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La tercera intervención


Fotografía de archivo. Militares cubanos vigilan el malecón habanero. EFE/Alejandro Ernesto

Los medios de producción cubanos seguirán en manos del Estado, el grueso de la población continuará sumida en una economía de subsistencia, permanecerá proscrito el pluralismo político y una casta militar se perpetuará en el poder.

Los argumentos sobre las probables consecuencias de la nueva política de Estados Unidos con relación a Cuba se han agotado, queda muy poco o nada que advertir a los cartógrafos de la política exterior norteamericana.

Los medios de producción cubanos seguirán en manos del Estado, el grueso de la población continuará sumida en una economía de subsistencia, permanecerá proscrito el pluralismo político y una casta militar se perpetuará en el poder.

Apelando a una trillada pero afortunada analogía para estos casos, un país que se las agenció para llegar a la luna debe conocer los entresijos de la sociedad cubana. De modo que si la caja no le cuadra a la virtud criolla,no se pierde nada con averiguar cómo le puede cuadrar la caja a la razón ajena. Este ejercicio requiere dejar de pensar como exiliado o disidente cubano y adoptar temporalmente la lógica de Washington. La exposición discurriría más o menos así.

Nos encontramos ante una situación muy seria sin solución a corto o mediano plazo. Cuba produce muy poco, se ve obligada a importar casi todo lo que consume, no cuenta con suficientes divisas ni recursos para solucionar sus necesidades energéticas.

Sus logros militares, deportivos y de salud pública son artificiales, no por falta de talento propio, que lo tienen, pero más bien porque esas conquistas dependen de un subsidio foráneo ya inexistente. En tales circunstancias, el régimen presidido por Raúl Castro se enfrenta a una creciente desintegración nacional, un descontento popular agudizado por una disparidad demográfica reflejada en la población carcelaria de la isla y en una sociedad empobrecida por la cultura de la miseria.

Es cierto que hemos cometido muchos errores, pero en 1898 nuestra primera intervención en Cuba (bien recibida por los patriotas cubanos), fue para inclinar la balanza en favor de la independencia de la isla. La segunda, en 1906, fue forzada por los mismos cubanos que provocaron la caída de la primera República, a pesar de las exhortaciones del presidente Theodore Roosevelt para evitar la intervención. Ahora, lamentablemente, ya que Raúl Castro da indicios de quererlo así, nos vemos obligados a intervenir portercera vez en Cuba para subsidiar la continuidad del presente régimen cubano a fin de evitar su quiebra total y no vernos arrastrado por alguna crisis futura que roce la seguridad nacional de Estados Unidos.

Nos repugna apuntalar a la dictadura pero las fuerzas armadas cubanas constituyen la única institución capaz de mantener el control del país. Salvando distancias, ya vimos lo que nos sucedió en Irak por debilitar lacohesión interna del gobierno. En cualquier caso, se nota cierta esperanza popular en Cuba por lo que interpretan como un rescate económico, una suerte de Plan Marshall avizorado por un cantautor cubano nombrado Pablo Milanés.

Sin embargo, nuestra prioridad es controlar la inmigración ilegal, formalizarla e incluso estimular su flujo para fortalecer la economía doméstica de la isla, aliviar la presión poblacional que encara el régimen y pasar de vecinos a familia en nuestras relaciones convencionales. Miami será para los cubanos lo que Nueva York para los puertorriqueños. En el plano macroeconómico, nuestros hombres de negocios proveerán a Cuba con toda suerte desuministros sin temor a recuperar sus inversiones (eso estaba previsto al retirar a Cuba de la lista de países patrocinadores de terrorismo), porque las instituciones financieras internaciones podrán colaborar en la recuperación económica de la isla.

Somos conscientes de que el grueso de la población cubana no se va a beneficiar directamente de las inversiones extranjeras, pero estamos pensando en el futuro. Si no podemos utilizar la fuerza para cambiar el gobierno ni podemos persuadir a la cúpula gobernante para que lo cambien ellos, entonces hemos de comenzar a tender puentes mientras esperamos por la solución biológica. No es una salida gloriosa pero es la única que nos queda.

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