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Quiero pensar que las mujeres cubanas, las que viven en la Isla al menos, no se enterarán de lo que dice a sus espaldas otra mujer como ellas, pero con el salvoconducto de dos apellidos semi divinos en el Olimpo insular.

Me pregunto si la televisión cubana habrá reproducido al menos un bocadillo de la deliciosa entrevista que ofreciera Mariela Castro Espín a las cámaras de Radio Netherlands Worldwide, durante su reciente visita a la Zona Roja de Ámsterdam.

El material no tiene desperdicio. Se trata de una auténtica joyita, un supremo exponente del cinismo del que esta dama, garante de ciertas sexualidades de su país, es capaz.

Mariela visitó la famosísima Zona Roja de la capital holandesa, de seguro el área de tolerancia sexual más conocida del mundo, donde comprar un pitillo de marihuana es tan legal como pagar una de las apetecibles chicas que se prostituyen desde coloridas vidrieras. Su cara, durante el reportaje que la exhibía mirando aquellas vidrieras eróticas, era un poema de amor: Mariela había sido flechada por el feeling de la Zona Roja.

Según el reportaje, la hija de Raúl Castro asistió a una conferencia internacional en el país de las libertades extremas, y fue a “ganar experiencias” en el tema que a ella, presidenta del Centro Nacional de Educación Sexual, le ocupa. Como ha demostrado en no pocas ocasiones: el único tema de su país que le importa.

Yo, al igual que Mariela, respeto y admiro (sus dos términos durante la entrevista) la forma en que Holanda administra el ejercicio de la profesión más antigua del mundo, proponiendo soluciones en lugar de trabazones, y permitiendo que la misma prostitución que se ejercería sin garantías legales, higiene, y respeto social, se realice con la más natural transparencia y protección del Estado. Sobre todo porque en Holanda no solo las prostitutas, los amantes de la marihuana o la homosexualidad, tienen sus derechos grabados en bronce.

A otros puede no gustarle: a mí, defensor a ultranza de las decisiones individuales, no me molesta que quien desee ganar dinero con su cuerpo -siempre y cuando sea una decisión tomada con mayoría de edad- pueda hacerlo con legalidad.

Donde las declaraciones de la delfina Castro Espín dejan la boca abierta es cuando extrapola el tema prostitución a nuestra Isla tropical, la misma tierra en que a mí, como a millones de cubanos, me enseñaron que uno de los terribles males republicanos que la salvadora Revolución erradicó desde 1959, fue el del comercio de la carne.

Mariela no solo afirma que sí se ejerce en el icónico malecón habanero, sino que de vez en vez ella conversa con los policías circundantes, haciéndoles entender que deben ser un poco comprensivos, que no está mal irse de manos con el mejor postor -por regla general de nacionalidad foránea- y que solo deberían tomarse medidas con aquellas o aquellos que, según sus palabras textuales, ejerzan la prostitución de una forma “molesta”.

No estaría mal preguntarle a una de las miles de “jineteras” cubanas que han pasado años en prisión por vender sus carnes a cambio de comida, de ropa, o de un pasaporte europeo, si tuvo alguna vez noción de cómo hacer lo suyo sin parecer “molestas”, y en consecuencia recibir la protección pública o solapada de la jefa del CENESEX.

Pero la guinda del pastel aparece también esta vez. En diálogo con una prostituta quizás holandesa, Mariela se carcajea, exhibe sus dientes cuidados, mira a la cámara con su boina bien chic, y comenta con un gesto de niña traviesa: “En Cuba yo he conocido gente que dice ´necesito arreglar el baño y no tengo dinero´, y entonces le da el servicio sexual al albañil hasta que le terminan el baño.” Al final de la anécdota, la anfitriona holandesa, el intérprete, y el hada madrina del transexualismo y la modernidad genital cubana, terminan riendo a mandíbula batiente.

Sí, definitivamente es una joya digna de guardar. Pocos materiales nos servirán como este en el futuro para ejemplificar los niveles inescrupulosos a los que llegaron ciertos apoderados del poder, que no solo gozaban de privilegios vedados para los cubanos corrientes –viajes por medio mundo, entrevistas libres a medios foráneos, estilos de vida primermundistas-, sino que tenían la extraña facultad de tomar sucesos trágicos, grotescos, mórbidos, como una mujer que paga con su sexo los servicios de plomería por la precariedad económica que padece, y volverlos un chiste de buen ver, de buen reír en la distante Holanda.

Quiero pensar que las mujeres cubanas, las que viven en la Isla al menos, no se enterarán de lo que dice a sus espaldas otra mujer como ellas, pero con el salvoconducto de dos apellidos semi divinos en el Olimpo insular.

Quiero creer que aquellas que, efectivamente, no solo han hecho gozar en la cama a un albañil desconocido, sino a un panadero, reparador de ventiladores o un prehistórico anciano español con preferencias criollistas, no sentirán la doble humillación de que sus casos sean tomados en la aristocrática boca de Mariela Castro Espín, para divertir a prostitutas holandesas. Entiéndase: prostitutas holandesas cuyos ingresos son idénticos a los del trabajador de clase media-alta, que poseen libertades y garantías constitucionales, que no son extorsionadas ni por proxenetas ni por policías revolucionarios, y que jamás venderán sus atributos a cambio de un lavamanos sin salidero.

Lo peor de todo es que quizás me equivoque: podría llegar una próxima emisión de la Mesa Redonda donde se invite a la princesa Castro a revelar sus experiencias en Ámsterdam, y donde quizás ella repita punto por punto las declaraciones que ofreciera a Radio Netherlands Worldwide. En Cuba hay estómagos para todo.

Vale la pena recordar que años antes del romance de Mariela con la Zona Roja, su tío no se escondió para decir que sí, efectivamente Cuba tenía prostitutas, pero que sin dudas eran las prostitutas más ilustradas del mundo.

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