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La India Habana, José Martí y Marilyn Monroe


El autor intenta explicarse la inclemente pulsión erótica que padece el pueblo cubano.

El desparpajo con que algunas estatuas muestran la totalidad de sus cuerpos indigna. No es justo que estas descendientes nuestras perviertan los centros de cultura y los lugares públicos con su renuencia a cubrirse lo que, por razones de la más básica urbanidad, debe sustraerse a la vista. No satisfechas con mostrar los senos y, con frecuencia, el ombligo, dejan caer el resto de sus ropas, las arrojan nadie sabe dónde --si lo supiéramos nos apresuraríamos a buscarlas y a echárselas encima-- o se plantan encima de ellas, desafiantes, restregándonos su derecho a la impudicia y poniendo en evidencia nuestra ineptitud para hacerlas recapacitar: nadie ha logrado que una estatua alce un pie para permitir que los guardianes de las buenas costumbres tiremos de las vestiduras que pisan y con las que el escultor, pudoroso, intentó ataviarlas.

Se insiste en la voluptuosidad del pueblo cubano, evidente o implícita en todas y cada una de sus expresiones verbales, corporales y culturales, y se persuade de que ese encandilamiento perenne abarca a la naturaleza misma –la vegetación, el mar, los animales no humanos, las nubes que, cuando dicen a amontonarse, son pura orgía, ávida de tener réplica entre sus admiradores de abajo--, pero se obvia la dificultad de que un pueblo sea casto cuando en el mismísimo corazón de su capital hay una joven de mármol, sobre una concha de agua, con una cornucopia de frutas tropicales en una mano y los pechos al aire. Esos pechos redondos, húmedos, de pezones tirantes y sabor a salitre, son los culpables de la lubricidad que rezuma el país. Tras ellos vienen los huracanes, por ellos se enemistan los hombres, y por ellos también hasta los pensamientos del cubano más puro están hechos de carne.

La Fuente de la India o de la Noble Habana, instalada en 1837, un día después de que un vendaval arrasara árboles y domicilios de la región, rige Cuba, llenándola de deseos más y menos satisfechos. Aquel vendaval, que tenía noticias de su develamiento, equivocó la fecha y arribó a la isla unas horas antes de que la obra fuera expuesta: los vendavales suelen desdeñar el reloj y soplar en dirección contraria a la que sugieren las agujas de un mecanismo que subestiman y que controla, desde su engañosa humildad, la aparición y desaparición de los astros y la duración de la vida. De ahí, su furia: vino por la joven y no la encontró. O la encontró pero cubierta de trapos, y al prohibírsele desnudarla --o negarse ella misma a hacerlo-- arremetió contra todo lo que se alzaba a su alrededor. La estatua no se da fácilmente, aunque la isla entera yazga a sus pies y entre sus pretendientes figuren algunos tan encumbrados como el diario sol.

La breve relación de orden estrictamente sexual sostenida por José Martí con una indígena en plena selva centroamericana, a orillas de un río, pudiera ser la consumación de un deseo despertado por su paisana habanera. De niño, y sobre todo de adolescente, el escritor debe de haber frecuentado las inmediaciones de la fuente y de haber sentido, además de la voz del agua que mana de las bocas de los cuatro delfines que la custodian, la imantación del bello torso desnudo. El encuentro relámpago con la bañista de carne y hueso se registra en un texto publicado en el periódico "The Hour" el 21 de agosto de 1880:

cruzando una magnífica tierra, la costa atlántica de Guatemala, donde --como una Venus coronada, saliendo de un río cristalino-- una flexible, esbelta, pero voluptuosa mujer india, se mostraba al viajero sediento en todo el encanto majestuoso de una nueva clase de impresionante y sugestiva belleza, amé y fui amado.

La razón del idilio reaparecería en un poema de título revelador: “Sed de belleza”, donde Martí pide que se le conceda lo perfecto, y entre un dibujo de Miguel Ángel y el cráneo de William Shakespeare sitúa

la manceba
India que a orillas del ameno río
Que del viejo Chichén los muros baña
A la sombra de un plátano pomposo
Y sus propios cabellos, el esbelto
Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.

Esa sed de Martí, generada y distribuida por la estatua en cuestión, recorre Cuba y no tardará en recorrer Estados Unidos y atizar la libido de sus ciudadanos si los guardianes de la moral del país no se apresuran a exigir la fundición inmediata de la monumental estatua de Marilyn Monroe que ha sido instalada en una plaza de Chicago. La obra, de acero inoxidable y aluminio, pesa diecisiete toneladas, tiene ocho metros de altura y muestra a la actriz en una de las escenas más emblemáticas de su cinematografía: vestida de blanco, sobre una rejilla del metro de Nueva York y presa del éxtasis que le produce una columna de aire subterráneo que aflora por la rejilla, le levanta la falda y la refresca toda.

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El buen gusto de la crítica no ha tardado en condenar el malo del escultor, el de quienes auspiciaron la instalación de la efigie, y algo más grave aun: la conducta de las personas que se apresuran a situarse debajo de ella y reaccionan a su influjo. Richard Roeper, columnista del diario The Chicago Sun-Times, señala: "peor que la escultura en sí misma es el tipo de comportamiento fotográfico que está inspirando. Hombres (y mujeres) le lamen los pies y las piernas a Marilyn, se quedan embobados bajo su falda, y apuntan a sus bragas gigantes mientras las miran lascivamente y sonríen”.

El día que la Noble Habana vista corpiño, la pulsión sexual que gobierna a Cuba y que suele desdoblarse en períodos de insatisfacción, represión y violencia multitudinarias, se replegará permitiendo que el pueblo cubano viva en calma.

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