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El autor ofrece la primicia de un libro inédito dedicado al carácter rebelde de los automóviles...

Entre las inconveniencias de una sociedad adicta a los automóviles o rehén de ellos se encuentran las dimensiones de sus estacionamientos públicos, laberintos de varias plantas o explanadas de pavimento donde el vehículo que se abandona momentáneamente es propenso a desvanecerse o iniciar un juego al escondite capaz de sumir al dueño que regresa en su busca en el más absoluto desconcierto.

Si no se tuvo cabeza para establecer unas coordenadas que permitieran el reencuentro inmediato con él, si se le abandonó de forma apresurada suponiendo que nada atentaría contra el recuerdo de su ubicación, las condiciones están dadas para que el paseo o la diligencia en curso terminen mal. El muy travieso se divertirá seleccionando como lugar de espera uno desconocido a su propietario. Y tan apacible se le encontrará a la postre, tan ajeno a todo furor humano, que acabará convenciendo a aquél de su inocencia, de que el único responsable del trastrueque es el propietario mismo, y de que cualquier represalia de orden verbal o físico carece de justificación.

Lejos están los días en que los hermanos Loynaz del Castillo aparcaban su vehículo al borde de una calzada habanera y, precavidos, procedían a amarrarlo a un poste de la electricidad para que el muy bellaco no se les escapara. Los estacionamientos al aire libre no ofrecen suficientes postes y atar unos automóviles a los otros impediría volver a utilizar el propio con absoluta independencia, sin temor a que los demás, deshechos los nudos que lo atan a él, dejaran a pie a sus respectivos dueños.

El automóvil que toma las de Villadiego tan pronto se le sitúa en un estacionamiento público y se le deja solo es tan indócil como algunos animales a los que, sin éxito, se ha intentado domesticar; más, incluso. Si a esos animales se les manosea de cachorros y se les llena de requiebros la oreja saben ser corteses de mayores. Los automóviles nacen adultos, hierro por fuera y por dentro, “de acero inexorable”, según Juan Marsé.

La indocilidad se exacerba cuando la industria decide bautizarlos con nombres que lejos de inclinarles a respetar las reglas de urbanidad les inducen a violarlas, nombres de animales: Mustang, Jaguar, Impala, Tauro, Cheetah, Ram, Fox, Wildcat, Spider, Viper, Cobra, Barracuda, Colt, Bronco, Pegaso… Una temeridad.

Imposible no intuir en el modelo Ram resabios de carnero; en el Cheetah, de guepardo; en el Barracuda, sinuosidades de depredador; en el Pegaso, ganas de volar. El Bronco tiende a sacudirse al conductor de encima; el Impala, a saltar por encima de otros vehículos; el Taurus, cuyo claxon brama, a provocar encontronazos (quien conduzca un automóvil cuya carrocería exhiba alguna tonalidad de rojo debe evitarle). Hay que ver al Wildcat, en época de celo, correr a frotarse con sus pares hembra o perseguirlas por una autopista y, repleto de pasajeros, aparearse con ellas a la vista de todos.

Los dueños de un Spider no podrán impedir que el muy goloso amanezca rodeado de un enjambre de insectos inertes, colgados del aire; los de un Fox, que sus correas aúllen en las noches de luna. No hay sonido de flauta, andina o no, que no detenga en seco a un Jaguar (de ahí el peligro de encender la radio mientras se le conduce y no llevar ajustados los cinturones de seguridad), ni hay mecánico a gusto ante el capó de un Viper o un Cobra. Debajo de un Mustang no crecerá la hierba; delante de un Colt, todo verdor perecerá.

Nadie en su sano juicio debe inclinarse por un todoterreno de la Ford llamado Escape: fiel a su denominación, no habrá vez que se le aparque y se le quite el ojo de encima que no desaparezca. Nada que ver con el trato de su dueño; nada, con la actitud de los vehículos que le rodeen; nada, con las inclemencias del clima: está en su naturaleza, magnificada por la denominación imprudente. Si de la Ford se trata, todo creador verdadero debe conducir un Explorer.

Éstas son las primeras páginas de un manual que ofrecerá al automovilista abrumado por la conducta de su vehículo en los grandes estacionamientos públicos, un puñado de sugerencias para que no lo extravíe ni confunda con otros, o en caso de enfrentarse a estas contrariedades, para reconocerlo en medio de aquéllos que a fuerza de adoptar líneas y colores similares a los que exhibe el suyo lo hayan tornado, por ubicuo, invisible.

Queda pendiente la redacción de otro manual que facilite al automovilista ausente el regreso a sí mismo, estacionamiento bajo techo, de varias plantas y estructura plegable y móvil donde suele escasear la luz.

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