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El autor establece una serie de parentescos curiosos entre la columna periodística, la columna vertebral y otras columnas.

Juan Malpartida, escritor español y amigo mío, sonríe ante la profusión de columnas que van apuntalando mi vida --antes en “El Nuevo Herald”, hoy en “MartíNoticias”-- y observa, sin dejar de sonreír, que más que escribir prosa parezco destinado a desempeñar labores de alarife, bella palabra de origen árabe que suele igualar, sin desdoro de ninguno, al arquitecto y al albañil; labores donde el texto se despliega de forma ceñida y vertical.

La palabra “columna”, motivo de su comentario, le da la razón y a mí me alegra que se la dé, porque no está mal que la prosa tenga a la columna arquitectónica por modelo: el amor a la forma, tan propio de la poesía, me condena a admirar la columna; la aspiración a no escribir a ras del suelo, también. La columna induce a mirar por encima de uno mismo y, simultáneamente, baja los humos.

Nada más parecido a una columna arquitectónica que un romance, la estrofa por excelencia de la poesía española, sobre todo si se publica al centro de la página. Quien lee el “Romancero gitano” de Federico García Lorca, y lo lee sin interrupciones, llega grogui al colofón, como si lejos de haber estado inmerso en un libro, hubiera deambulado sin reposo entre los centenares de columnas de la mezquita de Córdoba.

Sólo que Juan no precisa a qué tipo de columna se refiere: ¿dórica, jónica, corintia, vertebral? Esta última suele adoptar formas poco elegantes, encorvarse al llegar a la senectud y abortar destinos tan tristes como el de Rigoletto, pero recuerda, por su estructura, las columnas periodísticas: cada vértebra, un párrafo; cada disco, una división entre ellos; la cabeza que la columna sostiene, el título del texto; Atlas (la primera vértebra cervical), el subtítulo; Axis (la segunda), el nombre del autor.

Si lejos de aparecer encima de la columna periodística, este nombre apareciera debajo de ella, habría que hablar del cóccix o, si el susodicho no lo objetara, del hueso de la alegría. Pero hay columnistas a quienes les inquieta el trasero de sus colaboraciones y prefieren que su nombre las encabece.

La columna periodística sostiene la página impresa como la columna vertebral el tronco de los animales, y así como ésta guarda la médula espinal, aquélla guarda algo más que el sentido de lo que el autor dice: guarda el espíritu del medio de prensa donde se publica. La columna periodística cuyo párrafo final defrauda es, a ese medio de prensa, lo que una cola al ser humano que nace con ella, y lo que ese ser, a sus allegados: motivo de vergüenza.

Imposible pensar que las columnas a las que Juan alude sean las de Hércules: me conoce demasiado bien para sospechar que confundo el Mar Caribe con el Mediterráneo y que amontono palabras con el propósito de dotar al Estrecho de la Florida de un peñón. Imposible también que aluda a una quinta columna o a una columna militar: sabe que no pertenezco a ningún movimiento de resistencia que no sea aquél que constituye vivir, y que mis actividades castrenses se circunscriben a desear lo peor para quienes han asolado Cuba y lo mejor para mis compatriotas más nobles, residan donde residan.

No me importaría que la columna en cuestión fuera de aire: sobre una de ellas descansa la voz del cantante que sabe utilizar sus facultades, y es el nombre que recibe la cantidad de ese fluido gaseoso que vibra dentro de algunos instrumentos musicales. Encima de la columna que los desborda no hay título, ni nombre propio, ni cabeza, ni techo, sino una bandeja de sonidos cuyos ideales son la expresividad y la belleza.

Aunque las tiras en que se dividen las páginas de un diario se llamen “columnas”, nada de cilíndrico hay en ellas: basta voltear la página para constatar su chatura. Pero nada, tampoco, me libra de imaginar una suerte de templo de pilares inmaculados apenas oigo mencionarlas; ni de sufrir una decepción cuando admito, forzado por la evidencia, que sólo se trata de esas torres de palabras, uniformes y planas, donde las letras encajan como termitas en una estructura ficticia.

La idea de que mis colaboraciones semanales sean identificadas como columnas reales también me inquieta. No olvido un haiku de Kobayashi Issa:

Al recostarme

a la columna hallé

fría su sangre.

Prefiero pensar que el mendigo que una noche de invierno tendió algunas hojas de “El Nuevo Herald” sobre el banco de un parque o una acera del sur de la Florida para echarse a dormir sobre ellas, o el que decidió utilizar esas hojas a manera de manta, hallaron la sangre de mis columnas cálida.

Las columnas de la prensa digital deben ofrecer a quien padece por el exceso de refrigeración del lugar donde lee, la posibilidad de poner las palmas de las manos o las plantas de los pies contra la pantalla de la computadora y calentarse. Hay noticias de un pueblo que para sobrevivir el invierno se reunía alrededor de una flor roja, extendía las manos entumecidas y sentía cómo éstas, al influjo de la flor, se le deshelaban. Una pantalla en blanco generaría el efecto contrario; muchas, un ola polar.

De las columnas que he escrito sólo deben salvarse aquéllas que, arrojadas a la calle sobre soporte de papel o colgadas del ciberespacio, sirvan para acolchar la superficie dura sobre la que alguien duerme o, puestas las extremidades contra ellas, sirvan para aplacar el frío.

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