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"'La muerte del gato' se atreve a atacar al mismísimo Fidel Castro Ruz. (...) derriba muros, sobre todo por participar en ella reconocidos actores que viven en la isla y pueden sufrir las consecuencias de tal atrevimiento."

“La muerte del gato”, un filme de Lilo Vilaplana, conmociona los círculos intelectuales de la capital de todos los cubanos. Si los más comprometidos con el gobierno, solo hacen el gesto de “esto está tremendo”, sin articular palabras que comprometan; otros, en público, niegan haberlo visto, y en privado, ponen cara de susto.

No obstante, la abierta sociedad cubana está alborozada ante el atrevido discurso político de un filme de apenas 27 minutos, que militante por anticastrista y anticomunista, es continuador de la línea de los cortos de “Nicanor”, producidos, escritos y dirigidos en los últimos años por Eduardo del Llano, y que ponen en solfa el desastre nacional.

Basada en la mejor tradición del cine cubano, ese que une sin miramientos tragedia y humor, “La muerte del gato” se atreve a atacar al mismísimo Fidel Castro Ruz, a quien los protagonistas, en una escena memorable, deciden poner su foto de cabeza por lo mal que hace las cosas, y ser responsable de sus penurias.

No es novedoso jugar con las imágenes de los líderes revolucionarios. La leyenda urbana cuenta que el mismísimo Leopoldo Fernández -- quien interpretaba a Tres Patines, el popular personaje del programa “La Tremenda Corte”-- se exilió luego de que en una obra presentada en el Teatro Martí, dijera: “¡A ese lo cuelgo yo!”, en referencia a una fotografía del Fidel Castro Ruz. Los cinéfilos también recordarán en el memorable filme “Good Bye, Lenin”, del alemán Wolfgang Becker, aquella imagen del helicóptero que se lleva la estatua de Lenin.

“La muerte del gato” también es heredera de la película “Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea. En la memorable escena donde Sergio, el personaje principal, filosofa en off sobre la necesidad de hombres fuertes que dominen a los pueblos, corta video y aparece una valla con el rostro de Fidel Castro.

En esta producción, Vilaplana reúne a cuatro importantes actores cubanos: Alberto Pujol, Bárbaro Marín, Coralia Veloz y Jorge Perugorría, para articular la tragedia de tres amigos que en un solar habanero, deciden tomar venganza contra una vieja comunista y delatora, responsable del presidio de un amigo sentenciado a prisión por tener un dólar.

La anciana delatora, Delfina, es un símbolo en la literatura policial revolucionaria, ligada a las tareas de los Comités de Defensa de la Revolución, una organización creada para vigilar a la sociedad cubana desde la comunidad.

El gato negro, en criterio que comparten el poeta y crítico Víctor Domínguez y el poeta y periodista Jorge Olivera, es una alegoría a la maldad de la revolución. De ahí la importancia de matarlo y hacer comer sus restos purificados por el fuego al ente tangible de la tragedia, Delfina. Otra alegoría es el desenlace de la película, previamente sazonada con un sólido monólogo de Armando (Alberto Pujol), que simboliza el estado de descomposición de la nación cubana al interior de la isla.

A pesar del éxito de su agresivo discurso, la película no llega a conectar claramente con el público maduro, ante todo por algunos gazapos trascendentales para quienes vivieron el momento que dice representar la obra, 1989, un año recordado por ser el último de la bonanza proveniente de la Unión Soviética.

Quizás si la trama la ubicaran en la década del 90 de manera imprecisa, pues no se notaría el desliz. Y esto es importante, pues en el año de la caída del muro de Berlín, aún no existía el cerelac, ni la masa cárnica, ni los horrores comestibles que vinieron solo dos años después, cuando literalmente los hambrientos cubanos se comieron los gatos y los perros callejeros. Cuando fusilaron al General Arnaldo Ochoa, aún la gran crisis no se desataba. No obstante, un solar es un solar, mientras no se demuestre lo contrario.

Otro desacierto es la producción y la dirección de arte, que no revisaron el vestuario de los actores, ni sus rostros. Algunos demasiado hermosos para aparentar hambre o desesperación. Excepción especial para el actor Bárbaro Marín, en el papel de Camilo, quien mejor caracteriza su personaje.

No se desdeña como descuido la aparición en medio de la supuesta hambruna, de dos rollizos mozalbetes con esmeradas camisas y sofisticados espejuelos, símbolos de estatus más que elevados para nuestra realidad aún hoy, y que no corresponde con el lenguaje cinematográfico.
Y es que Lilo Vilaplana, el exitoso director del seriado “El Capo”, pasó por alto una de las claves del cine: los diálogos no sustituyen a las imágenes.

Las primeras escenas de la historia, escrita a dos manos entre Lilo Vilaplana y Alberto Pujol, resultan disfrutables, casi hilarantes, en especial cuando el personaje que encarna Bárbaro Marín decide -- según el énfasis de sus palabras -- ir a cumplir la riesgosa misión en la que le va la vida con una escopeta de perle. No menos fabulosa es la escena en que la chivata Delfina, al salir a cumplir su misión como informante, toma el mando del auto patrullero, en bata de casa.

¿Pero, por qué una película con lamentables imprecisiones se convierte en un fenómeno de público, a tal punto que en los corrillos culturales ocupa un sitio prominente? Pues al valor extra artístico.

Nunca se hizo en Cuba un filme que atacara directamente al castrismo y al comunismo, expresamente. De hecho el público se quejaba por las evasivas que daban los artistas a los peliagudos temas de la realidad nacional, donde tanto el cine como el teatro, bordeaban los temas pero no los enfrentaban.

Y no le falta razón al respetable público. Filmes como “Lisanka”, que abordaba la crisis de los misiles 1963, tiraba a relajo el tema. “La vida en rosa” ocultaba en un sinfín de ruidos y hasta en una ola marina el grito de libertad. Más cercanamente las películas “Conducta”, “Casa vieja” o “Habanastation” jugaban al realismo socialista sin meterse con el problema mayor.

Si hace veinte años, “Alicia en el pueblo de Maravilla” marcó pauta de los niveles de censura y de autocensura de los autores, ahora “La muerte del gato” derriba muros, sobre todo por participar en ella reconocidos actores que viven en la isla y pueden sufrir las consecuencias de tal atrevimiento.

Los tiempos cambiaron y una película como la de Lilo Vilaplana pasa ahora de mano en mano. Lo importante en mi humilde opinión es subir el nivel artístico, porque el discurso político ya todos lo comprendimos.

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