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El autor narra una experiencia vivida en un tramo de arena de Miami Beach

Nadie sabe dónde le espera un milagro, pero la orilla del mar es un lugar idóneo para que éstos ocurran, sobre todo si se le recorre temprano, cuando el sol emprende la conquista del espacio y la arena exhibe una amplia selección de criaturas y objetos relucientes.

La buena suerte me permitió desandar un sinnúmero de mañanas por la orilla del mar, barbudo, greñudo, descalzo, con pantalón corto y camiseta raída, la mejor para infundir en el ánimo una honda sensación de libertad, la mejor para que el viento se cuele por ella y cargue con uno, aunque ambos pies sólo accedan a separarse del suelo juntos unos centímetros a la vez. Y esas andanzas me permitieron ser testigo de varios milagros, entre ellos uno a cuyo recuerdo suelo abandonarme.

Caminaba por una playa del sur de la Florida con los pies metidos en la espuma, sin más compañía que una bandada de gaviotas que revoloteaba o se posaba a mi alrededor y una bandada de pensamientos empeñados en imitarlas, cuando descubrí, a lo lejos, un resplandor inusitado, un resplandor que rivalizaba con el del sol pero que tenía asiento en la playa, como si al borde del agua hubiera estallado un incendio o se revolviera, loca, la espada que Dios situó a las puertas del Paraíso.

Agucé la vista intentando adivinar de dónde procedía aquella luz que enviaba rayos a todas partes, que partía de un centro sin contornos, de un enorme centro cuya intensidad era tal que mientras más se escrutaba, más difícil se hacía ver dentro de ella. Era una luz blanca que al dispersarse barajaba todos los colores del arco iris, rompiéndose y arrojando esquirlas al aire sin menoscabo de sí misma. Apreté el paso temiendo que el fenómeno se eclipsara y hasta anhelando --cosas que sólo se le ocurren a un hombre solo que conversa con Dios a diario y cree en el misterio y la maravilla del mundo-- que aquella playa desierta me reservara una zarza ardiente.

No sé cuántos minutos necesité para salvar la distancia que me separaba de aquella luz. Las gaviotas desaparecieron; el mar, a mi izquierda, y la enorme franja de arena a mi derecha se replegaron. El paisaje se redujo a aquel fulgor al que me dirigía como una nave imantada por el origen del universo, en dirección contraria a los cuerpos que echó a volar el Big Bang y entre los cuales aún viajamos; se redujo a aquel fulgor en el que me introduje ciego y del que de repente comenzaron a brotar voces, risas y chapaleos.

Nada distinguí hasta que estuve a punto de chocar contra el meollo más duro de la candelada: eran veinte o treinta sillas de ruedas vacías, encajadas en la ribera húmeda, golpeadas por el sol, perfectamente colocadas unas al lado de las otras, como un escuadrón de hierro inofensivo que oteara el horizonte. Y delante de ellas, allí donde el mar no asusta a los niños, no sé si flotando o encallados en el fondo, mangles humanos, veinte o treinta jóvenes parapléjicos semidesnudos, custodiados por un pequeño grupo de guardianes y parientes que bromeaban con ellos y se apresuraban a sacarlos de cualquier apuro en el que alguna ola distraída pudiera ponerlos.

Los jóvenes, de ambos sexos, desbordaban felicidad, y tan pronto celebraban el hallazgo de una concha que el agua revuelta ponía en sus manos como los gritos de terror de alguna compañera a quien las hojas sueltas de una planta marina se le adherían al cuerpo. Todo era espuma, retozo, carcajada, expansión y, cabe inferir, sensualidad. Una gran pelota multicolor de hule y aire iba y venía sobre el grupo, reclamando palmas que la mantuvieran en vilo, saltando sobre las cabezas, bendiciéndolas. Era la dicha plena de los desdichados.

Mi presencia no pareció importunar. Es posible, incluso, que nadie se percatara de ella. El chisporroteo del metal y las salpicaduras de las olas que se revolcaban y morían alrededor de las sillas eran un prodigio capaz de difuminarlo todo. Algún joven puede haberme confundido con un espectro extraviado en la luz; alguno, con una figuración de sí mismo algo más viejo, pero sano: nunca se pierde la esperanza de que el futuro repare lo que el pasado quebró.

No quise que mi intrusión pusiera en peligro aquel estado de gracia y decidí esfumarme, volver sobre mis pasos, ir discretamente desde la claridad sin sombra del foco encantado a la sombra clara del día común. Las gaviotas reaparecieron pero ahora, en vez de ser imitadas por mis pensamientos, eran ellas las que los imitaban a ellos, y más que imitarlos, las que los encarnaban.

No volví la cabeza hasta que sospeché que la distancia recorrida a la inversa me permitiría tener una visión más exacta de lo que había dejado atrás. Era el carro de fuego de Elías que, lejos de arrebatar a alguien y desaparecer en las alturas, había vuelto a posarse sobre la Tierra para que Dios, desde él, presenciara de cerca un milagro.

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