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Mundial de fútbol: Lucho muerde, la FIFA ordena y Cristiano vuelve a casa


Luis Suárez sancionado con 9 partidos y 4 meses.

El Lucho es un caso patológico. La Federación de Fútbol de Uruguay hace rato que lo debió sentar en el desván para examinarlo con un sicoanalista.

Se notaba que el delantero uruguayo estaba en trance. Probablemente nunca se sepa cuál fue el motivo que desencadenó la actitud casi criminal del formidable Luis Suárez, más conocido por Lucho.

Pudo ser cualquier cosa: una ofensa al oído o una patada alevosa de Giorgio Chilleni. Los italianos son expertos en camorra y en sacar de quicio al más comedido futbolista.

Esa tarde, Chilleni superó en sus escarceos defensivos a Suárez en toda la línea, por las buenas y por las malas, como se suele jugar el fútbol arrabalero y pendenciero cuando chocan selecciones del corte de Uruguay e Italia.

Pero en los últimos minutos, un testarazo de Godín, a ciegas, de espaldas y con la nuca, superó a Buffon y en el aire del Brasil volvió a flotar la gesta albiceleste de matagigantes.

Entonces Chilleni optó por desquiciar a Suárez. Un tipo de mecha corta y con instinto de vampiro. Cuando pierde los papeles, Lucho afila sus dientes de tiburón y cual caníbal primitivo la emprende hasta con su sombra.

Soltaba vapor por los oídos y corría por la cancha con los cables sueltos tras Chilleni, como Hannibal Lecter cuando sentía la necesidad de destrozar de un mordisco a un ser humano.

Lucho le hincó los dientes en su hombro, en una operación rápida y confusa, pensando que el lance no tendría consecuencias. Chilleni salió huyendo aterrado buscando el auxilio del árbitro, como si hubiese sido embestido por Drácula.

Es el viejo truco de casi todos los futbolistas. Armar la marimorena para predisponer a los árbitros y lograr que le saquen una tarjeta roja al adversario.

Tras finalizar el encuentro, parecía que la agresión de Luis Suárez sería algo anecdótico. Pero el uruguayo tiene antecedentes. En Holanda una vez mordió con rabia a un contrario. En el Liverpool volvió afilar sus dientones de conejo. Y una tarde de otoño, le gritó negro de mierda a Patrice Évra, defensa francés del Manchester United.

El Lucho es un caso patológico. La Federación de Fútbol de Uruguay hace rato que lo debió sentar en el desván para examinarlo con un sicoanalista.

No es mal chico. Nada en él, fuera de la cancha, denota demencia ni tampoco tiene pinta de un homicida en potencia. Simplemente juega diferente. Por esos lares de Sudamérica, el fútbol se entiende como una guerra.

Su talento para el gol es de primera clase. Siempre se encuentra justo donde debe estar un matador. Su pique en corto es de velocista jamaicano. Y cuando la rompe con la pierna derecha parece que el balón fue propulsado por una bazuca.

Este año anotó 31 goles con el Liverpool. Y junto a Cristiano Ronaldo se llevó la Bota de Oro en Europa. Pero la FIFA vive horas bajas. El brete al otorgar la sede a Qatar, el viejo Blatter que no quiere despegarse del jamón y la moralina de cara a la galería, provocó una condena excesiva.

Nadie cuestiona que se debía castigar a Luis Suárez. Un par de partidos, tal vez. Y una multa generosa: cuando se perjudica el bolsillo, la gente suele entrar en razones.

Pero suspenderlo 9 partidos y 4 meses sin jugar con su selección es como botar el agua de la bañera con un niño recién nacido dentro. La FIFA, cuando no llega, se pasa.

Suárez podrá ser medio loco, pero no merece ser tratado como un terrorista. Ni siquiera a los estadios puede entrar. Mientras a su llegada al aeropuerto de Carrasco, en Montevideo, casi 5 mil personas recibieron al Lucho como un héroe, su mordisco ha dejado a su equipo a la deriva y sin su principal artillero.

Tendrá Uruguay que sacar la casta y tirar de la épica para derrotar en octavos de finales a Colombia, una de las selecciones con mejor juego en este Mundial.

Otro que se fue a casa con la cabeza baja, fue Cristiano Ronaldo. Ya se sabe que a CR7 le gusta coleccionar premios y balones de oro. Llegó a Brasil para tirar del carro de Portugal.

Pero el hombre andaba medio magullado por una tendinitis en su rodilla izquierda que lo tiene descentrado. No se puede decir que no lo intentó. Tiró a puerta más que nadie. 23 tiros con zurda, derecha y de cabeza. Pero su puntería estaba fatal.

Anotó un gol de consuelo frente a Ghana, su tercero en mundiales, y una asistencia justo antes que sonará el silbato para que Portugal empatara con Estados Unidos. Pero un palo no hace monte.

Sacando cuentas, al terminar los 48 juegos de la primera fase, el gol ha estado de fiesta: 136, a un promedio de 2,83 por partido.

Las sorpresas han estado a la orden del día. Tres campeones mundiales ya hicieron las maletas: España, Inglaterra e Italia.

Para los octavos de finales, América manda con 8 selecciones, Europa 6 y África con dos. La buena noticia es que Argelia, por vez primera, se clasifica para la segunda fase.

En esta ronda algunos pareos se antojan de puro trámite. Pareciesen victorias cantadas para equipos como Brasil, Argentina, Francia, Holanda o Alemania, grandes de toda la vida.

Pero un mundial es un mundial. Y las diferencias futbolísticas se han acortado. Aunque, apuesto, que en esta versión alzará la copa un equipo que ya ha sido campeón.

La próxima semana el camino se habrá despejado. Para entonces vuelvo.

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    Iván García, desde La Habana

    Nació en La Habana, el 15 de agosto de 1965. En 1995 se inicia como periodista independiente en la agencia Cuba Press. Ha sido colaborador de Encuentro en la Red, la Revista Hispano Cubana y la web de la Sociedad Interamericana de Prensa. A partir del 28 de enero de 2009 empezó a escribir en Desde La Habana, su primer blog. Desde octubre de 2009 es colaborador del periódico El Mundo/América y desde febrero de 2011 también publica en Diario de Cuba.

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