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La agonía de Cuba en Miami


"La cuestión no es morir sino esperar / que la muerte no se haga de rogar".

El autor contempla lo que ha sucedido y sucede con la generación de sus mayores.

A la ancianidad cubana exiliada que enfermó, murió y que aún enferma y muere soñando si no con el regreso, que se le ha revelado imposible, sí con un destino mejor para su país.

No se puede andar por hospitales, centros de rehabilitación y asilos, entre sillas de ruedas, bolsas de suero, sondas, drenajes y brazos amoratados por la fragilidad capilar o la torpeza de las agujas para encontrar las venas, sin sentirse uno más entre tanta desdicha.

No se puede andar entre hedores vergonzantes y ropa de cama sucia tirada al suelo, alarmas que se disparan y luces que anuncian el regreso de la ambulancia o la visita de la muerte, equipos de rayos X y camillas donde se retuercen hombres y mujeres semidesnudos que se quejan porque nadie les echa una colcha encima, sin compartir su náusea y su frío.

No se puede andar entre tantos médicos abstraídos –que apenas reconocen a sus pacientes porque éstos ya suman demasiados o la prisa les impide prestarles cabal atención– sin sentir una mezcla de ira por su descomedimiento y de piedad por quienes dependen de ellos; sobre todo por algunos, extranjeros y ancianos, que no entienden el idioma en el que se les habla ni atinan a explicarse por qué la mayoría de esos facultativos descarta los tratamientos que algunos de sus colegas prescriben sin que medie entre ellos mayor comunicación, aislados en sus respectivas especialidades, teléfonos móviles y servicios de contestación automática; extranjeros y ancianos que no comprenden por qué no hay día que los susodichos no revisen sus hojas clínicas como si fuera la primera vez que se enfrentan a ellas, y les sonrían sin ganas y les sometan al mismo interrogatorio que los sometieron el día anterior, cuando ya deberían saber qué los mata.

No se puede andar entre enfermeras que empujan computadoras rodantes como si fueran artefactos de guerra, bromean de una habitación a la otra, ríen, extraen sangre, embuten alimentos y medican o insertan catéteres –mientras el sistema de amplificación de la sala de emergencia esparce música de moda– sin dudar de las razones que puedan haberlas llevado a ejercer tal profesión, máxime cuando alguna, agitando pulseras de metal y acicalada como si mariposeara por un centro nocturno, tararea esa música y hasta parece marcar el compás al desplazarse, obviando las voces de una mujer que amarrada a su cama forcejea y grita con plena convicción de que su casa arde, "¡que se quema el niño!, ¡que se quema el niño!".

Estos versos escritos al margen de la poesía actual no se proponen contrariar esa poesía; acaso ni ser poesía, aunque tampoco presuman de haberse escrito de espaldas a ella: La cabra tira al monte y el verso, por más irresponsable que sea, no renuncia a su aspiración más intrínseca.

Quien anda entre locos acaba loco; quien anda entre moribundos es un moribundo; quien anda entre muertos es un muerto, y no sólo debe hablar por todos sino hacerlo de manera que todos le entiendan, aunque nadie, y mucho menos ellos, se entere.

Y de repente todos fuimos viejos

Y de repente todos fuimos viejos.
El futuro fue cosa del pasado
y el presente, un señor desaliñado
con la mirada fija, siempre lejos.

Y de repente todos los espejos
–incluido el pulposo bronceado
de las jóvenes– fueron demasiado
fieles para apañar nuestros reflejos.

Quien no era una sombra de sí mismo
era un destartalado mecanismo
que a duras penas rezongaba a ratos.

El que no se enfermaba se moría,
y el que resucitaba cualquier día
lo celebraba haciendo garabatos.

La flor del esqueleto

Para no ocasionar gastos mayores
prescindimos de exequias y de flores.

Para no molestar a nadie luego
–ni al gusano– le dimos gusto al fuego.

Ni siquiera una urna: unas cajitas
de cartón y unas cuantas piedrecitas.

A los huesos más duros de pelar
se les tritura y se les echa al mar.

Se les puede guardar en un arcón
hasta que nadie sepa de quién son.

O se les deposita en un jardín:
en el principio siempre estuvo el fin.

La cuestión no es morir sino esperar
que la muerte no se haga de rogar.

A los muertos que aún estamos vivos
nos conviene ser algo deportivos,

y no existe deporte más completo
que escribir en la flor del esqueleto.

Escribir tonterías, ya se sabe:
ni vivir ni morir son cosa grave.

Y escribir, mucho menos. A no ser
que el que escriba se muera de placer.

Es decir, que se mate. La escritura
también tiene su encanto: jettatura.

El suicida es un ente superior,
sobre todo si usa ordenador

y se mata escribiendo. Nada más.
Este muerto se va a vivir en paz.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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