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El autor canta la maravilla del papel sanitario en plena era digital.

Quien teme la desaparición del papel a manos de la tecnología digital debe reconsiderar sus temores reparando en que hay roles que ésta, tan avasalladora en sus pretensiones, difícilmente podrá asumir. Si el temor persiste, bastará poner delante de quien lo padece un rollo de papel sanitario: mudo, le hablará a gritos y lo tranquilizará. El papel no pierde terreno: lo cede, mientras se lanza a la conquista de empresas reservadas, hasta ahora, a materiales más resistentes. Por ejemplo, la tela.

No todos los rollos de papel sanitario son iguales: entre ellos, como entre los hombres, existe una amplia gama de jerarquías y temperamentos. De las primeras hablan los costos y el lugar que los rollos ocupan en los anaqueles comerciales. Es poco menos que imposible alcanzar algunos, y cuando se les alcanza no es raro que transijan a ser apeados a regañadientes, valiéndose de su envoltura de nailon para hurtar el cuerpo y escurrirse entre las manos de quienes, de puntillas, los solicitan como las adolescentes al ídolo al borde del escenario. Tampoco es raro que, al ceder, los rollos tumben y arrastren consigo a más de un camarada cercano y que todos golpeen la cabeza de quien les solicita, creando una autentica confusión en el pasillo por el que ruedan como trozos de columnas deshechas. Ante una multitud de rollos de papel sanitario precariamente apilados o dispersos por el piso, se siente lo que el viajero al llegar a Éfeso y contemplar sus ruinas.

De los temperamentos habla el tacto. Hay rollos que agradecen un apretón y se hunden bajo las yemas de los dedos como paquetes de alteas, mientras otros permanecen rígidos, previniendo al usuario de sus malas pulgas y de su intención de hacer todo lo posible para que no vuelva a recurrir a otros de su marca. Los rollos que no muestran flexibilidad al primer contacto no son de fiar, pero a veces la culpa no es suya sino de la máquina que los fajó, convirtiendo la masa del propio papel en corsé; o del cilindro de cartón que les sirve de tripa y que cumple al dedillo su tarea de impedir que el rollo se deshaga y una lengua de papel sanitario se extienda por el piso del establecimiento como la estela de un caracol gigante.

Una vez despojados de su envoltorio, hay rollos ásperos, suaves, inodoros, aromáticos; de textura simple o primorosamente repujada; amigos de rasgarse las vestiduras al primer tirón o de permanecer agarrados a su meollo; de dar vueltas y vueltas en torno al pequeño eje de metal, madera o plástico al que sirven de pulsera o de atascarse en la concavidad, hecha a su medida, que más de un arquitecto les reserva en la pared más próxima al indispensable tazón de porcelana.

Hay papeles sanitarios amigos de ser plegados como pañuelos y de reposar largamente, a manera de velos, sobre las rodillas del usuario, o de ser estrujados, como una virgen jamona, por la premura de unos dedos. Y los hay ávidos de arrojarse al agua, donde su conducta es impredecible: tan pronto desaparecen en las profundidades del retrete --buzos a la caza de un tesoro escondido o al auxilio de un colega-- como insisten en flotar boca arriba, en la superficie, bajo un sol procaz. Verlos desaparecer en un remolino de materia innombrable desencadenado por quien acaba de aprovecharse de ellos debería despertar el temor a una venganza proporcional.

Detenerse ante los estantes de una tienda de artículos domésticos estadounidense donde se amontona el papel sanitario y reparar en las marcas más populares es comprender por qué la tecnología digital no alcanzará a sustituirlo: Angel Soft, Cottonelle, Charmin… Este último, cuya denominación en español sería Encantador (la omisión de la “g” final, imprescindible al gerundio en inglés, constituye un guiño), es tan celoso de la calidad de sus oficios que se desglosa en cuatro personalidades: “Básico”, “Ultra Fuerte”, “Ultra Suave” y “Sensitivo”. Al pie de ellos suelen inmolarse las toallitas húmedas, también de papel, cuya denominación insinúa su carácter novel y complementario: Freshmates, es decir, “Compañeras Frescas”.

La futura industria del papel higiénico cubano bien podría incluir, entre sus rótulos o lemas, el título de una canción heráldica de la isla: “La gloria eres tú”. La frase resumiría lo que el consumidor opina del papel o viceversa, lo que el papel opina de quien lo consume, y hasta lo que cada uno, simultáneamente, opina del otro. Hay amores a primera vista, y un piropo puede ser el detonante.

Las victorias de la tecnología digital palidecen ante la capacidad del papel sanitario para multiplicar sus beneficios y, sin dejar de servir sus propósitos habituales, dar pruebas de ser el material idóneo para confeccionar --por sus precios módicos, levedad y color-- una de las prendas más exquisitas de la cultura occidental: el vestido de novia. Un certamen anual, con sede en el sur de la Florida, convoca a modistas y modistos versados en este tipo de trajes a diseñar y exhibir sus modelos con la condición de que éstos se confeccionen en papel sanitario y puedan ser vestidos y paseados sin detrimento de las piezas.

La séptima edición del evento logró reunir casi un millar de ajuares procedentes de distintas partes del mundo y contrapuntear sencillez y glamour. Las fotografías de los finalistas muestran a un grupo de jóvenes luciéndolos y presas de una felicidad mayor que la que hubiera podido proporcionarles un vestido de tela. Nada de trapos firmes y cremalleras reacias a la consumación del acto carnal: blancas tiras de papel que la recién casada exhortará a su pareja a arrancarle y que ella misma, impaciente, se arrancará y arrojará alrededor de ambos o encima del lecho; tiras que se adherirán a las extremidades desnudas como vitolas, y cuyo blancor maltrecho ruborizará a las sábanas.

La extracción de unos rollos de papel sanitario de una estantería comercial exige delicadeza: nada de forzarlos si sacan el cuerpo. La novia no hace acto de presencia hasta que escucha los primeros acordes de la “Marcha nupcial”.

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