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El difícil camino de Pedro Luis Boitel


Pedro Luis Boitel/ Foto de archivo
Pedro Luis Boitel fue una de las individualidades que logró en el presidio una plena madurez por su voluntad de sacrificio. Pedro Luis suscitaba sentimientos y valores encontrados. Algunos sentían una profunda simpatía hacia su persona y otros rechazaban su carácter. Era un ser humano común, pero muy especial en lo que se refería a la defensa de sus convicciones y capacidad de sacrificio en la búsqueda de la materialización de sus ideales.

Trabajó en la prestigiosa CMQ, una estación de radio y televisión. Fue dirigente sindical y al iniciar sus estudios de Ingeniería en la Universidad de La Habana, se transformó en dirigente estudiantil. Se opuso al gobierno del general Fulgencio Batista, militando en el Movimiento 26 de Julio. Participó en la huelga del 9 de abril de 1958, lo que motivó su exilio en Venezuela.

Por su condición de dirigente del Movimiento 26 de Julio, la facción que comandaba el gobierno revolucionario, se esperaba que la nomenclatura le apoyaría en su propósito de convertirse en el presidente de la Federación Estudiantil Universitaria. No fue así. El liderazgo de la revolución respaldó al comandante Rolando Cubelas, uno de los líderes del Directorio Revolucionario. El totalitarismo estaba en marcha y Pedro Luis participó una vez más en la lucha por la democracia. Fue arrestado en noviembre de 1960.

En diciembre de 1960, en la fortaleza de la Cabaña, convierte por primera vez su cuerpo en el arma de su espíritu. A partir de ese momento realizó numerosas huelgas de hambre. Algunas duraron semanas, otras: meses.

Boitel inició la última batalla de su vida el 3 de abril de 1972, con su cuerpo como arma y escudo. Su agonía se extendió por 53 días. Eduardo Figueroa, “Maqueca” para sus compañeros de presidio, fue la persona más próxima a él en los días finales.

Figueroa cuenta como Pedro Luis se preparó para enfrentar el nuevo reto, y pedía a sus compañeros que en ningún momento informaran a la dirección del penal sobre su estado de salud. Enflaquecía, vomitaba y orinaba sangre. El día 45 de la huelga pidió que le afeitaran.

Dice Figueroa que el rostro de Boitel era piel y huesos, reflejaba la debilidad de un organismo que estaba en el umbral de la muerte, pero un espíritu dispuesto a la entrega total. Describe cómo se le hundía el pecho, pedía su bastón y el reloj y solo quería estar cubierto con la colcha que le había enviado su madre. Su respiración era cada vez más lenta. Apenas bebía agua porque le daba más nauseas.

El día 50 vomitó sangre. Se enjuagó la boca pero sus dientes seguían manchados del rojo líquido. Dice que le pidió un cigarro y le preguntó la hora. Eran las 8.10 de la mañana. Figueroa le pidió permiso para solicitar asistencia médica a lo que Pedro Luis rehusó, diciéndole en un murmullo que recordara su determinación, que no olvidara hacerle llegar sus pertenencias a su madre y se hiciera amigo de su hermano. Ese día las moscas empezaron a acompañarle, las espantaba, pero retornaban con pesada insistencia.

El 22 de mayo trató de hablar y no pudo. Tampoco orinó ni tomó agua. Del cigarrillo que le puso en la boca solo aspiró tres o cuatro bocanadas para rechazarlo casi de inmediato. Al día siguiente, contraviniendo la voluntad del huelguista y asumiendo toda la responsabilidad con el resto de los compañeros de la galera, Figueroa llamó a las autoridades del penal.

Horas más tarde llegaron dos funcionarios un sargento y un oficial de nombre Valdés, quien dijo: “Efectivamente está muy grave. Informaré que está muy mal, que está grave, se puede ver a simple vista. Ahora bien, ya nosotros estamos cansados de Pedro Luis Boitel y de sus huelgas… lo que él pide no se lo vamos a dar. Si fuera por mí, se moría ahí mismo. Pero como yo no decido en este asunto y este es un caso de arriba, yo informaré al Ministro… pero llévate la impresión de que se va a joder”.

A Boitel no lo encontró la muerte, la buscó. Marchó hacia ella con la conciencia de que el camino del deber es el más difícil.
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