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Manual cubano para localizar automóviles (Segunda parte)


El autor completa su lista de sugerencias para encontrar los vehículos perdidos en los grandes estacionamientos.

22- No llame por teléfono a su pareja ni le pida auxilio si ambos comparten el mismo automóvil. ¿Cómo podría auxiliarle si usted la dejó sin él?

23- No escudriñe los pequeños adornos que cuelgan del espejo retrovisor o cubren la pizarra de los vehículos estacionados a su alrededor: cruces, rosarios, imágenes de santos, fotografías, muñecos de peluche, cartoncillos aromáticos... Ninguno se molestará en hacerle una seña o socorrerle. Ante su desconcierto permanecerán estáticos, como si a ellos no les incumbiera su desazón o la disfrutaran íntimamente.

24- No intente memorizar las particularidades de las puertas de cristal que utiliza para acceder a un edificio con el propósito de utilizar las mismas al abandonarlo y, por consiguiente, volver al exterior por el punto más cercano a su automóvil. Todas las puertas de cristal son, además de idénticas, maleables: reflejan y descartan las imágenes de las personas que las franquean y que, de manera voluntaria o involuntaria, se asoman a ellas. De escrutar las puertas por las que usted entró --en busca, ahora, de su propia imagen-- podría toparse con un desconocido. Recuerde el caso de Alicia: Sabía quien era esta mañana, pero he cambiado varias veces desde entonces. No hay centro comercial que no parodie "El País de las Maravillas".

25- No se guíe por el nombre del restaurante o comercio delante del cual usted supone haberse aparcado: no sería raro que sólo fuera la sucursal de una cadena y que hubiera varias, idénticas, en otros centros comerciales de la misma ciudad. Usted podría tener la impresión de haberse aparcado en un centro que visitó hace meses, cuando en realidad lo ha hecho en otro.

26- Si la visita al centro comercial tiene lugar de noche, fije la posición de su vehículo por las estrellas, grandes aliadas de los desorientados. Flirtean con todo el mundo pero no engañan.

En pleno estacionamiento, a medianoche, incapaz de encontrar mi propio automóvil, he mirado hacia arriba y desolado, volviendo la vista a mi alrededor, he susurrado unos versos de Yannis Ritsos: ¿Para qué las estrellas / si tú no estás allí? Y mi automóvil --o uno similar a él pero dispuesto a hacerse pasar por el mío-- ha aparecido.

27- Entre las estrellas hay algunas más fiables que otras. Por ejemplo, la Estrella del Norte, hada madrina de los navegantes. Único riesgo: confundirla con la estrella solitaria de la bandera cubana. Si usted vive en el sur de la Florida, ésta puede tremolar en su memoria y despistarle. Actúe con cautela: hace muchos años que Cuba extravió el rumbo.

28- Cerciórese de que las estrellas son estrellas y no las luces de algunos rascacielos distantes. Los náufragos del Titanic confundieron el brillo de las estrellas que rozaban el horizonte con el de las luces de las embarcaciones que debían rescatarlos y esperando por éstas sucumbieron.

29- Cerciórese de que las estrellas son estrellas y no luciérnagas. Si embaucaron a Colón, marino avezado, llevándolo a confundirlas con un ramo de fuego que se precipitaba en el mar, nada de raro tendría que usted tomara a los insectos por una lluvia de meteoros destinada a iluminar el sitio donde espera su coche. La entonación de “Estrellita”, la célebre canción mexicana de Manuel M. Ponce, es oportuna: Estrellita, de lejano cielo, / que miras mi dolor, que sabes mi sufrir, / baja y dime… Nada de esfuerzos vocales: quedo. Que nosotros no escuchemos lo que dicen las estrellas no significa que ellas tampoco nos escuchen. Sólo Kobayashi Issa, poeta japonés, gozó de un oído similar al de ellas:

Noche estival.

Las estrellas no cesan

de cuchichear.

29- Nada de brújulas, instrumento demasiado sensible. Apenas usted empuñe una y comience a dar vueltas, la aguja enloquecerá y el instrumento apuntará con el único dedo de su única mano hacia todas partes, como si su automóvil, al usted moverse, también cambiara de sitio.

30- Evite estacionarse a la sombra de un árbol. Entre las diversiones favoritas de las hojas se encuentra caer sobre los automóviles y, sin que éstos lo soliciten, motearlos, al punto de volverlos irreconocibles. No hay uno que después de dormir al abrigo de una fronda no despierte leopardo. Rudyard Kipling responsabilizó al bosque por la piel manchada de este animal; Gabriela Mistral, a los juncos por las rayas de la cebra: una siesta dormida a la sombra de ellos la marcó para siempre. Las manchas de humedad que afean las paredes y el cielo raso de algunos dormitorios acaban jaspeando los cuerpos de quienes duermen en ellos; las nubes, las carrocerías de los automóviles.

31- Evite estacionarse mirando al oeste: el sol tarda en iluminar ese punto cardinal.

32- Evite estacionarse mirando al este: anochece más temprano.

33- Evite estacionarse mirando al norte: si el lugar que visita queda al sur del sitio donde usted aparca, el automóvil le dará la espalda cuando regrese en su busca y le resultará más difícil reconocerlo.

34- Evite estacionarse mirando al sur, aunque hacerlo le permita asumir como suyas algunas de las páginas más bellas del cancionero popular argentino: “El corazón mirando al sur”, “Vuelvo al sur, “Sur”.

Sueño el Sur,
inmensa luna, cielo al revés,
busco el Sur,
el tiempo abierto, y su después.

De estacionarse mirando en esta dirección correrá el riesgo de ser confundido con Rantés, protagonista del filme “El hombre mirando al sudeste”, extraterrestre tildado de loco y, como tal, recluido.

35- Recorte estas instrucciones y llévelas siempre consigo. No las confíe a la guantera de su automóvil: si no puede dar con él, tampoco dará con ellas.

36- Espere por su automóvil. La antena que le sirve para tener acceso a las transmisiones de radio no sólo capta las ondas electromagnéticas propias de este medio de difusión sino las mentales, sobre todo aquéllas que lanzan, inadvertidamente, personas de su interés. Apenas su automóvil se percate de que usted desiste de continuar su búsqueda, de que empieza a dudar incluso de tener automóvil y se dispone a regresar al hogar de ambos en metro, autobús, taxi o a pie, el receptor se desdoblará en transmisor y usted recibirá, como una corazonada, la localización exacta de su vehículo.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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