexplicable.

Entre los boleros más hermosos de la primera mitad del siglo XX figuran dos que se compusieron de manera imprevista y en lugares tan extraños a la creación como dos medios de transporte urbano. René Touzet contaba cómo "No te importe saber", canción que luego de ser traducida al inglés tendría el privilegio de ser grabada por Frank Sinatra bajo el título Let me love you tonight, se le ocurrió en 1937, en un tranvía de La Habana. La jerarquía del traductor, Mitchell Parish, está fuera de duda: fue el autor de letras tan espléndidas como la de "Stardust", clásico por excelencia del cancionero popular de Estados Unidos.

Por el desarrollo melódico de su primera parte, excéntrico en el marco de la canción popular hispanoamericana de aquella época, no sería insensato decir que "No te importe saber" anuncia lo que años más tarde se identificaría en Cuba como la "canción de filin", un género de canción que, pésele a quien le pese, es, en lo esencial, un sabio cóctel de música cubana y estadounidense; la canción criolla, sobre todo el bolero, enriquecida –y hasta enrarecida, porque al cubano le gusta rizar el rizo– por la influencia que ejercían en la sensibilidad nacional los repertorios de intérpretes tan ilustres como Nat King Cole, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra, Sarah Vaughan y otros.

Mario Clavell narró la historia del mayor de sus éxitos, la canción "Somos", compuesta una noche de otoño de 1946 en Buenos Aires, después de despedirse de la joven que amaba y al tiempo que, huyendo de la llovizna, tomaba un autobús que lo devolvería a su hogar: Somos un sueño imposible que busca la noche / para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo, frase nada común en el ámbito del bolero.

Durante una entrevista concedida a la revista Carteles en enero de 1942, Osvaldo Farrés no dudó en confesar que "Acércate más", canción cuya inserción en el cine norteamericano la convirtió en uno de los mayores éxitos de la música popular cubana del siglo XX, se le ocurrió mientras guiaba mi auto por el tráfago de La Habana Vieja, en plena mañana de actividades comerciales. Nadie procedería a tomar un autobús, un tranvía o un automóvil para dar rienda suelta a su vocación para la música, y mucho menos para la composición, pero las vocaciones se divierten recordando a los autores que las creadoras son ellas, y ellos, pura herramienta.

Del origen curioso de otra canción dio testimonio Tito Henríquez, el compositor puertorriqueño autor, entre otras, de "Bello amanecer", una página en la que parece encarnar aquella imagen, sugerida por Lola Rodríguez de Tió, de Cuba y Puerto Rico como las dos alas de un ave extraordinaria. Nunca, como en esta canción, ha sido uno solo el paisaje de ambas islas, han sido una sola e indivisible las dos.

En su libro Del bolero a la nueva canción, Pedro Malavet Vega recuerda que en 1952, Tito Henríquez y su esposa, la contralto puertorriqueña Ruth Fernández, viajaron a La Habana, donde la cantante grabaría un disco de larga duración, y decidieron extender el viaje a Santiago de Cuba para visitar el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre. Henríquez cuenta a Malavet Vega cómo los demás pasajeros del autobús comenzaron a quedarse dormidos y sólo él permaneció despierto, cerca de su guitarra. Lo que ocurrió después, de madrugada, ya cerca de Santiago, es mejor saberlo a través del propio compositor, cuyo testimonio recoge Malavet Vega:

Varias horas después sentí un resplandor que anunciaba la llegada del nuevo día. Cuando por fin pude abrir los ojos, vi el sol asomándose en el horizonte y bañando con su luz una hermosa pradera. Quedé gratamente impresionado y retuve aquella imagen en mi mente. Al llegar de regreso al hotel, escribí las primeras líneas de lo que luego sería "Bello amanecer": "Qué lindo cuando el sol de madrugada / desgarra el negro manto de la noche, / dejando ver su luz desparramada / en un bello amanecer, que es un derroche..."

Al terminar esas líneas se las mostré a Ruth y ésta me dijo que continuara. Le dije que no podía hacerlo y guardé las líneas escritas en una de las maletas. Ya habíamos dicho que al regreso de Santiago regresaríamos a Puerto Rico. Así lo hicimos, y al llegar a la isla encontré el papel con las líneas que había escrito en Cuba.

Durante algunas semanas el papel estuvo sobre el escritorio, sin que nada más se me ocurriera. Pero Ruth y yo acostumbrábamos a ir a Ponce, su ciudad natal, a visitar a sus familiares, y siempre viajábamos en horas de la madrugada. En uno de esos viajes, y mientras bajábamos la empinada cuesta que cubre el tramo de Cayey a Salinas, volví a ver cuando el sol brotaba del horizonte esgrimiendo sus espigas doradas para pintar con su luz los hermosos valles de la costa sur y los escarpados montes que adornan nuestra Cordillera Central. Fue en ese momento que vinieron a mi mente las primeras líneas escritas en Cuba y surgieron como un milagro las palabras que continuarían el mensaje de "Bello amanecer".

Si Cuba y Puerto Rico son / de un pájaro las dos alas es de suponer que quien nace en una de estas islas nace en la otra, y que amanecer en cualquiera de ellas es amanecer en ambas.

No me extrañaría que las composiciones de Atahualpa Yupanqui le hubieran sido dictadas por los chirridos que emitían los ejes de su carreta: no en balde rehusaba engrasarlos. Del poder de estos vehículos de madera para interpretar a los seres humanos y reproducir sus sentimientos ya había dado fe Agustín Acosta en su libro "La zafra", publicado en 1926, al describir lo que sucedía con aquellos carruajes cargados de cañas de azúcar a medida que se aproximaban al ingenio norteamericano:

Y como quejándose cuando a él se avecinan,
cargadas, pesadas, repletas,
¡con cuántas
cubanas razones rechinan

las viejas carretas...!

Frank Sinatra interpreta "No te importe saber"

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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