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Una resistencia al castrismo de tertulia y contrapunteo es mejor que ninguna resistencia, pero no al costo de engavetar la protesta pública.

El joven Eliécer Avila, quien saltó a la notoriedad en 2009 por una polémica --luego difundida en la internet-- con el presidente de la siempre unánime Asamblea de Cuba, Ricardo Alarcón, publicó en dos partes en Diario de Cuba un artículo titulado La gente quiere movilizarse.


El artículo se centra en la necesidad de presionar con más fuerza y determinación al gobierno castrista desde una vanguardia civil, ahora que buena parte de los cubanos, conscientes de la necesidad de cambios urgentes y profundos, “asume que la velocidad en la toma de decisiones, así como la implementación de las medidas gubernamentales, no se ajustan a lo que el pueblo quiere y necesita”.


Pero al hacer un balance de las dos piezas me da la impresión de que Eliécer se inclina por desmovilizar a lo más corajudo de la vanguardia cívica cubana, léase Damas de Blanco, Movimiento Nacional de Resistencia Cívica Orlando Zapata y todos esos valerosos compatriotas que defienden con su integridad física el derecho a manifestarse en las calles, para movilizar en su lugar un debate que el general Castro toleraría: si no va a ser en el lugar, el momento y el lenguaje que nosotros decidimos, por lo menos que sea puertas adentro.

El joven de Puerto Padre reconoce que las masas han canalizado desde siempre sus reclamos a través de acciones como las manifestaciones, huelgas, paros laborales, y mítines, pero a continuación parece descartar estas avenidas de lucha cuando nos dice: “Hay cosas que ya están claras: primeramente que el país [ dice por inercia el país, no el gobierno] cuenta con todo el equipamiento necesario para la lucha antimotines y ya ha hecho algunos ‘despliegues ensayo’ donde se ha podido apreciar que la intención es prepararse para hechos de envergadura”.


Luego menciona la anécdota del oficial del MININT que instruyó en Puerto Padre a una llamada Brigada de Infantería Terrestre acerca de cómo reprimir manifestaciones, y explicó a sus miembros que algo como la primavera árabe en Cuba sólo sería posible si los yanquis le pagaran a un grupo de contrarrevolucionarios para protagonizarla.

“Según sus palabras debemos entender que no existe la posibilidad ni remota de que alguien salga a la calle a reclamar absolutamente nada, excepto, que sea pagado por los yanquis. Ese es el único caso posible”, afirma el joven experto en informática. Parodiando al ex canciller y actual restaurateur Robertico Robaina, “el que salte es un yanqui”; un mensaje que dispara reacciones reflejas en un país donde viejas desnutridas con los zapatos rotos y las uñas mugrientas apoyan al régimen como perritos de Pavlov, cacareando que “los cubanos somos lo máximo”.


“Ya alguna vez en la historia de estos más de 50 años personas de manera individual, pequeños o grandes grupos intentaron manifestarse y la respuesta siempre fue la misma (…) sofocar de inmediato el desarrollo de estos eventos” empleando las fuerzas oficiales (…) o “a través de grupos organizados por ellos mismos para estos fines”, apunta el egresado de la UCI, y continúa diciendo:

“Llama la atención la magnitud de la fuerza que se emplea para enfrentar manifestaciones casi insignificantes”.

Además, da la impresión de que poco vale que los Antúnez y las Ivonne Malleza rompan sus lanzas en público contra el dragón castrista, porque éste cuenta, según Eliécer, con su “arma fundamental: la capacidad de confundir a la gente. De ponerlos unos contra los otros”.Según el autor la mayoría de los cubanos “vive en una agónica e infinita confusión mental”, algo que está pensado para que las personas no actúen racionalmente, sino como quieren los que las confunden.


Es cierto que la propaganda en Cuba actúa como un incesante bombardeo de esquemas y tergiversaciones, desde el Granma y sus múltiples ecos mediáticos, hasta las vallas y los discursos miméticos de los pioneros en los matutinos de las escuelas. Pero estoy seguro de que ninguno de los transeúntes que estaban cerca de Malleza en el Parque de la Fraternidad el pasado 30 de noviembre se confundió cuando ella gritó “Abajo el arroz a cinco pesos” y "Leche y compota para los niños". Y tampoco se pusieron contra ella, sino a su favor, cuando los policías trataron de neutralizarla.


¿Qué alternativas para presionar al gobierno moroso recomienda el joven que tuvo el valor (o la ingenuidad) de pitchearle a Alarcón sus anhelos de viajar libremente, y fue bateado con el famoso argumento de la “trabazón en los aires”?

Avila aconseja romper el status quo de los "espacios cerrados", donde los funcionarios del gobierno y del partido comunista reinan a su antojo y sin oposición. Razona que si se empiezan a cuestionar sus mentiras y a reclamar derechos en estos escenarios, los burócratas no encontrarán tan allanado su camino, quedará destruido su medio ambiente, y su especie no tendría otra opción que extinguirse o adaptarse.


Esto podría funcionar si se produjera como cuando el Maleconazo, en una reacción en cadena. Pero cincuenta y tres años de represión blanca, de la que no deja huellas físicas, sino que anula y destruye lentamente a los individuos contestatarios, han sembrado un policía interior en una mayoría de los cubanos.

Ese aceitado mecanismo está preparado para convertir en no personas a los campesinos que, como sugiere Eliécer, exijan comercializar libremente sus productos; los profesores que manifiesten que no están dispuestos a seguir trabajando como un mulo por 20 CUC al mes; los deportistas que expresen que quieren ejercer su derecho a competir en los eventos que quieran; los periodistas que juren que nadie los obligará a alabar al régimen cada día y los estudiantes que reclamen como modelo de formación la cultura universal. Contra él sólo se ha rebelado –pagando un altísimo precio—una vanguardia cívica, un puñado de cubanos y cubanas con el decoro que señalaba Martí y el coraje que derrochó Maceo.


El joven tunero llama en su artículo para Diario de Cuba a buscar incesantemente información y diseminarla, y eso es bueno; a conversar sobre todos los temas de la actualidad cubana, comparar las ideas de los revolucionarios de hoy con las que propone el Estado, y sacar conclusiones, y eso es mejor.


Pero para “no tener miedo a expresar lo que se siente y se piensa en cualquier escenario, por complicado que sea” hay que tener por lo menos una fracción del coraje y la disposición a “que sea lo que Dios quiera” de los Antúnez y las Malleza. No es mera casualidad que a ella y su esposo no los hayan liberado desde lo del Parque de la Fraternidad. Estoy de acuerdo con Eliécer en que “lo que Cuba necesita hoy es un montón de verdaderos revolucionarios”. Como ellos.

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