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Los narco-corridos del barrio de El Calvario


Una 'araña' con el berso de un narco-corrido. Cortesía Cubanet.

Los corridos de los capos de la droga sustituyen en "El Calvario", a las afueras de La Habana a la bachata y el reguetón.

En el Reparto Eléctrico, El Calvario y sus alrededores, a juzgar por el acento cantarín de numerosos vecinos, uno pudiera creer que no está en La Habana sino en Mayarí, Buey Arriba o Alto Songo. Pero a juzgar por la música que se escucha a todo volumen en muchas casas, también pudiera ser Ciudad Juárez, Tijuana o Michoacán.

Mariachis, rancheras y corridos mexicanos se escuchan a toda hora en mi barrio. Y también narco-corridos. Como los de Los Tigres de Culiacán y los Tucanes de Tijuana, con los que atruenan el aire, los fines de semana o cuando tienen algo que celebrar o lamentar, ríos de alcohol mediante, un grupo de jovenzuelos, de aspecto patibulario, a unos pocos cientos de metros de mi casa.

Los narco- corridos, que conocieron a través de los seriales de capos, han sustituido en su gusto a las repetitivas bachatas de Aventura y al reguetón, que ya les empezaba a aburrir. Rudos y pendencieros como son, pero bien sentimentales, las hazañas cantadas de sus ídolos pandilleros de la pantalla les vienen como anillo al dedo para soñar, envalentonarse y consolarse.

Los arañeros

Ellos, como muchos otros jóvenes de la zona, son cocheros. En reñida competencia con las guaguas, hostigados por los inspectores, en sus coches tirados por caballos, transportan pasajeros. O cualquier carga, siempre que dé dinero, en las llamadas "arañas", unos peligrosos artefactos que no pocos accidentes han ocasionado, a menudo mortales, principalmente por transitar de noche sin luces o por ir sus conductores perdidamente borrachos, muchas veces compitiendo con otros a ver quién corre más.

Luego de sus mamás y a sus novias, cuyos nombres muchas veces llevan tatuados en el pecho o en un brazo, a quien más aman es a sus caballos. Por compartir su vida y ayudarlos a ganarse los pesos, ocupan un lugar especial en su corazón. Lo cual no quita que los castiguen sin compasión, a fustazos y a palos, cuando sofocados y sedientos, se niegan a tirar de los carricoches bajo el sol del mediodía.

Pero no se apresure a clamar –ay, Roberto Carlos– que quiere ser "civilizado como los animales". Su fe en la humanidad retornará cuando vea a estos muchachones cuidar a sus caballos, como cepillan con ternura sus crines, y los bañan, compartiendo los chorros de agua de la manguera entre el cuerpo de los equinos y sus tatuados torsos y obtusas cabezas.

Como son con sus caballos, así son con sus chicas. Sus potras, como dicen ellos. Les dicen que son sus reinas –no olvidemos que son muy sentimentales–, pero las tratan como a perras –no olvidemos que son bien rudos. Te explicarán que "hay que ser recios con ellas, para que no olviden que uno es un hombre y es el que manda". Y porque se sabe de qué traiciones son capaces las mujeres, "todas, excepto la madre de uno".

Las chicas de los arañeros

Y las chicas, que son tan machistas y melodramáticas como ellos y lloran a moco tendido con las telenovelas de Univisión y las canciones de Paquita la del Barrio, acatan lo que venga, y aguantan los bofetones cuando se les suelta la lengua, mal habladas como son.

Muchachas vestidas al estilo de personajes de los narco-corridos. Cortesía Cubanet.
Muchachas vestidas al estilo de personajes de los narco-corridos. Cortesía Cubanet.

Les encanta que su hombre sea así, macho remacho, y que la haga gozar y sufrir para sentir que está viva. Hasta que aparezca otro tipo con más dinero, y que le prometa tenerla como una princesa si se va con él. Finalmente, sin pensarlo mucho, se larga. Y, entonces, puestos en ese trance, allá van los cuates, a ahogar sus penas en ron –porque en Cuba no hay tequila– mientras lagrimean oyendo a Juan Gabriel o Marco Antonio Solís. Y cuando ya están a punto del coma –alcohólico y depresivo– aúllan las canciones de José Alfredo Jiménez y Javier Solís, que volvían locos a sus papás y sus abuelos.

Parecen escenas de una telenovela mexicana, ¿verdad? Pero ocurren cotidianamente en mi suburbano barrio del municipio habanero Arroyo Naranjo.

¿Qué pensarán de todo esto Miguel Barnet y Abel Prieto, tan alarmados como están por el dichoso paquete semanal y "el consumo pseudo-cultural indiscriminado"?

Este artículo fue publicado originalmente en Cubanet, el 24 de marzo de 2015.

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    Luis Cino Álvarez

    Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Es subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo.

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