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Líderes y pueblos


El día que los pueblos sepan que no necesitan líderes comprenderán realmente qué significa la democracia, la libertad, el poder.

El día que los pueblos comprendan que son los líderes quienes requieren de los pueblos sabrán elegir con más prudencia, sagacidad y rigor, y sabrán también deponer al elegido con la urgencia a que convoca la cura del envanecimiento.

El pueblo es el poder. Lo líderes lo saben y por eso buscan su respaldo. Los pueblos han de aprender a quienes dan su respaldo. Los líderes deben aprender a consultar con sus pueblos antes de hablar en nombre de ellos.

Nadie tiene un pueblo. Es el pueblo quien tiene miembros a los cuales puede elegir para que administren su poder, pero eso no significa que el poder sea del designado.

El elegido es simplemente un ente con vocación de servicio y eso no le otorga otro poder que el de servir.
Las catástrofes sociales se producen precisamente cuando los líderes traicionan su vocación de servicio y pretenden poner a los pueblos a su servicio.

Nadie tiene un pueblo. Los pueblos no pueden poseerse. A lo sumo, pertenecemos a un pueblo, somos parte de él. Enseñemos a nuestros líderes a olvidar la posesividad y a entender, por una vez de todas, lo que es el sentido de pertenencia. Los líderes necesitan de los pueblos. Ovejas que marchen al son de su caramillo hechizante. Mansos hombres y mujeres laboriosos que vuelquen el terruño para hacer de la semilla flor. Son los pueblos quienes los eligen y quienes lo erigen sobre sus propios cogotes.

Por eso, aquellos que pretenden el liderazgo burilan una imagen de aureola insospechada. Y normalmente esa imagen la crean a partir de cánones atípicos que tienen más de histriones de coreografías quiméricas que de seres humanos normales. Crean un ideal hierático e inmaculado tan distante del ser común que apabulla y embelesa.

Los pueblos, hartos de realidades crudas, de días angustiosos, de historias truculentas buscan en la idealidad sus soluciones. Y entonces la promisión de los eternos salvadores viene a solventar una necesidad utópica que hasta tanto no se derrumba, el hombre....pobre...¡pobre!
no Vuelve los ojos,
como cuando por sobre el hombro
nos llama una palmada…

Cuando los pueblos sean más realistas sabrán que la vida de una nación no es una novela rosa con un heroico galán apuesto y seductor. Cuando Cristo llegó eran muy pocos sus prosélitos. Fue necesaria la cruz, la corona de espina para que lo creyeran. Sin embargo hoy se cuentan por millones sus seguidores. Quizás por eso pretenden mostrárnoslo con esa hermosura y beatitud.

Quizás el poeta argentino Jorge Luis Borges fue quien me diera la primera señal de alerta cuando escribió:
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío.

Ahora, en este mismo instante, cuando:
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora? no creo en salvadores, poses, ni discursos. Y repito que cuando los pueblos sepan que no necesitan líderes comprenderán realmente qué significa la democracia, la libertad y el poder.

Cuando los pueblos sepan que su única protección es, entre todos, salvaguardar el carácter independiente de cada individuo, dentro de un ámbito legal de unidad, respeto, tolerancia y solidaridad, serán pueblos más habitables.

Los pueblos acarrean y aúpan líderes creyendo que éstos los protegerán. Hay que despojar a los pueblos de esa visión idílica. Nadie es un agraciado providencial con poderes ajenos a su pobre humanidad limitada y perecedera.

A los líderes los elige el pueblo, y aunque algunos vengan dotados de ciertas habilidades para aglutinar y hacerse obedecer en la realización de faenas necesarias para todos, sin la energía de los pueblos son nada.

No son los líderes quienes protegen a los pueblo, eso es pueril y burdo paternalismo, y los pueblos no son criaturas indefensas. Son los pueblos quienes protegen a sus líderes cuando, de común acuerdo, los siguen hacia donde ellos suponen está el crecimiento, la prosperidad y la seguridad.

Los pueblos son el poder real. Han de elegir a quienes respeten su fuerza, sabiduría, cultura, tradiciones, y sobre todo, su posibilidad de revocarlos por la misma vía pacífica por la que lo eligieron

Todo líder tiene un programa. Un programa sometido a riguroso cotejo. Calculado. Cronometrado. Enfocado. Estilizado. Revisado, siempre hasta la saciedad. Lo primero es desterrar de él las palabras “no” e “imposible”. Tiene que ser la propuesta de un triunfador. Sin dudas. Sin fisuras.

Todo líder tiene una imagen. Una imagen peinada, manicurada, maquillada, vestida -con la humilde discreción que sólo los grandes modistas saben lograr pero que la mayoría no sabe distinguir-, fotografiada por el ángulo más noble, en el gesto más solemne o generoso o venerable, si es en familia, mucho mejor, eso da un toque de cotidianeidad muy enternecedor.

Todo líder tiene un propósito público, a lo sumo dos para sus discursos. No puede permitirse digresiones. Y este propósito debe estar vinculado a una necesidad perentoria del pueblo, y ha de repetirse en toda ocasión, fijarlo como un estribillo de una canción de moda. Si se trata, pongamos por ejemplo, de la construcción de viviendas para el pueblo, aunque lo interroguen sobre la salud, la educación, el desempleo, ha de ser breve y positivo también en esos temas pero inmediatamente retomar su propósito y hablar sobre las viviendas, porque los otros temas pueden ser el propósito de los contrincantes, y eso sería fortalecer la contraparte.

Todo líder tiene un currículo, y este currículo debe estar al alcance de todos, escrito en el lenguaje más sencillo pero deslizando, como al desgaire, algunos vocablos rebuscados que resalten la monumental cultura del líder, avalada por la mayor cantidad de títulos, diplomas y honores.

Con esta mixtura, conseguida en la retorta de los alquimistas de campaña, se va a la lidia, y el pueblo ha de saberlo, a pesar de aquel viejo decir de Antonio Machado, a través de su heterónimo, de Juan de Mairena: muchas cosas sabe el pueblo... escribir para el pueblo, ¿qué más quisiera yo? Y no olvido que, quizás, esa sabiduría del pueblo es lo que ha conducido a que en las elecciones actuales de casi todo el mundo, el por ciento de abstención sobrepase, en la mayoría de todos los comicios, el 40 por ciento; exceptuando, claro está, aquellas falsas elecciones de sociedades cerradas, de las que no pueden creerse ninguna de sus estadísticas.

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