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“La mujer poseída a la intemperie…”


"Primavera o descanso", Jorge Arche (1905-1956)

El autor recuerda la afición de algunas personas a sostener relaciones íntimas al aire libre

1

La mujer poseída a la intemperie nada más quiere, reza un refrán que escuché no sé dónde o que a mí mismo se me ocurrió, que así son los refranes de espontáneos, la rima de generosa y la ignorancia de sabia. Y si la posesión tiene lugar a plena luz del día, sobre la hierba, entre flores silvestres e insectos voladores, ni hablar: nada satisfará a la dama que no sea la unión en presencia de ellos, con los guijarros hincándole la rabadilla, la humedad de la tierra rezumándole los pechos, los árboles arrojándole pájaros y hojas, y el cielo entero arriba, contra ella, en hombros de quien la divierte.

Porque la mujer que yace boca arriba, a la intemperie, no sólo se acopla con un hombre sino con todo lo que se explaya encima de él, a espaldas de él, y flota sobre ambos, y le habla de cosas que éste, distraído, empeñado en mascullar las suyas, no alcanza a escuchar.

Haga el lector la prueba: lleve a quien le deleita al campo abierto, túmbele sobre la greda y, entre mordiscos y lameduras, mírele de repente a los ojos, asómesele a ellos, y comprobará que no le reflejan, que allí sólo está el cielo que usted, animoso, lleva a horcajadas.

Mas no se desanime, al contrario, regocíjese en ello, que nada halaga tanto a una dama ni debería halagarlo tanto a usted como la certeza de que un hombre es sólo una prolongación del espacio que sobre ambos gravita, un apéndice de la altura, un instrumento sagrado, la sombra de Zeus.

2

Nada tiene que enseñar la araña al hombre. Una fotografía satelital de la Tierra, tomada por un lente capaz de captar los cables del tendido eléctrico, las ondas hertzianas, las estelas entrecruzadas de los aviones y los barcos, y las redes de comunicación y espionaje, no revelaría tejidos inferiores al suyo.

Internet es una redecilla donde retoza el planeta, y éste, un chekeré o maraca de red que gira dentro de esa malla y cuya música de frotación sólo perciben los demás astros.

Los pensamientos que vuelan de casa en casa, de ciudad en ciudad y hasta de un continente a otro urden sus propias telas. Ninguna, sin embargo, más delicada que la que es capaz de fabricar línea a línea, en la soledad de su estudio, un buen dibujante: la araña no sabría, como él, fabricar un tejido donde caer ella misma y, lejos de encontrar la muerte, encontrar una nueva forma de vida; no sabría resignarse a cazar el vacío, ni abrigar la esperanza de cazar a Dios.

3

El poeta, en los límites de su salud física y mental, le confiesa a su mujer lo arduo que resulta escribir.

—Y ¿por qué escribes?

—Porque sería peor si dejara de hacerlo.

4

Tuve un estudio frente al mar, situado en un octavo piso, donde el rumor del viento y las olas campeaban por su respeto. Solía dormir con la ventana abierta, pero sólo lo justo: temía que mi yo dormido discrepara del despierto y una noche lo arrojara al vacío.

5

Tu lengua es tu león: si la dejas, te devora, dice un proverbio peul, pueblo nómada del África occidental.

Un león es una lengua que acaba de devorar a alguien.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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