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La vuelta a Cuba


"Yo amo los mundos sutiles, / ingrávidos y gentiles / como pompas de jabón". Antonio Machado

El autor cuenta con la pompa de jabón para realizar el viaje de su vida.

La nieta del jabón y del agua es más bella que su madre, la espuma (madre soltera, por cierto; o mejor aun, no tocada por varón). Y como si tanta belleza no bastara, es también más ligera que aquélla, y más efímera. El minuto la agobia por longevo. Sólo el instante le gana en brevedad.

No en balde deslumbra a los niños que presencian o propician su alumbramiento, comadrones solícitos, que gritan apenas la ven abandonar el círculo de alambre transfigurado en útero como si fueran ellos los que nacen, y corren tras ella como luego correrán tras sus sueños, hasta que la pompa de jabón estalla, les salpica la punta de la nariz y las mejillas, y no queda títere por bautizar.

Esa pequeña bola de cristal fraudulento, sin árbol de Navidad donde posarse, sin tiempo dentro para que una médium lea el futuro, vuela sin tener alas y se irisa, como si se sonrojara, apenas el sol la corteja. Nada más leve. Ni la mariposa, que tiene que afanarse para que la fuerza que nos imanta al planeta no la tire al suelo.

Los dioses la llevan en la palma de una mano y si alguna vez la dejan ir es para soplar, voleibolistas, debajo de ella y arrojársela los unos a los otros por encima de una red invisible atada a dos postes clavados a ambos lados del universo.

Nadie, tampoco, más lleno de calma. Sólo acusa un ligero temblor cuando, pronta a nacer, se llena los pulmones de aire y pugna por independizarse, como el primer hombre debe de haber temblado al sentir el soplo de Dios sobre el rostro, e incluso antes, cuando abandonó la imaginación de aquél por voluntad propia o fue desalojado de ella para quedar a la intemperie, donde aún agoniza.

El niño o la niña que sopla un aro enjabonado es un pequeño dios. La criatura que se desprende del aro y vuela se lleva un poco de su aliento, un poco de la vida de quienes la partearon. De ahí, su humanidad. Pero una vez libre es una cápsula espacial perfecta. Gravedad, la película de Alfonso Cuarón, le rinde tributo, aunque los cosmonautas que transporta no se dejen ver cuando nos orbitan.

Entre la hija de la espuma y la Tierra sólo hay una diferencia de volumen, y aun esa diferencia es relativa, porque ésta, vista desde un planeta distante, no debe de abultar más que ella. La idea de la esfera como cifra de lo perfecto fue sugerencia suya. Por eso los astros se le parecen y los seres humanos que dividió Zeus aún se buscan, medias naranjas ávidas de completitud, más felices cuando pugnan, dilatándose y contrayéndose, una sobre la otra, por redondearse.

En el principio todas las frutas se daban a ras del suelo y eran deformes. Las que hoy penden de las ramas y se abomban hasta tornarse esféricas no son más que epígonos de la pompa de jabón, fanáticas suyas que después de un esfuerzo milenario por rehacerse a sí mismas y de inventar a los árboles para alzarse sobre su destino, aún aspiran a la transparencia. Tampoco estallan espontáneamente: las pincha el gusano, ese alfiler flexible que no satisfecho con ver al animal humano o no de vuelta al polvo, también lo pincha.

La capacidad del hombre de admirar es proporcional a su necesidad de destruir. Si el ciclo vital de la pompa no fuera tan corto se le impediría volar, o se le permitiría hacerlo pero sólo para después apedrearla, bajarle los humos. El español terrible que acecha lo cimero con su piedra en la mano de que habló Cernuda es tan universal como el Quijote. Nada como devolver al suelo a quien logró sacudírselo.

Los antiguos chinos fabricaban grandes cometas de papel para agarrarse a ellas y no sólo planear sobre los campamentos del enemigo sino para disfrutar del espectáculo de la tierra vista desde la altura. No tarda en llegar el día en que una pompa de jabón planee sobre el Estrecho de la Florida y, sin riesgo de estallar o de ser destrozada mientras lo cruza, permita a quien cuelga de ella descender felizmente sobre su país de origen.
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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