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La Revolución Cubana y los astros


El comediante norteamericano Conan O´Brien visita La Habana en marzo de 2015

El autor trata de explicarse el presente de su país

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos imprime a la historia de ambas naciones carácter de ouroboros, serpiente mitológica cuya principal característica es morderse la cola y representar el ciclo eterno de la vida o, en frase menos pomposa, un círculo vicioso.

Ouroboros.
Ouroboros.

Si todo va cómo se vislumbra, el espectáculo de multitudes de turistas estadounidenses recorriendo La Habana entre sorbos de mojito, habanos humeantes y bailes al son de la música callejera, no demorará en desbordar la pantalla de los televisores de ambos países y provocar en los cubanos y estadounidenses más viejos la sensación de que el tiempo, lejos de avanzar, ha retrocedido, devolviéndoles a los días de su juventud pero sin juventud, y en medio de una urbe, aunque coloreada, en ruinas.

El espectáculo devuelve, a su vez, a la primera de las lecciones impartidas por Igor Stravinsky en la Cátedra Charles Eliot Norton de la Universidad de Harvard, entre 1939 y 1940, donde el gran compositor ruso, cuyas primeras obras habían sido motivo de escándalo, hace observaciones en torno a su reputación de creador subversivo y narra una anécdota que vale la pena reproducir in extenso:

Se me ha hecho revolucionario a pesar mío. Ahora bien: los arrebatos revolucionarios nunca son enteramente espontáneos. Hay gentes hábiles que fabrican revoluciones con premeditación... Hay que precaverse contra los engaños de quienes os atribuyen una intención que no es la vuestra.

Por lo que a mí toca, nunca oigo hablar de revolución sin recordar la conversación que G. K. Chesterton nos cuenta que sostuvo con un tabernero de Calais, al desembarcar en Francia. Este último se lamentaba amargamente de la dureza de la vida y de la falta cada vez mayor de libertad. "Es lamentable", concluía, "haber hecho tres revoluciones para caer siempre en el mismo lugar". Y Chesterton le contestaba que una revolución, en el sentido más propio del término, es el movimiento de un cuerpo que recorre una curva cerrada y vuelve siempre al punto de partida".

Ningún ejemplo mejor que el de los astros y su órbita en torno al sol, o el de la Tierra en torno a su eje, o, ya que invoco a Stravinsky, el de los viejos discos fonográficos, capaces de desarrollar velocidades de 78, 45 y 33 revoluciones o vueltas cabales por minuto. La Revolución Cubana ha necesitado más de medio siglo para realizarse hasta sus últimas consecuencias --la reconciliación en curso con su adversario por antonomasia-- pero ha sido intachablemente fiel a la naturaleza del fenómeno que ejemplifica.

No satisfecho con advertir sobre los peligros de las revoluciones y la ingenuidad de quienes todo lo esperan de ellas, Stravinsky arrima el ascua a su sardina y añade: El arte es constructivo por esencia. La revolución implica una ruptura de equilibrio. Quien dice revolución dice caos provisional. Y el arte es lo contrario del caos.

¿Qué sentiría Nicolás Guillén, de alzarse de su tumba y ser testigo del entusiasmo de muchos de sus compatriotas ante el inminente regreso del turismo norteamericano a Cuba? ¿Qué sentiría ante el renovado culto a lo pintoresco más banal y el remeneo de algunas criollas para complacer, como antaño, al vecino, que abandonará la isla seguro, también como antaño, de que nada más que eso somos?

No descartemos la posible vanidad del poeta, su ansia de inmortalidad (ahora sí corresponde ser pomposo). Lo que Guillén condenó se apresta a reverdecer laureles: no sería raro que también los reverdeciera su obra (lo peor de su obra, claro está, rica en páginas admirables, pero su obra, al fin). El título de uno solo de sus libros basta para ilustrar la actualidad de una parte de su legado: Cantos para soldados y sones para turistas; los primeros versos de una décima, para imaginarle un porvenir:

Yanqui de olfato canino,
cachorro de tu embajada,
que ya suelto, ya en manada,
ladras en nuestro camino...

Lo que parece el final pudiera ser el principio de otra revolución. O de la misma, que sólo se muerde la cola.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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