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Ellos podrán o no regresar a la isla, pero es evidente que una mayoría, mantiene una identificación ancestral con la nación de origen.

Un número importante de cubanos están diseminados por el mundo. Cierto que el tronco y la raíz estarán por siempre en la isla, pero las ramas se han extendido tanto y creado frutos tan propios, que no será posible su ausencia, donde hoy están presentes, aunque las causas que determinaron la diáspora desaparezcan.

A veces se escribe más con los sentimientos, que con quieto razonamiento, y es que es fácil arribar a la conclusión, de que los cubanos han realizado el milagro de tener casa propia en tierra ajena, y no en una, sino en muchas.

Hechos para demostrar esta hipótesis no faltan, porque se aprecia en la visión diaria, en esa partida incesante de cubanos que por diferentes motivos, deciden abandonar la tierra que les vio nacer. Ellos podrán o no regresar a la isla, pero es evidente que una mayoría, mantiene una identificación ancestral con la nación de origen, por fuerte y cautivador que sea el entorno en el que le corresponda vivir.

El cubano ha construido pequeñas patrias en decenas de naciones y trasladado a ellas, costumbres, hábitos, expresiones, sueños y construcciones. Ha creado en todas las naciones en las que se ha asentado, un círculo interior que en sus diferencias y coincidencias, se nutren sin cesar, enriqueciendo de cierta manera el patrimonio nacional.

Nuestra asimilación, integración, podrá ser total en la vida exterior, pero realizamos una vida interior que se manifiesta y enriquece en nuestros círculos existenciales más estrechos. Pensamos y actuamos con las naturales influencias del ambiente, pero determinados por lo más raigal de nuestra idiosincrasia.

Para el espectador, la manifestación pública del cubano del exterior es sólo política, circunstancias, protagonismo, etc., pero para la mayor parte, la acción pública, es una manera de expresar y reafirmar la identidad nacional.
Es la forma más explícita de proclamar nuestros orígenes, de identificarnos en el medio, sin que esto implique hostilidad al mismo. Es como si dijera: Estoy aquí, estoy bien, pero vengo de allá. .

Si no fuera porque los mas profundos sentimientos nacionales, no sólo los ideológicos y políticos, están presentes con todo vigor en las manifestaciones, no sería posible una militancia que pasa de los 50 años; en los que la frustración, y la desesperanza han ocupado la casi totalidad del escenario. El cubano junto a su rechazo o apoyo a una situación determinada, reclama y clama su origen en consonancia con su carácter.

Ese exacerbado sentido de nación, es una visión inconsciente de los peligros que corre la identidad nacional. En la Cuba de los muros, ya derruídos, se perdió mucho de ese concepto por la imposición de un modelo estatal y de gobierno extranjero, que resultó también en la disminución de la autoestima individual.

Pero en la Cuba sin fronteras el concepto de Nación también corre peligros tangibles, porque existe la posibilidad de una integración total al medio de las generaciones emergentes. Hasta el presente no ha sido así, por eso hay que seguir trabajando para que el espíritu que ha sobrevivido estos años, no cese de nutrirse.

Hasta el momento la Cuba de extramuros representa conscientemente un Valor-Nación por encima del número de personas que la integran. El individuo promedio manifiesta orgullo por sus orígenes y persuade a sus hijos de que también es retoño de otra tierra. Les incita a que se expresen y comporten como tales, atiborrándole de sus costumbres y exigiéndole normas y hábitos que él o ella, poseían en su terruño.

La realidad es que el cubano promedio se siente orgulloso de sus orígenes, no se avergüenza de sus raíces y contempla con satisfacción, más allá de las inevitables miserias, sus éxitos y los de sus coterráneos.

Las generaciones emergentes, sin que esto implique acción política por parte de ellas, no le desertan a sus ancestros. Por etapas se identifican con el nuevo andar, pero la mayoría, en su momento, siente el ardor de la tierra casi olvidada y quizás tampoco conocida.

Inadvertidamente el individuo, el joven casi ajeno a las angustias de sus padres se sensibiliza. Redescubre el idioma, disfruta la comida, antes, tal vez poco apreciada. La metamorfosis se produce y hay un vuelco a las raíces. La música le ocupa, las circunstancias de la tierra original les preocupan. El individuo, ante el ejemplo y la perseverancia de su tronco retoma el rumbo; la angustia de la nación recién descubierta le ahoga y entonces, confiemos, trabajará para perpetuarse junto a ella.

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