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José Martí para una Cuba futura


Una valla sobre Jose Marti en La Habana, Cuba.

En una Cuba futura debería estimularse el estudio de Martí, la lectura no de sus biógrafos e intérpretes y críticos de su obra, sino de su epistolario, poemas, discursos.

José Martí, hombre superior, polifacético y visionario, cumple hoy 160 años. Utilizo el verbo en presente porque, al menos para sus compatriotas, permanece vivo, aunque muchos lo citen sin conocer a fondo su biografía, obra y pensamiento político. Si en algo concuerdan los cubanos, tras más de medio siglo de divisiones y adversidades, es en el culto al mártir de Dos Ríos.

La primera lección martiana para el presente y sin duda para siempre, la encontramos en esos versos recitados por generaciones de niños en que Martí ofrece una rosa blanca por igual “al amigo sincero” que el cruel que le arrancael corazón con que vive.
El vocablo puede parecer cursi, pero Martí predicaba el amor, y necesitamos una gran dosis de ese sentimiento entre nosotros. Porque el amor – no los ha recordado hace pocos años la Iglesia Católica cubana – “todo lo puede”. Y hay que poder mucho para reconstruir al País, no sólo económicamente, sino en su fibra moral, sus valores éticos. Consciente o inconscientemente, con mayor o menor grado de responsabilidad, nos hemos herido unos a otros, y no puede haber futuro sin perdón, amor y reconciliación. Solo así recobraremos la capacidad de soñar, y, por tanto, de imaginar un futuro común, un proyecto de nación.

Como todo ser genuino, el Apóstol de la independencia cubana fue un hombre lleno de contradicciones, que sin embargo supo conjugar con armonía poética. Nacionalista y universal; criollo y cosmopolita; crítico del imperialismo estadunidense, admirador de su sistema democrático. Cultivaba los amigos uno a uno, pero sabía hablarle a las masas y conmoverlas hasta las lágrimas. Anhelaba echar su suerte con los pobres de la tierra, pero sabía, como Napoleón, que para la guerra hacía falta “dinero, dinero y dinero”. Dedicó su vida a luchar contra la corona española, pero amaba sin saña a la Madre Patria “la de la heroica defensa/ Por mantener lo que piensa”.

¿Cómo aplicamos esta actitud alpresente y al porvenir? Armonizando los polos opuestos de nuestras propias paradojas. No es más o menos cubano el que también sea, por ley y por querencia, americano, español o ruso; no hay que dejar de admirar lo bueno de los países democráticos porque no siempre coincidamos con sus políticas externas, incluso hacia Cuba. El dinero hace falta no sólo para la guerra, sino para construir la paz, y todos deberemos contribuir en la medida de nuestras posibilidades. Pero sobre todo, hay que aprender a distinguir a Cuba de su gobierno. Nuestra Patria no es un individuo, ni dos, ni quienes ostenten el poder, que por mucho que duren, siempre serán pasajeros. Es mucho más. Aprendamos sobre su historia y su cultura. El conocimiento es amor, decía San Agustín.

En una Cuba futura debería estimularse el estudio de Martí, la lectura no de sus biógrafos e intérpretes y críticos de su obra, sino de su epistolario, poemas, discursos. En sus propios textos podremos captar a cabalidad la grandeza de este hombre, que nació sin duda adelantado a su tiempo – precursor, entre otras cosas, del respeto a las minorías étnicas y los derechos humanos – y cuyo pensamiento y acciones mantienen asombrosa vigencia.

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