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El autor describe prendas e instrumentos musicales adscritos a este nuevo tipo de papel.

Los méritos del papel de piedra merecen ser divulgados para beneficio de los consumidores de todo género de mercancías. Hay que dedicar largas horas al análisis de su nombre, uno de los más sorprendentes otorgados a un papel. Recuérdese el papel cebolla, idóneo para escribir versos y cartas de amor por su potencial emotivo, y el papel biblia, único papel válido para redactar sermones y dar pésames.

El papel de piedra otorgará a la escritura jerarquía de fósil y la poesía atraerá a muchos que hoy la desdeñan. Lo que el verso diga sabrá a reliquia, y lo que insinúe, a jeroglífico.

Las damas exhibirán pendientes de metáforas de papel de piedra como si de gotas de ámbar, con más de un insecto milenario dentro, se tratara. No habrá una que luzca un arete de perla.

Las laminillas de papel de piedra que cuelguen de las orejas femeninas luciendo versos agudizarán el poder de esa zona erógena, intrigando a los hombres y resucitando en ellos el amor a la lectura.

La oscilación magnética de esas prendas y los rasgos enmarañados de ciertas caligrafías los invitarán a aproximarse al lóbulo del que penden para averiguar qué dicen y, al hacerlo, aduciendo razones de carácter literario, arrimarán la nariz a la nuca perfumada, deletrearán en voz baja lo que reza el arete -como si cada sílaba pronunciada fuera un afrodisíaco- y la música de la poesía se abrirá paso hasta la mismísima libido de la dueña, provocándole escalofríos.

Ningún carillón de viento esparcirá sonidos más armoniosos que aquéllos cuyos racimos de percucientes estén hechos de versos escritos en trozos de papel de piedra. Jardines, portales y terrazas se beneficiarán del entrechoque, y la brisa esparcirá las voces de Garcilaso de la Vega, Gustavo Adolfo Bécquer y Pablo Neruda en un tintineo acompasado que sólo los pájaros sabrán descifrar.

Las hojas literarias de papel de piedra tendrán humos de tablilla de barro cocido, sobrevivientes de alguna civilización arcana, y aquellas destinadas a difundir fragmentos de obras como la de José Lezama Lima proporcionarán al neófito, ávido de hazañas intelectuales, una experiencia similar a la que debe deparar al arqueólogo en cierne un encuentro inesperado con la escritura cuneiforme, y al veterano, un déjà vu de vidas anteriores.

Las bolitas de papel de piedra pautado que, a manera de municiones, se inserten en las güiras secas durante su transformación en maracas podrán ser extraídas al cabo de los años y, desplegadas, mostrar nota por nota, perfectamente transcrita sobre los pentagramas antes vacíos, la música que interpretaron.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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