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He escuchado comentarios que asocian al señor Expósito con una hija del Presidente de los Consejos de Estado y Ministros de la República de Cuba.

Lázaro Fernando Expósito Cano, comenzó su trayecto en Caibarién como integrante del Comité Ejecutivo del Poder Popular, luego fue promovido a Primer Secretario del Partido Comunista en Santa Clara, Granma, y ahora en Santiago de Cuba.

Hoy es miembro del Comité Central del PCC y diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular. Con tantos epítetos y la imagen de “Salvador”, Lázaro camina a tientas por la cuerda floja.

Nació en 1955 en la central Villa Clara. Obeso y de brazos cortos, es un hombre trabajador, ambicioso y objetivo. Su carrera la inició siendo maestro y más tarde director de una escuela primaria. Pese al lógico distanciamiento que da el ejercicio del mando, conoce casi con perfección la problemática social cubana.

Sus aciertos laborales no responden a su rápido mega-empoderamiento, sabe escuchar y aceptar errores, también logra un buen acercamiento y entender a las personas que dirige. Comunista, Oportunista o falso reformista, son simplemente palabras que no definen a nadie.

Lo conocí personalmente cuando era el primer secretario del PCC en Granma, rodeado de personas que fundían o confundían la miseria y la corrupción. Su imagen dista bastante a la de un político tradicional. Sorpresa, fue la primera impresión que recibí de quien más tarde, me demostró ser un apasionado que trabaja por lograr lo que con trabajo ha logrado.

No recuerdo con exactitud el nombre del ciclón que, paradójicamente, destruyó Bayamo pero apuntaló su carrera política. Lázaro fue lazarillo y bastón cuando el pánico se apoderó de la población, ante el terrible huracán, a tal punto de contradecir en la radio nacional (la televisión estaba fuera de servicio por las fuertes rachas de viento) al Comandante en Jefe.

Amigos y no tan amigos esperaban ver su cabeza volar, o en el mejor de los casos colgada y expuesta al escrutinio real. Sobrevivió, y el pueblo lo apoyó sin cuestionar. A partir de ese momento, quizás por sentir el soporte espontáneo y popular, Lázaro saboreó los azúcares del poder. Muchos dicen que se endiosó; eso no lo sé. Lo que sí conozco bien es que Santiago de Cuba, precisamente por heroica, hospitalaria y rebelde, es una ciudad con etiqueta que obliga a realizar proezas, para algunos se convierte en trampa; y para otros, en trampolín. Lázaro Expósito transita el camino que separa lo urgente de lo importante.

He escuchado comentarios que asocian al señor Expósito con una hija del Presidente de los Consejos de Estado y Ministros de la República de Cuba.

No dudo que al calor de una noche veraniega, cayera en ese inoportuno desliz con alguna de las infantas; pero puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que en estado original y razonable, ninguno de los Castro Espín se fijaría en Lazarito porque, aunque la realeza cubana actúa con cierta, o mejor dicho, incierta modestia, desestiman la humildad y origen de quien para ellos no es más que un empleado especial. La heredera del Patrón no se fija en los esclavos, ni se acerca a un mayoral.

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