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La orgía secreta


El autor revela la fobia de algunos papeles a la cohabitación indiscriminada.

Hay papeles que rehúsan ir a parar al cesto por más que se intente arrojarlos en él: caen fuera siempre, ya sea porque atentan contra la puntería de quien los desecha y rebotan contra los bordes del receptáculo, o porque aprovechan quién sabe qué ráfaga de aire doméstico, imperceptible al hombre, para sortear su malhadada suerte.

No importa que uno los estruje hasta convertirlos en pelotas: a medida que vuelan hacia la boca del cesto se van desplegando, recuperando su antigua forma hasta convertirse en grandes flores disecadas que, luego de recuperar su condición de botones en la trituradora del puño, pugnan por reabrirse y aterrizan antes de llegar a su destino.

Estos papeles continúan retorciéndose como las patas de las moscas que en la poesía japonesa piden clemencia a quienes se aprestan a aniquilarlas, o parece que oran y se aprietan las manos con la angustia del creyente en apuros que se agarra al rosario como el alpinista al gajo que cuelga sobre el abismo. Da pena verlos tratando de enderezarse y de recobrar, sin éxito, la tersura perdida.

Nunca he acercado el oído a uno de ellos –podrían, encolerizados, arrancarme una oreja-- pero apuesto que de arriesgarme los oiría gemir por el esfuerzo que supone estirarse, el dolor en las coyunturas maltrechas o la aflicción ante la ingratitud de que son objeto luego de haberse prestado a que los redujeran a cualquier cosa, desde una pajarita o un barco en miniatura, hasta a salvaguardias de una esquela cursi o un mal poema.

Nadie ha podido descifrar por qué prefieren permanecer junto a quien los desdeña, pero suelen caer a sus pies, como suplicándole que no se deshaga de ellos, o rodar y esconderse debajo de algún mueble, donde es difícil alcanzarlos y la oscuridad los ampara, o delatar la presencia de polvo y telas de arañas a ver si el implacable, que hala por una escoba o cae en cuatro patas y viene por ellos, accede, agradecido, a conservarlos.

Algunos son capaces de escapar de la papelera saltando contra los que les han precedido; de elevarse como el trapecista en la red, flexionando sus fibras, sacando la cabeza y el cuerpo triunfantes y desplomándose exhaustos lejos de sus colegas, a espaldas del agresor que se desentiende de ellos y se aplica a degradar a otros.

Los que aún exhiben grandes porciones de blancura parecen seguros de que ésta les garantizará el acceso a un más allá feliz, al paraíso de los papeles. Pero los que han sido cubiertos de tinta o grafito, y, más que de frases y párrafos inteligibles, de tachaduras y garabatos, temen por su futuro.

De nada ha valido que los jóvenes de hoy hayan abrazado la moda de tatuarse hasta la cocorotina y que las novias, vestidas de blanco, acudan al altar con hombros de marinero, brazos de presidiario e intimidades decoradas con figuras y frases de medio pelo: el papel, cuya sabiduría aventaja la del hombre –todo lo que se ha escrito y dibujado sobre su superficie es floración suya, aunque aquél, soberbio, rehúse acreditárselo--, sabe que a mayor despliegue de integridad, mayores posibilidades de ingresar a una ultratumba de bienaventuranzas.

No es fortuito que el hombre prefiera el papel blanco a los demás; y el limpio y sin pliegues, al que ya acusa manoseo. La virginidad de la mujer le atrajo siempre, fue requisito para que durante centurias ésta se le antojara digna de ser tomada en matrimonio; la virginidad del papel es trasunto de aquélla. No hay escritura ni dibujo inocente; tampoco color. Más allá del blanco todo es mancha, aviso de deterioro: el rosa sanguinolento, el azul hemofílico, el gris cianótico, el verde purulento, el amarillo bilioso, el beige exangüe. Nada como el blanco para, volcándose sobre él, desfogarse.

La papelera no es fosa común sino casa de lenocinio donde no sólo se revuelcan papeles sino personas, lo que de ellas se ha desdoblado en escritura o dibujo y les avergonzaría que otras personas conocieran. Lo prohibido se explaya en este receptáculo donde todo es cuerpo, incluso las fantasías, porque abunda la palabra --criatura que se ve y se oye, traspasada de sentido-- y donde la estrechez facilita apretujamientos inenarrables.

Los papeles reacios a ir a parar al cesto, incluso los más sufridos, como el higiénico y el condenado a servir de pañuelo, merecen un final más acorde con su moralidad: el fuego que purifica y previene de posteriores ultrajes. No los espanta el trasmundo, que imaginan, como nosotros, un hábitat a salvo de las urgencias del lápiz o la pluma y los martillos del teclado: los espanta la concupiscencia.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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