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El autor pone fin a sus reflexiones en torno a la locuacidad del cubano observando una bandada de pericos que sobrevuela su hogar en la Florida

La mudez de los peces alerta al cubano sobre los peligros de la profundidad.

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Nada certifica que, alguna vez, todo fuera silencio: todo pudo ser sonido. El silencio nació cuando algo comenzó a faltar. Hablamos para corregir la falta.

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El pueblo cubano no se va de la lengua, más bien consiente que la lengua se vaya de él, y le agradece el haberlo escogido para dar testimonio de la importancia de ambos en la evolución del animal humano.

Como la bandera luce a su ejército en pleno campo de batalla, la lengua luce al pueblo cubano, que no gesticula cuando habla: tremola.

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Los animales domésticos apenas conocen el silencio: nos oyen pensar.

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La conversación cubana es una fuga, en el sentido musical del término. Todos los que participan en ella hablan simultáneamente, pero lejos de interrumpirse los unos a los otros hacen con sus monólogos una trama de contrapuntos que remonta al barroco.

Ninguno de esos monólogos se desentiende de los demás, al contrario, el conversador desarrolla tantos oídos como la ocasión demanda y dirige su discurso a cada uno de sus contertulios, quienes sin perder el hilo de sus propias disertaciones hablan al unísono e intentan, como él, que la voz prima sea la propia.

Nadie ignora qué dicen los otros, aunque sólo parezca oírse a sí mismo. Las frases de despedida ensayan un último canon pronunciándose y desvaneciéndose en perfecta sincronía, y la congregación se dispersa tan feliz como los músicos de la Iglesia Luterana de Santo Tomás en Leipzig, entre 1723 y 1750, después del estreno de una composición Juan Sebastián Bach.

La obra de José Lezama Lima, apoteosis del barroco cubano, resulta más accesible si el lector la aborda como una conversación y, ya familiarizado con su carácter polifónico, distingue el bajo continúo en los silbidos procedentes del aparato respiratorio del escritor asmático y, lejos de guardar silencio mientras lee, también habla.

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Lenguado (Solea vulgaris) – Pez oriundo del archipiélago cubano.

Lingüine - Natural del municipio de Güines, provincia de La Habana.

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Aunque el silencio no mata, ojo con el exceso.

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Maldita costumbre

de hablar por hablar.

Pero si me callo

soy un muerto más.

Mejor me resigno.

Mejor: no está mal.

Bonita palabra.

Bien dicha, además.

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El silencio es un grito que nadie escucha, a no ser el cubano. Hablar es darle un respiro a quien lo profiere –y hasta un consuelo, quizás-- aunque no conste de quién se trata.

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Entre las danzas para piano de Ignacio Cervantes, el compositor cubano más revelante del siglo XIX, hay una titulada “Pst”.

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Un título de Mariano Brull, desplegado en vallas a todo lo largo y ancho de Cuba, tendría efectos más radicales que la imposición de una dieta a base de perejil: “La casa del silencio”.

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El cubano no ama la música, ama el sonido. Si él calla, algo tiene que sonar, y si lo que suena está a la altura de su discurso, siente que se le hace justicia.

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El silencio está al borde de la nieve,

donde hay mucho silencio siempre enfría…

Hablar abriga.

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Una bandada de pericos sobrevuela los árboles que rodean mi casa. No se posan: emigran. No conversan: discuten. No vuelan en línea recta: van y vienen en círculos. No se ponen de acuerdo: deben de ser cubanos.

Amo los pájaros perdidos
que vuelven desde el más allá,
a confundirse con un cielo
que nunca más podré recuperar.

Vuelven de nuevo los recuerdos,
las horas jóvenes que di,
y desde el mar llega un fantasma
hecho de cosas que amé y perdí.
*

*Canción de Astor Piazzolla y Mario Trejo

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