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El autor recuerda una experiencia de su infancia en un solar de Cuba.

el huevo, el nido, la casa, la patria, el universo.
Víctor Hugo
“Notre-Dame de París”

El hallazgo de un nido entre la hierba figura entre los recuerdos más vivos de mi infancia. No sabría decir qué edad tendría entonces; sí, que las hojas que me rodeaban eran de mi estatura, que algunas hincaban como púas o batían bordes muy ásperos, y que sólo braceando contra ellas y sufriendo algún que otro rasguño había podido abrirme paso hasta los alrededores de un claro donde segundos antes había oído un revuelo. Hoy reconozco en esas hojas de doble filo que centellaban al golpe de la luz solar, un calco en serie de la espada que guarda las puertas del Paraíso.

El terreno por el que avanzaba estaba en medio del pueblo, a pocos pasos de mi casa, pero su abandono era total y la vegetación que lo cubría había ido explayándose en matojos y enredaderas hasta convertirlo en un bosque en miniatura, tan capaz de picar mi interés como de inspirarme temor. Al fondo vivía una mujer que había perdido la razón. Al frente, al cruzar la calle, bullían una carnicería, una estación de vehículos que visitaban las inmediaciones del pueblo y la clientela de un carrito de pru, bebida propia del Oriente cubano, hecha con raíces, agua y azúcar. De llevarme un susto –debo de haber razonado-- bastaría con echar a correr y romper a gritar: el vecindario entero se apresuraría a auxiliarme.

La aventura ameritó el riesgo. Un puñado de huevos cuyas tonalidades iban del oro viejo, el beige y el rosa al blanco me aguardaba en el suelo detrás de una maraña de verdes, sobre un montón de paja deshecho al sol, y si una sensación conservo fresca es la que me produjo, al palparlos, la suavidad de la cáscara, la plenitud de las formas (cada huevo parecía repetir la misma y, sin embargo, insinuar una variante) y sobre todo su calor: el animal que se gestaba en cada uno de ellos no sólo parecía habitarlo sino comprenderlo: esos huevos latían. Era obvio que la gallina había permanecido echada largo rato y que sólo se había apresurado a huir al percatarse de mi proximidad. El asustado asustaba.

Nada dije del descubrimiento. Nada me llevé de él que no fuera la visión de ese ámbito encantado que abandoné de espaldas, despacio, como si las hojas de hierba seca que crujían debajo de mis pies fueran las cáscaras de otros huevos, como si la Tierra misma fuera uno; fija la vista en la luz que reposaba --gallina mayor-- sobre el nido. Se me había concedido el milagro de contemplar algo oculto al resto de los seres humanos, porque para un niño de provincia su pueblo es el mundo, y sus coterráneos, la humanidad, y era mi deber asegurarme de que ese milagro no sufriera daño.

No ignoraba la forma más común de un nido ni su función: había oído hablar de ellos y es posible, incluso, que hubiera avistado alguno entre las ramas de los árboles cuando jugaba con otros niños del pueblo y del campo, adonde iba a pasar temporadas que jamás debieron tener fin. Pero éste sólo lo había visto yo. Es más, éste sólo lo vería yo si los huevos no tardaban en eclosionar. Y sólo yo he seguido viéndolo, intacto, desde lejos, durante más de medio siglo. Si el terreno donde lo dejé permaneciera virgen no titubearía a la hora de señalar, con precisión de guía, el lugar exacto donde estuvo; donde está. Ese claro se abre en mi memoria con la nitidez que debe de haberse abierto en la del primer hombre la imagen de su primer hábitat luego de que Dios lo expulsara de él.

Desde entonces he vivido en busca de experiencias similares, de espacios donde lo más agreste se entreabra y permita husmear. Y entre esos espacios --que pueden abarcar desde una hoja de papel en blanco hasta la pantalla vacía de mi ordenador: nada más intrincado que el silencio-- está el idioma, donde crece la hierba de las palabras y pone sus huevos la poesía.

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