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Los seres humanos, por fortuna, nunca pueden evadir el vértigo embriagador de superar una meta por muy compleja que parezca.

El récord es la pasión que atormenta las almas de los deportistas, es el sueño de gloria por llegar más lejos, más rápido o más alto en un instante supremo. Al igual que la fabulosa ave fénix, de las cenizas de una plusmarca destrozada surge un nuevo reto que provoca mayores esfuerzos por alcanzar esa espiral dialéctica que recién se forma, aunque parezca imposible conseguirla.

Los seres humanos, por fortuna, nunca pueden evadir el vértigo embriagador de superar una meta por muy compleja que parezca y como bien dijo el pintor Vicent Van Gogh: “¿Qué sería de la vida si no tuviéramos el valor de intentar algo?”

¿Quién creyó que antes de terminar el siglo XX el extraordinario récord del saltador estadounidense Bob Beamon de 8.90, impuesto el 10 de octubre de 1968 durante los Juegos Olímpicos de México podría ser derribado.

Para muchos especialistas romper esa cota era tarea de los saltadores largos de la siguiente centuria, sin embargo otro norteamericano Mike Powell, el 30 de agosto de 1991 hizo añicos los pronósticos y dejó la marca en 8.95.

Hay récords que en la mirada del tiempo parecen sencillos y fueron picos de verdaderas montañas. Por ejemplo, el estadounidense Ralph Rose impulsó la bala a una distancia de 15.54 metros en 1909 y ese tope se mantuvo 20 años. Hoy en día la marca se halla por los 23.12 y pertenece a su compatriota Randy Barnes (20-05-1990).

Los 714 jonrones de Babe Ruth y los 2 mil 130 juegos consecutivos del “caballo de hierro”, Lou Gehrig, eran considerados en las Grandes Ligas dos metas inmortales, impuestas no por hombres, sino por dioses del béisbol. Otra vez el tesón humano burló las predicciones místicas y Hank Aaron y Carl Ripken, simples mortales, quienes no aspiraban a pisar los talones de Ruth, ni de Gerigh, llegaron a los inaccesibles nichos del estelar binomio de los Yanquis y además los sobrepasaron. Aaron se quedó en 755 cuadrangulares y Ripken en 2 mil 632 juegos. El 29 de agosto del 2007, Barry Bonds alejó la cota de jonrones a 762. Hasta el momento nadie se acerca a la de Ripken.

Y es que para cada récord siempre aparece el momento mágico del iluminado, quien muchas veces no cree en su propia hazaña, como ocurrió con los 9.84 en cien metros del canadiense Donovan Bailey en los Juegos Olímpicos de Atlanta-96, quien dijo: “Oh Dios mío. ¿Ese es mi tiempo?, no había pensado en absoluto en el récord mundial”. En la actualidad la marca del orbe está detenida en 9.58, tiempo que marcó el asombroso jamaicano Usain Bolt, el 16 de agosto del 2009 en Berlín.

No hay récord seguro, ni imbatible aunque parezcan tan difíciles como los 511 juegos ganados del lanzador Cy Young, los 56 hits consecutivos de Joe DiMaggio, las siete victorias seguidas del ciclista estadunidense Lance Armstrong en el Tour de Francia, los nueve títulos de máximo anotador de la NBA del “Air” Jordan

Podrá demorarse el acceso a esa meseta encantada donde moran los récords, pero al final el hombre sortea los escollos y coloca un poco más alto la bandera.

Marie Curie, aquella ilustre francesa-polaca que descubrió el radio, define con estas pocas palabras el motor humano capaz de romper las extramarcas.

“Hay que perseverar y, sobre todo, tener confianza en uno mismo. Hay que sentirse dotado para realizar alguna cosa y que esa cosa hay que alcanzarla cueste lo que cueste”.

Mientras existan récords siempre habrán hombres capaces de sobrepasarlos en esa constante superación por ir más rápido, más alto o más lejos.

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