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Ahora que Eliécer Ávila, un joven de 25 años de origen campesino, sin premios internacionales que molesten ni familiares en el extranjero que mitiguen su desempleo, ha vuelto a ser noticia, Raúl Castro, si le interesara, podría dar muestras de una atención ejemplarizante, y de que cuando habla, habla en serio.

Excelente oportunidad le ha llegado a Raúl Castro para demostrar la posible honestidad de sus palabras. En el puñado de años en que ha sido el regente de ese feudo familiar que es la Isla toda, el menor de los Castro no ha dejado de repetir una máxima con su voz agria y como fuera de revoluciones: “Que cada cual diga lo que piensa, que cada cual critique con sinceridad, y sus inconformidades serán escuchadas.”

Ahora que Eliécer Ávila, un joven de 25 años de origen campesino, sin premios internacionales que molesten ni familiares en el extranjero que mitiguen su desempleo, ha vuelto a ser noticia, Raúl Castro, si le interesara, podría dar muestras de una atención ejemplarizante, y de que cuando habla, habla en serio.

¿Cómo? Se me ocurre una de infinitas posibilidades: llamada telefónica de 5 minutos, orden a cierto vasallito de rostro carcomido: “Tu próximo invitado ala Mesa Redonda será el joven Eliécer Ávila. El programa dura lo mismo que la entrevista de Estado de SATS, dos horas, así que estarás en igualdad de condiciones para analizar las críticas de un joven revolucionario.”

Reconozco, con un prurito de insolencia, que mi imaginación puede ser desaforadamente fértil. Porque ni a Raúl Castro le interesa demostrar verdad alguna, ni tiene por qué hacerlo en un país que solo obedece, jamás exige; ni le importan los reclamos de sus ciudadanos hastiados, y menos aún los de un muchacho de Puerto Padre, poblado que aunque casi colindante con su Birán natal, ya no sabría ubicar en el mapa de su país.

Después de escuchar las dos horas de diálogo donde el hoy ingeniero informático desempleado y ex vendedor de helados, dio rienda suelta a su catarsis de inconformidades y rabias no disimuladas, vuelvo a pensar lo mismo que hace tres años cuando Eliécer Ávila se convirtió en una celebridad underground: lo más hermosamente triste es que no habla por sí solo. En la garganta de Eliécer Ávila van las voces de millones de avasallados, a quienes la biología no les puso escrotos suficientes para sacarse las botas de encima.

Como durante aquella interpelación a Ricardo Alarcón de Quesada, Eliécer vuelve a explotar, sin saberlo siquiera, un factor determinante para el impacto de sus palabras: es exponente de la rebelión de los más humildes, los de abajo, los casi recién llegados a la vida (tiene hoy 25 años) que se niegan a aceptar el destino de sus padres, de sus abuelos; ese destino entre el cual crecieron, tomaron conciencia, y al que ya dejaron de temerle para empezar a enfrentarlo: la tragedia de vivir en un país sin sueños ni aspiraciones.

Dejando de lado las evidentes referencias históricas en las que sustenta sus ideales, olvidando las lecturas y estudios que este informático con vocación humanista despliega al por mayor, lo mejor de todo es que el discurso de Eliécer Ávila no es un discurso político. Ahí está, creo, la médula de su enorme alcance.

Incluso a quienes la política en su estado puro nos parece una materia lamentable pero imprescindible, sin la cual se es un ente social incompleto, nos agobia el tono por momentos politiquero con que algunas voces discordantes de la Isla se enfrentan al establishment. Me suena a discurso hueco, gritón, al método arquetípico de quien tiene razones válidas pero no las sabe defender.

Lo admirable de la exposición de Eliécer, lo que provoca ese movimiento de cabezas asintiendo mientras se escuchan sus denuncias, sus sentencias, sus preguntas, es que no se trata de alguien que escenifica el desencanto: es alguien que encarna el desencanto.

Desencanto de una promesa de felicidad fallida, de una promesa de igualdad y progreso fallidos. Desencanto de un sistema electoral que más que para elegir sirve para perpetuar ineptos y tiranos. Desencanto con una prensa timorata que él no califica de buena o mala: simplemente de inexistente. Desencanto con la desidia de sus dirigentes, con el caos que es su país, con su pobreza, con el hambre. Desencanto con la montaña de heces que resultó ser ese proyecto revolucionario que a él, como a mí dos años antes que a él, nos enseñaron que era perfecto en la Historia de escuela secundaria.

Y lo fabuloso en la historia personal de este ingeniero informático, es que el desencanto no le llegó de nacimiento. Le llegó de aprendizaje propio.

Eliécer Ávila fue presidente de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM) durante sus años de preuniversitario. Quienes no hace tanto dejamos atrás ese período escolar cubano podemos dar fe del atroz adoctrinamiento, la maquinaria de manipulaciones a que son expuestos los jóvenes “cuadros”, para convertirlos en aquello que el argentino Guevara promulgaba: la arcilla fundamental de la Revolución.

Luego de esos tres años de preuniversitario, Eliécer Ávila dirigió un proyecto de Seguridad Informática en la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) donde estudió. Huelga decir que en el centro mimado por el Comandante, la escuelita de sus ojos, las inyecciones ideológicas poseen dosis redobladas.

Entonces, ¿qué sucedió con este joven, formado al igual que toda nuestra generación en un esquema de hierro, entre los barrotes del marxismo-leninismo y de esa filosofía insular que es el culto al castrismo más idólatra? ¿Qué sucedió con este joven al que educaron para extraer de él un dócil Pablo, y recogieron un Saulo ingobernable? Pues lo que sucede con todos los honestos, los librepensantes, los no castrados: que la mentira le quedó estrecha. Que no le supo entrar en el cerebro.

Por eso debió interpelar con sus palabras criollas y su (nuestro) acento oriental, a ese miembro del Olimpo Insular que se titula Presidente del Parlamento, y a quien solo le preocupan los destinos de cinco miembros de la Red Avispa. Por eso Eliécer Ávila no dejó escapar esa oportunidad de los dioses, la circunstancia súmum; aquel momento en que con manos nerviosas sostenía una agenda con apuntes precisos, y liberó una parte, apenas una porción de las preguntas que millones de cubanos tienen atragantadas sin encontrar el valor para expulsarlas de una vez.

Y también por eso ante las preguntas del presentador Antonio Rodiles en Estado de SATS, tres años después de hacerse notar en su país y en el mundo, Eliécer Ávila regresó a los titulares: no es normal que un cubano “de Cuba”, y más aún, un cubano no vinculado a ningún grupo de oposición formal, exprese con tanta naturalidad (y con tanto talento oratorio) su distanciamiento de la doctrina oficial bajo la cual creció biológica y cerebralmente.

Los cubanos reproducen hoy esta entrevista en sus hogares. La comentan en sus tertulias de desahogo, la citan, la conversan. Lo escuchan decir que se siente estafado por un sistema que le permitió estudiar la Informática, para dejarlo irremisiblemente desempleado después. En Puerto Padre, Eliécer Ávila recibe el pago social por atreverse a tanto: un vendedor de limones no le cobra (así lo dijo en su cuenta de Twitter), una mujer se quita las gafas de sol para comprobar que es él, y le dedica un guiño de complicidad y admiración.

Hoy, apelando a un teléfono como única solución, conversé varios minutos con este guajiro de Puerto Padre al que, como mismo dije tres años atrás en otro texto, cada cubano digno le debe un apretón de manos.

Precisamente en nombre de esos, los que admiran y celebran la rebelión de los justos; los que añoran un país esperanzado y esperanzador, de donde no tengan que huir como rufianes sus hijos en busca de fortuna y libertad; en nombre incluso de los lectores de este escrito; de quienes murieron a la espera de que voces soberanas como la de Eliécer desafinaran el coro oficial; y de los millones de compatriotas suyos que encuentran en su valor un único motivo para no perder la fe, le entregué desde la distancia unas gracias imposibles de cuantificar, y una advertencia sutil: su país no se olvidará de él.

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