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El autor comenta las tensas relaciones del pueblo cubano con el silencio.

Las olas que estallan contra el malecón de La Habana parecen decirnos lo que el rey Juan Carlos I de España a Hugo Chávez Frías: ¿por qué no se callan?

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El cubano no guarda silencio, guarda palabras --para decirlas a la primera oportunidad.

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Nadie más silencioso que un maraquero. Sabe que si habla mucho, la sonoridad de sus maracas menguará. El caudal de cosas por decir de un músico y el poder expresivo de su instrumento son proporcionales.

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El silencio no es más que el sonido cansado,

si no el pueblo de Cuba ya lo hubiera enterrado.

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La afición a hablar de algunos miembros de mi familia ha sido y es motivo de desasosiego para quien vive de prisa, entabla conversación con ellos y advierte cómo ésta puede transformarse en un soliloquio interminable. Sólo los parientes les disculpamos. Su parloteo no es cuestión de voluntad sino de sangre, fatalidad del apellido: Lora.

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Nadie agradece un minuto de silencio en Cuba. Ni el muerto.

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El tejido que ancla la lengua al suelo de la boca, impidiéndole saltar fuera de ésta o resbalar hacia atrás y atragantarnos, es más flexible en el cubano. Quien pulse el borde del suyo lo sentirá vibrar como la cuerda de un arpa y llenarle de música la cabeza. No es un don del país sino una recompensa por haber hablado tanto.

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La magnitud de la pérdida de las facultades mentales de un cubano es fácil de evaluar: mientras más loco, menos habla.

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No se trata de matar el silencio: sólo de hacerlo callar.

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Los amantes cubanos apenas se dirigen la palabra: es la mayor demostración de amor que cada uno puede hacerle al otro.

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No saber lo que dice no priva al cubano de decirlo. Y el placer que deriva de su audacia es tan obvio que aun los que saben que no sabe lo que dice callan y disfrutan de su facundia, convencidos de que es más provechoso escuchar a alguien que goza diciendo lo que no sabe, que escuchar a un soso que sí sabe lo que dice.

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Ante la imposibilidad de hacer callar al público que no cesaba de chacharear, impidiéndole dar inicio a su actuación, Hortensia Coalla, la gran soprano cubana, avanzó hacia el proscenio y emitió una potente y prolongada nota aguda. El público guardó un silencio religioso durante la emisión. Pero acto seguido reanudó la cháchara.

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Lo que la nariz a Góngora en el soneto de Quevedo,

Érase un hombre a una nariz pegado,

Érase una nariz superlativa,

la lengua al cubano.

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