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Una dieta socialista


El secreteo sobre la dieta de Fidel Castro parece infantil. ¿A qué puede temer un régimen que presuntamente lo tiene todo amarrado?

Hay un hecho cierto: El gobierno de Cuba considera la salud de Fidel Castro secreto de Estado. La cúpula gobernante arguye que se ve obligada a guardar celosamente estos datos porque el enemigo imperialista, siempre buscando cómo crear incertidumbre en la población cubana, puede utilizar cualquier información relacionada con el máximo líder para cuestionar su energía y vitalidad.

No hay por qué negar esa posibilidad, en la misma medida que es posible observar un cisne negro aun cuando se piense que todos los cisnes son blancos. Pero se trata, en realidad, de una normativa proveniente del antiguo bloque soviético, la cual refleja cuánto ha penetrado en la conducta del cubano la cultura eslava. Un comportamiento que se caracteriza por “el secreto, la falta de franqueza, la duplicidad, la sospecha y la hostilidad”, como lo describiera en su día el legendario diplomático estadounidense George F. Kennan.

Se trata de una norma ajena al carácter isleño, gregario, comunicativo, siempre dispuesto a entablar una conversación con el vecino como si le conociera de toda una vida. Fue necesario sembrar el terror para que la población cubana, preocupada por no perder suministro, techo, educación y salud, se autocensurara. Todavía resuena en la conciencia cubana el dictum, “Dentro de la revolución todo; fuera de la revolución ningún derecho.”

Sin embargo, acabamos de ver que a pesar del control que ejerce el gobierno castrista sobre los medios de comunicación (incluido la internet) alguien se las ingenió para filtrar los componentes de la dieta socialista del jubilado comandante diseñada en el Instituto Finlay de La Habana. La procedencia y el alto costo de estos alimentos son datos sensibles que pueden decepcionar aún más a un pueblo agotado económica y espiritualmente.

Como era de esperar, la contrainteligencia militar lanzó un fuerte operativo en el Instituto Finlay en busca del audaz funcionario que burló la hermética vigilancia en torno a Fidel Castro. La filtración ha causado nerviosismo y hasta pánico en las más altas esferas del gobierno, una reacción desmesurada si en realidad lo que ha trascendido se redujera a unos cuantos datos inofensivos sobre los privilegios del ex gobernante. En tal caso, el círculo íntimo de Castro podría argüir que el comandante le ha dedicado toda su vida a la revolución y ahora merece una atención especial.

Pero llama poderosamente la atención que la dieta diseñada por especialistas cubanos para fortalecer la salud del enfermo “no incluye productos de origen animal”, como son la carne, el pescado y las aves, fuentes fundamentales de proteína para el buen funcionamiento del cuerpo pero vedado, como se sabe, a los pacientes con cáncer. El ex jefe de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, John Negroponte, reveló en 2006 al diario The Washington Post que Fidel Castro padecía de una enfermedad terminal y le quedaba muy poco tiempo de vida. La noticia también fue publicada por el diario británico The Independent. La dieta socialista pudiera confirmarlo.

El secreteo sobre la dieta de Fidel Castro parece infantil. ¿A qué puede temer un régimen que presuntamente lo tiene todo amarrado? Ellos saben perfectamente que Estados Unidos no representa una amenaza para Cuba, pero quién sabe si la perenne sospecha de La Habana sobre las intenciones del vecino del Norte revela un sentimiento de inferioridad ante una sociedad democrática en la que la vida de sus líderes es un libro abierto al alcance de todos.

Poco después de ser informado que se vería afectado por el mal de Alzheimer, el ex presidente Ronald Reagan escribió una carta al pueblo norteamericano en la que explicaba que él y su esposa Nancy habían decidido hacer pública la noticia para promover una toma de conciencia y precaución a esta enfermedad. Nada de aspavientos ni reflexiones apocalípticas, sólo una simple misiva con calor humano, como un ciudadano más, sin temor de que enemigos reales o imaginarios pudieran manipular la información. En suma, hay un hecho cierto: En los países libres y democráticos la salud de sus líderes no es secreto de Estado.

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