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El autor reseña un duelo a muerte en el Teatro Payret de La Habana.

La verbosidad del cubano es una prueba irrefutable de su amor a la simetría. Habla por todo lo que callará de muerto.

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Lo contrario del silencio no es el sonido sino el desorden. La música juega con el silencio; el ruido, que es música descompuesta o por componer, no. El pueblo cubano duda a cuál amar más.

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Los cubanos se hablan desde la azotea de un edificio de varias plantas a cualquier espacio situado a nivel del suelo; desde un balcón abierto a un lado de una calzada, a uno abierto al otro; desde un automóvil aparcado, a uno que transita a alta velocidad; desde los albores del siglo XIX, a los del siglo XXI; desde el más acá al más allá, y se entienden.

Si no les preocupara sufrir represalias o quedarse afónicos se hablarían de la costa norte de Cuba a la costa sur de Estados Unidos, sin más caseta telefónica que el espacio marino, sin más auricular que las olas, sin más tono para discar que el silbido del viento.

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La cruzada del pueblo cubano contra el silencio tiene un paladín en el poeta José Manuel Poveda (1888-1926), quien animado por las drogas heroicas y el alcohol salía al portal de su casa, revolver en mano, y disparaba para matarlo.

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El dueño de las nubes no sabía

cuáles de ellas mutaban al azar.

Le bastaba mirarlas, ver que oía

el silencio que hacían al pasar.

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“No es cuestión de hablar menos sino de callarse”, concluyó un cubano. A lo que su interlocutor, asintiendo, y como temeroso de lo que pudiera ocurrirle si se apresuraba a ser el primero en practicar tamaña abstinencia, sugirió: “Empieza tú”.

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Edvard Munch retrató el silencio y llamó al cuadro “El grito”.

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La música no suprime el silencio, lo incorpora. De ahí que nada entusiasme más al pueblo cubano que el espectáculo de alguien dispuesto a consumar lo que la muy timorata deja a medias.

La soprano Caridad Suárez, predilecta del público habanero de los años treinta del siglo pasado, impuso el rol protagónico de la zarzuela “María la O” a fuerza de facultades, temperamento y maña para ofrecer a sus compatriotas lo que éstos apetecían: un duelo con el silencio.

La tiple se las arreglaba para que los compases finales de su abusiva romanza la sorprendieran al fondo del escenario donde, con un hilo de voz y a capella, atacaba el agudo suicida y regulando el sonido en impecable crescendo iniciaba su vertiginosa andadura hacia el público.

Justo al borde del foso de la orquesta donde ya muchos, espantados, la veían caer, la muy intrépida se detenía en seco, miraba ferozmente a lo más alto y distante del recinto atónito, a la platea en ascuas y, sin soltar la nota cuyas reverberaciones iban y venían por las calles aledañas al coliseo y desvelaban a los vecinos que se habían ido a la cama temprano, enfilaba hacia un lado del escenario y, aún pitando, desaparecía entre bambalinas.

Un crítico teatral juraba haber observado a más de un espectador abandonar la sala cuando la artista pinchaba el agudo, haberlo seguido hasta la acera del teatro y haberlo visto visitar el portal de un establecimiento vecino, solicitar una taza de café, saborearla y regresar a su butaca a tiempo para disfrutar de las postrimerías de la hazaña y sumarse a la ovación.

La fascinación del pueblo cubano por cualquier cantante dado a correr estos riesgos es menos infantil de lo que algunos sospechan. Más que las dotes naturales y la destreza del duelista al que apuesta, lo encandila la ilusión, no importa si momentánea, de ver morir al silencio.

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No sé cuánto pesa la lengua del ser humano, pero apuesto que la del cubano pesa menos que las demás. La ligereza que se nos imputa no la excluye: la lubrica.

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Que en los momentos más solemnes el silencio se guarde implica que puede correr peligro. Hay cubanos en todas partes.

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